Determinismo glandular

Contuvo el ademán de la frágil perplejidad que le produjo la insolencia de la mirada directa a sus pechos. Masculló para sí misma esa indignación que, de acostumbrada, tenía mucho de oración o conmemoración de la primera mirada que se había desbarrancado por la impecable caligrafía de la “Y” de sus pechos generosos y bien formados. Era una irritación que intentaba disimular el orgullo que se siente por aquello que a una la afecta positivamente, pero en lo cual una tiene una participación tangencial: “Si no fuese por los genes de la nona Margheritta…”. Mas, no por ello menos satisfactorio. Así que siguió unos pasos más, con la mirada balanceándose en su escote – aún cuando el fabricante de dicha mirada ya había pasado y se encontraba a una veintena de pasos a sus espaldas: lo habitual cuando el vistazo es más una cariciainvasión que una mera constatación visual, un ordinario posar de la vista distraída en el discurrir de peatones. Cuando se observa como es debido; la esencia, la carga emocional e intencional de la mirada se queda amarrada al objeto o sujeto visto. Por eso ella iba con esas dos manos ajenas, y vaya a saber si no habría también una lengua metida en aquel asunto, abultándole el ego y el escote. Su madre, despechada (en todo sentido), le había dicho que había tenido suerte de que su abuela paterna fuese portadora de una buena herencia de frontispicio. Por el lado de los Paculinni, habían venido escasos en tetamen; pero lo que faltaba en glándulas, decía su madre, se compensaba en neuronas, “porque tu abuela Margheritta, muy trabajadora, muy atractiva, muy dicharachera, pero la pobre tenía pocas luces…”. Ella no se acuerda de las luces, ni de las sombras, de la abuela Margheritta. Ni de la otra. Y si vamos al caso, de nadie. Excepción hecha de su madre y de su hermano menor. Al resto, los tachó como un acto inevitable de una trayectoria de codo y frasco de tinta. Ahí viene otro, piensa, que va a meter sus pupilas en tiesto ajeno, seguro que la mujer tiene unas tetitas de nada… Y dicho y hecho, el fulano en cuestión hizo un paneo completo de lo que está a la vista, de lo que se intuye y, si ella no caminara tan rápido, seguro que bajaba un poco más. Libidinoso, piensa ella. Esos le dan asco. No tienen la decencia, el recato, del que realmente admira (más allá de las imaginerías a las que se entregue después o durante). Pero los otros, los ordinarios, no, esos podrían mirarle el pecho a ella como a una vieja con dos pasas de uva sin forma ni sustento. Su padre era así. Por eso lo olvidó. Esa ordinariez que había cultivado, acrecentado… Porque ella recordaba que hasta los quince años su padre era un tipo normal; limitado, pero normal. Pero luego se fue embruteciendo. Lo recordaba, en la época en que ella estaba en la Universidad, como un tipo crecientemente soez: esas miradas a sus compañeras… cargadas como de rencor lujurioso, como de una revancha de algo de lo que ni siquiera él debía conocer bien. Rememoraba las tristezas de su madre, la resignación sin esfuerzo en la mirada que huía de esa vergüenza y humillación; el reproche de sus propios ojos de hija pidiéndole que se lo llevara a la cocina, a desfogarse con la pata de la silla como un perro. Pero no culpaba a su madre. Claro que no. Ni a su hermano menor, que ni cuenta se daba. Pero los otros dos, la turra de Irene y el pelotudo de Octavio, el mayor, que le festejaban las salvajadas al viejo… A esos los había borrado como a una circunstancia que ya no hay que soportar. Los tipos como el de recién, le recuerdan a su padre, serpenteando su mirada intrusa, indiscreta hacia las piernas y los pechos de sus compañeras de estudio. Hombres-bestia. Hombres-lúbricos. Y la muy sorete de Irene disculpando a su padre… con esa risa idiotizada, con esa predisposición tan única para la estupidez: “es su segunda juventud”. Pelotuda redomada. Y Octavio, claro, el otro macho de la casa, cotejando impresiones con su progenitor. Pedazo de boludo, que no sabía (y supongo que sigue sin saber) cómo hablarle a una mina normal. Siempre cogiéndose chirusitas y empleaduchas. No sé ni cómo esas le dan bola, mirá lo que te digo, le dice al espejo mientras se quita el maquillaje con un algodón. Porque había que tener ganas de estar con un tipo tan cuadrado como Octavio. Pero, claro, era pintón. Y eso, a las chirusitas, las pierde. Son tan pavas, las pobres. Pero también, con la educación que tuvieron… y lo feúchas que son… Igualmente, no se merecen un Octavio. Ninguna mujer se merece un Octavio. Ni Irene. Aunque… Mientras se pone crema en la cara, vuelve a festejar la decisión de su madre: esa mañana, en que el padre le “rozó sin querer” el culo a una de sus amigas. No dijo nada, su madre. Su amiga tampoco. Por educación. Por lástima. Pero cuando se fueron las compañeras, la madre se acercó a su habitación, su hermano menor, Mauro, a su lado, y le dijo: “dale, nena, que nos vamos”. ¿A dónde?, preguntó ella, sin comprender lo que implicaba esa frase tan común. “A la mierda, nena, a cualquier parte, pero nos vamos”. Ahí entendió. “Agarrá lo imprescindible, el resto, que se lo coman las huestes”. Grande, vieja, pensó ella mientras juntaba libros y ropa. Así, sin dramas, sin tragedias griegas, se fueron a la casa de una prima de su madre, primero, y luego a un departamentito. Así, sin aspavientos, dejaron de ser los Mazzoni para ser Paculinni. Lo único que le quedaba de los Mazzoni eran esas tetas que quería y odiaba, que despreciaba y necesitaba. La marca de la animalización de los Mazzoni: la carne, lo burdo, la ubre, el símbolo, el objeto. Se puso el camisón y se acostó. No tenía sueño, pero ya llegaría, tal y como llegó la decisión de su madre: sin anuncios, sin alardes.

 

© Marcelo Wio

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