Desvida de Ülrike

Había trabajado en la Stasi. Como tantos. Nada relevante. Realmente, no es fafán de justificación ni atenuación. Archivos. Llevar papeles de un lado a otro. Burocracia que necesita el terror en los tiempos modernos – si es que uno quiere aplicarlo a conciencia y de manera conveniente; eso es, sostenido en el tiempo, sin que mengüe -. Ni había ejercido la maldad que requería la aplicación de miedo y castigo, ni hubiese podido; pero había sido una pieza. Ínfima. Eslabón prescindible. Alma gris, de ese país de tonalidades de gris nada, gris lo mismo, gris encierro. A saber si a esta altura alguien recuerda o sabe que trabajó en unas oficinas de la Stasi en Leipzig. A saber si alguien lo supo alguna vez. Solitaria. Apenas utilizando prorciones diminutas de vocabulario para intercambios sucintos, precisos, altamente necesarios: mensaje laboral, pedido en el mercado, cordialidades cotidianas, alguna visita al médico, alguna otra compra. Poco más. El grueso de las palabras las decía consigo misma. En el pequeño piso de Meusdorf. Salón dormitorio empapelado en tonalidades marrón. Sofá verde claro. Alfombra color canela.Una ventana alta – con mucho de iglesia sin redenciones para ofrecer -. Afuera una luminosidad nublada, siempre. Una cocina pequeña. Un baño aún más reducido. Ya había palabras que estaban irreversiblemente instaladas en aquella estrechez. Palabras que, entonces no lo sabía, irían transformándose en una conversación de varios; en su silencio de estrado. Palabras que iban a ir formulando un temor mayor del que sentía – trabajar allí, en un escalafón tan bajo como el suyo, no garantizaba inmunidades ni indulgencias -. Un temor sostenido por esas palabras, como hilos largos desde el pasado, construyendo estructuras inverosímiles, de éter. Y eso que la delación ya no era un recurso, una opción; los que buscaban señalar, desquitarse, exigir justicias y compensaciones, buscaban rostros que habían decidido daños, terrores muy reales. Y buscaban exponerlos. Bien a la vista. Nada de anonimatos. A nadie le importaba una señora de sesenta y tantos que se había dedicado a llevar y traer papeles a los que jamás les había echado ni una ojeada. A nadie. Sólo a ella. Que había ido dejando acumuladas las palabras para el futuro, para cuando todo aquello se viniese abajo y llegase la hora de los desembolsos, de dar cuenta ante los escrúpulos, el honor, la decencia, que nunca habían dejado de estar en activo.
Ülrike sale cada mañana de su piso. Espera a no oír ruido alguno en el rellano. Evitar cruzarse con alguien en esos espacios tan reducidos que dan tiempo a dos o tres intimidades y a escrutar rostros y recordar una o dos cosas. En la vereda, miraditas rápidas, furtivas, de presa, de último eslabón de la cadena trófica. Pero que debe aventurarse. Subsistir tiene sus riesgos. Impone sus obligaciones. Observaciones que se llenan de señales de riesgo, que avistan una mirada que la escruta más de lo que considera oportuno, prudente, saludable, seguro. Nada. Uno, entre buitre y hiena, que pasa de largo, con aires de tener la vida por delante cuando, le calcula Ülrike, no le quedan más de tres o cuatro meses – un don, el de calcular, con alto grado de acierto, lo que le queda de tiempo de juego a una persona que ya computa como mayor; no ha sido generosa la vida con Ülrike (dicen que hay gente que entra torcida en la vida), su única aptitud más o menos extraordinaria, es la de leer trayectos hasta el óbito -. Camina hacia su derecha. A uno de esos nuevos supermercados que han habierto recientemente y que no entiende muy bien: tanto de lo mismo, como si se precisara más de lo que se necesita. Huye de los espejos ovales esos que hay en las esquinas de tales tiendas con propósito de vigilancia: se cela el producto, no la ideología. No reflejarse. No dar más ventajas de que las que ofrece al aventurarse en campo abierto. A merced de cualquier memoria que ande con ganas