De tribunis

Publicado origninalmente en Ni más ni menos (como Tribuna Caliente)

 

Vituperaba, soliloqueaba desesperaciones ansiosas hipertensas hiperbólicas, Elpidio Vargas; cantos rodados desde la grada a través del alambrado: descendiente de una larga saga de innobles y soeces – al parecer – mujeres prostibularias, espetó con ayuda del fuelle laringo-faringeo-bronquial, traduciendo el aire enconado en improperios. Ataulfo Arévalo, nueve grandote, acababa de errar uno de esos goles que en todos los universos paralelos acababan se subírsele a la garganta a los simpatizantes, recorriendo el camino inverso de las invectivas, de los desahogos injuriosos.

Detrás de esta rodadera de denuestos corría, tribuna abajo, Alvarado Sisiffigno, recogiendo trozos de palabras y llevándolas tribuna arriba para que volvieran a rodar hacia abajo – ora insultantes, ora ditirámbicas –, contra el alambrado y, tamizadas, hacia el terreno de juego. “Ida y vuelta”, lo había apodado la afición, a Alvarado. Enseguida, otra vez – aún no había llegado Alvarado arriba -, un efluvio de oprobios se desbarrancó hacia la cancha: una analogía entre el rectángulo de césped y el óvalo del hipódromo y entre el jugador y un Equus ferus caballus (y su inhabilidad para el manejo fino del balón, o el manejo del balón a secas). Así se sucedieron varios cascotes verbales – que jamás llegaron a oídos de su destinatario, perdidos alterados mezclados confundidos indiscernibles ruido rugido y, por tanto, inaudibles indiscernibles como mensaje lingüístico particular -, seguidos obedientemente por Alvarado.

En un rato se reivindicará Ataulfo por obra y gracia de la entropía propia del tiro de esquina, por obra y gracia de la estocástica que querrá que la pelota rebote aquí y allá para ir a rebotar finalmente en su rodilla -mientras gire torpemente buscando el balón en el lado opuesto – y dirigirse caracoleando, borracha, hacia el fondo de la portería. El gol, ese evento – como ya lo habían reconocido Arquímedes, Platón y, más recientemente, Kant – que posee una capacidad inigualable para anular la memoria colectiva, para modificar la realidad, para instalar el presente absoluto.
Pero eso será en momento, aún restan algunas ofuscaciones por descender a trompicones por la tribuna. Aún le quedan a Alvarado unos minutos de idas y vueltas, de penitencia impuesta por sus extravíos.

 

© Marcelo Wio

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