Deseo y realidad

Lo había aceptado con resignación. Con la misma con que termina por aceptarse todo en esta vida, incluída la felicidad – si tal estado existiera de manera algo más persistente, en lugar de manifestarse como fogonazos de efimeridad que no dejan adivinar su identidad (bien podrían ser cualquier otra cosa) -.

Lo había aceptado porque sabía que lo contrario conduciría a abocarse a un coraje inútil; es decir, estúpido. Lo había aceptado porque sabía que a todos, antes o después, la voluntad se nos ve interrumpida por las limitaciones (propias y exteriores).

Había llegado a esa aceptación a través una isotopía – una deformación de la circunstancia: pasaje de un nudo a otro, de improbabilidad a otra -.

Había llegado a esa aceptación como termina uno por llegar a cualquier sitio cuando se empieza a andar sin rumbo: porque hay un principio y hay un final – aunque sea transitorio; acaso una etapa intermedia, tal vez un nuevo inicio -, porque hay cansancio. Lo había aceptado porque no había otra. Así, pues, no fue difícil. El pragmatismo y la realidad hicieron lo que suelen hacer en esas situaciones, decidieron por mí. Decidieron aceptar; y acepté.

Tampoco es que un alfajor Havanna con cubierta de chocolate supusiera un mero consuelo ante uno con cubierta de merengue. Tenía ganas de comer algo dulce; y aunque el deseo se había edificado sobre la evocación (proustiana) del sabor de alfajor comúnmente denomoinado “blanco”, el “negro” era una alternativa (obligada, puesto que al quiosquero sólo le quedaban de éstos) igualmente grata, satisfactoria, que cumplía el requisito “sacaroso”.

Y, aún así, lo había aceptado con resignación. Como si el deseo del alfajor blanco hubiese creado una salivación específica… Un apetito concreto. Había aceptado – de hecho, ahora comía -, pero sabía que una puntada de frustración se entrometía en cada bocado. Sabía que que ese alfajor no aplacaría un deseo, sino que lo incrementaría…

Acaso aún me reste aceptar que tal vez mañana, en otro quiosco, tampoco…

© Marcelo Wio

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