Día pertinaz

Ante el paredón de palabras, la cicatriz de una osadía – truncada en seco – en la mejilla derecha parecía resaltar como una anticipación. Colgado de una imaginación pobre aguarda la descarga de fusilería en un paisaje de inciertas coordenadas mediterráneas. Aguarda la ráfaga de vocablos, epistemologías, semánticas y algún insulto.

Hacía veintiún días que era de día, clavado el caserío agarrado a la ladera de una montaña lampiña, a las 15.31. Hacía veintiún días que no corría ni una brisa de aire que hiciera avanzar el día hacia el lado oscuro de las horas.

Veintiún días ante el paredón de soledad y reproches; mirando el horizonte del mar que es lo mismo que mirarse a uno mismo.

Ella pasaba de tanto en tanto – imposible atribuir intervalos a lo estático – a echarle una mirada, a interesarse por su apetito y su sed. No gracias; terminé de comer hace media hora. Hace veintiún días. Es lo mismo; y va a seguir siéndolo hasta que se restablezca la rotación o hasta que se ejecute el fusilamiento.

Ella lo miró largamente. Pero no queriéndolo ver, sino como si lo estuviera creando, como si reordenara sus elementos y coordenadas para ajustarlos a sus expectativas: anteriores a cualquier hombre; anteriores al Hombre. Cada cual con sus alucinaciones insoladas, cada cual empotrado en una realidad detenida en las 15.31 – empotrados, decía Anselmo, el de la cestería, entre dos mentiras tenues que difieren de la verdad en un mínimo detalle inescrutable, irrelevante. Era el único, Anselmo, el que mantenía la sensatez o la regularidad: ciego, sumido en la sombra fresca de las paredes gruesas y las ventanillas ridículas, tejiendo cestos de esparto.

Paredones de palabras para fusilar sosiegos, eso es la soledad, le dijo Anselmo a Evarista. Me tiene a mí. Uno no tiene a nadie más que a uno mismo. Y cuando uno se encuentra de frente con esa mismidad, y se da cuenta que no la conoce, que no tiene nada que decirse, uno advierte que – por contradictorio que parece -, se comienza a formar las palabras de un discurso, de una apología, de un veredicto, de lo que sea, como dicen, los que lo han visto, que se forma una tormenta en el horizonte. Y quién da la orden de fuego. Quién, sino uno mismo. Entonces, qué espera Laureano. Una cobardía o un coraje. A saber: el “fuego” puede ser ambos.

Qué esperas. La noche. Como todos. No todos. ¿Quién no la espera? Anselmo. La tiene metida dentro. Y tú el día. Yo el día, qué. Metido dentro. Qué dices, mujer; el día me condena al patio desolado de unas ideas que no pedí, que ni siquiera son mías. De quién, entonces. Del día; de su insistencia vulturna; son sus engaños. Vente a la casa, entonces, estafa a la incandescencia. Ya lo he intentado; pero el paredón va conmigo, como si yo le perteneciera – y no al revés. Vente igual. No, mujer; a ver la orden de fuego llega en la estancia, con los niños allí, y la descarga alcanza a alguno; déjame aquí que no molesto a nadie.

La voz de fuego no llegó nunca. El que llegó fue Macario; los brazos hinchados de varear olivos que ya no tenían más que unas pocas ramas viejas que ofrecer. Hay una manera de zanjar el día. Cuál es ese procedimiento. Nuestras sombras, la de todo el pueblo, digo, no solamente la tuya y la mía; decía, nuestras sombras conjugadas, conjugadas, implantará o concretarán la noche o esa bruma densa que ofrezca coartadas para alguna impunidad, que confunda los territorios de la muerte y las cronologías. Mucho filosofismo, para una noche acotada. Noche al fin. Una noche rodeada de resplandores. Tal vez la única a la que podamos aspirar. Con probar…, más se ha perdido en la guerra.

Los treinta y tres vecinos en ese descampado que llaman plaza central. El aire cetrino sobre ellos como una difamación, una injuria. Dándole la espalda al sol que estaba como crecido; envalentonado, había dicho Raimundo. Teodosia fue la primera que lo advirtió. La sombra del conjunto parecía incorporar otras, o crecer, deslizó Valeriano cuando Teodosia comunicó su hallazgo – en voz baja, como si temiese espantar el suceso. Una inundación lenta, prudente, que iba tanteando el terreno antes de avanzar, era la sombra. Como si pidiera permiso, susurró Zaqueo. Como si lo pidiéramos, aventuró Alipio. Muchos días de sol, dijo una voz que puedo ser la de cualquiera de los treinta y tres sombreadores, infundieron un respeto. O una sumisión. Más bien eso. Las voces, cada vez más voces, menos murmullo; la sombra, cada vez más noche, más oscuridad.

La voz de fuego diluida en un olvido de tinieblas. Del paredón ni vestigios. Las palabras desmenuzadas, incorporadas a la sombra, primero, a la oscuridad después; desactivadas, transmutadas en otras, ideadas para nombrar lo cotidiano; inocuas.

La consecuencia trajo la causa: la noche trajo la rotación, y ésta, a la brisa.

© Marcelo Wio

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