de recordar un poco. De ponerle una cara a esa señora que salía siempre a las 17.05 del edificio de la Stasi. Todos los días. Todos los días significa función en la estructura del pavor. Función significa deuda con la sociedad. Ella. Ese el el grito que espera. Que imagina. Que a veces puede escuchar – esos días que nieva y que parece que hubiesen silenciado al silencio -. Ella. Ella era de la Stasi. Ella decidía arrestos. Porque claro, si alguien dice Ella, con reconocmiento laboro-facial, ella espera que quien haya dado la voz, elabore culpas más conspicuas que el mero acarreo de cartapacios, carpetas, sobres de tamaños variados; y el correspondiente archivado. Ella es una voz repleta de dedos y miradas y murmullos de escarnio y de una mano que disca un número y una voz que dice Polizei y Stasi y la dirección donde ella está junto a Ella; y se imagina que ese Ella cae como una piedra en un estanque manso, que ella queda en medio y que la gente se aleja de ella en ondas de espanto y repulsa. Ella mandaba a colocar micrófonos en las casas. Ella, decían las palabras que se habían ido amplificando y reproduciendo, en su salón, al punto de tomar porciones de su cordura. Ella. Ülrike Träube, jefa de la sección de infiltración de grupos juveniles: ya ve, niños, que no sabían ni deletrar la palabra vergüeza, aún. Las voces detrás de ella, por los pasillos del supermercado, mientras va cogiendo lo de siempre. Voces cada vez más soeces, más descaradas. Ya no le susurran. No. Ahora le hablan de tú a tú, como si la conocieran, como si el respeto entre las personas se hubiese esfumado. Y le dicen Tú – ya no Ella -; nada de Usted. Tú no te mereces respeto. Perra. Apura el paso hacia la caja. Paga con una oleada de desesperación cosquilleándole los brazos. Y sale. Camina como descompuesta. Apenas ella. Perra. Que a mi hijo lo mandaste tú a fusilar. Camina, pasitos cortos y veloces. Llega al edificio y se sumerge en él. Sube el único tramo de escaleras que la separa de su piso. La mano tiembla. Pero logra encajar la llave, girarla, abrir la puerta, entrar, puro resuello, como de charla entre la vida y la muerte en decisiones de posesiones territoriales. Se sienta en el sofá. Las bolsas a sus pies. Para qué sales, mujer, las voces. Si ya sabes lo que hay. Que te va a dar algo. Escucha tu corazón. Siéntelo. No es normal como galopa. Y la respiración de fuelle macilento. Escúchala. Qué prefieres, la muerte pública, tirada en la acera, las medias mostrando sus carreras, la falda sus humildades exageradas. ¿No sabes que la incontinencia es común en esos casos, mujer? ¿Eso quieres? Que la última imagen – acaso la única – que deje Ülrike en esta vida, sea la de una vieja manchada, el corazón deshecho en fibritas inservibles. Aquí, en cambio, una muerte digna. De señora mayor sola. Olvidada por los suyos. Lo que da cierto prestigio, incluso. Lo que convocará algunas penas y conmiseraciones anónimas, pero igualmente bienvenidas. Quédate, mujer; no salgas más. Que además alguien te reconocerá. Allí, muerta. Sobre la acera. Ella, esa vieja de la Stasi. A buena hora ha muerto. Y buena muerte se ha llevado. Merecida. No tanto para el mal que ha hecho. Bien sabes que si sales otra vez, eso será lo que ocurra. Utiliza ese inútil don tuyo. Mírate cuánto más vas a vivir si dejas este piso otra vez. Míralo. Anda, atrévete; tal como te atrevías a decidir vidas desde aquel edificio infecto. Anda, Ülrike. Los que has matado no nos olvidamos. Mirate. Mírate, vieja zorra. Eso. ¿Lo ves? Prepárate una sopa. Cálmate un poco. Enciende la radio. Y quédate aquí. Nosotras nos ocuparemos de ti. Venga. Ponte cómoda. Como antes. Cuando todo era tan fácil. Sin estos miedos que nos han metido, ¿no te parece, Ülrike? Recuéstate. Deja que nosotras hagamos. Cierra los ojos. Ciérralos. Ya habrá tiempo de abrirlos. Cuando todo vuelva a ser como era.

 

© Marcelo Wio

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