Despertares de siesta

Ayer me equivoqué. Un descuido apenas. Después de la siesta. Respiré por el lagrimal derecho, hipé con la articulación coxofemoral e intuí el aleteo de un pensamiento en la Aorta ascendente. Ya se ve, una nadería. Luego, el lúgubre despertador, con su voz célere y religiosa, desmintiendo – y que a su vez era desmentida por la mirada paciente y laica de la aguja de la horas -, me habló de un fauno arrabalero que se dedica a deslizar imágenes calcáreas por zaguanes descuidados. Me contuve de incorporarme a la corriente de meridianas desesperaciones de los amantes encaprichados con la hija del almacenero de la esquina y me di media vuelta. Creo que dormí media hora más. Cuando emergí del calor de la cama revuelta, no recordé quién era el que se había acostado allí, no supe si era yo mismo el que se levantaba, o alguno de los encaprichados amantes de la hija del almacenero desterrado al territorio de los sueños ridículos de la digestión y la observación.

 

© Marcelo Wio

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