Deconstrucción

 

 

Sentado en el sillón de tela verde, gruesa y calurosa. La lámpara tenue para no iluminar más allá de su ámbito: desconocer las extensiones para no verse impulsado a transitarlas. Bilderbögen des kleinen Lebens sobre la mesa, al costado de la lámpara; el señalador entre las páginas 120 y 121. A su lado, el cigarro, que siempre parece el mismo, desprendiendo un filamento de vínculo que se deshace rápidamente, sin implicaciones. Allí, como si pretendiera esterilizar su vida, purgarla de azares, debilidades y vulgaridades; de pulsiones y pasiones, de afectos y afectaciones; de notorias autenticidades y excentricidades; de ausencias y titubeos; allí, iba deshaciendo al hombre para que la idea sobreviviera a la brutalidad del cosmos: en definitiva, sustraerse de la vida para eludir la muerte – sobre todo sus dominios de este lado del latido; pasar desapercibido, que ésta se olvide de entregarle los avisos de vencimiento que le corresponden. Y ninguna astucia de la existencia para inducirlo a incorporarse a sus ritmos – con lo bien que, siempre se dice, se sienten esas sensiblerías y esos instantes de piel y descendencia.

Ni la voz de Adela, que llega de tanto en tanto, más como un recuerdo, como si su presencia perteneciera a otra dimensión. Ni el nieto sin palabras ni equilibrio, que una vez por semana a veces llega hasta sus piernas, sin solicitud ni finalidad.

Ni las sístoles Elíades Ochoa que le mojan de tanto en tanto los pies y se retiran desgastando la consistencia de la alfombra y de sus propósitos. Ni eso. Ni los vasitos de ron sin traición ni redención. Ni el aire abultado de sal y sexo y frondosidad transpirada de La Habana.

Sentado: resignado, o aguardando como los valientes a los que el cuerpo ya ha desertado. Él mismo entre las páginas de una carta que debió haber enviado – que es lo mismo que decir, de una posibilidad a la que debería haberse aferrado, aunque lo hubiese llevado a otro sillón, a otro libro inacabado (en checo posiblemente), a otras voces y presencias liminares que lo habrían sostenido con el fino hilo de los afectos en una flotación de cometa por sobre sí mismo.

 

© Marcelo Wio

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