Comentario a las horas

Hildegard Knef, con esa voz de trasnoche de cigarillos palabras whisky, y para ella, ese indicio de alba que disimula la polución, soll’s rote Rosen regnen, y para mí una sequía de horas, todas coaguladas en un sueño no dormido, en una Leben ohne Liebe – ésta casi susurrada por Marlene Dietrich -, por unas negligencias que no vienen al caso. Nunca vienen al caso. Explicarlas es degradarme. Y no ando con ánimos para descensos abruptos a mi mismidad.

Garúa y oscuridad. Osmosis de fríos y perezas y voluntades devaluadas (7,33 al cambio oficial). How many roads debo caminar para que se considere necesario un cambio, sino de zapatos, sí de suelas – y hablo en términos metafóricos. El problema es que no sé bien de qué son concesionarios como figuración. 7.37 casi la hora equipara al cambio oficial de voluntades – que todo indica que se va a disparar en cualquier momento: demasiado sorete volitivo anda especulando con la apatía general.

Garúa y tenue luminosidad (o lo que sea ese enchastre de gris con langüetazos negruzcos). Una cuadra. Me molesta el pie derecho. El zapato tiene un adelgazamiento liminar en la suela en la zona de los cuneiformes. Hablo del zapato real, no el metafórico. Me da no sé qué tener que comprar otro par. Sí, sé lo que me da: me da por ahí mismo. No me gusta usar zapatos (los uso para la oficina), soy de zapatillas, pantuflas o chanclas. Zapatero a tus zapatos y suela arreglada.

7.47. La impuntualidad del transporte público es proporcional a la tardanza que lleva uno. Linda piba. La veo varias veces en la estación de metro. Sin exuberancias ni vulgaridades. Una de esas bellezas sin contrabando de falsificaciones. Siempre como abrazada a sí misma. No, como, no. Abrazada, con ese gesto típicamente invernal. Las veces que me habré imaginado abrazarla de atrás, sin ordinarieces. Como se abrazan los que se quieren, los que se entienden sin decirse las cosas. La he nombrado Catalina. Por la grande y porque justo la parada de metro es Catalina Sterling, por la gran poetisa del desasosiego.

Pero el sabotaje de la estación repleta de gente. De la inminencia del metro. De la incomodidad del vagón. De las prisas matutinas. De mi cobardía (sobre todo, ante todo).

8.43. Oficina. Lámparas fluorescentes (un par con arritimias de lo más molestas). Hilos de charlas que se deshacen como si fuesen humo. Aún pesa la mañana para que cada uno despliegue sus prepotencias y prestigios: como Trametes versicolores o como Pavo cristatus: representaciones insinceras en el caso de los oficinistas que despliegan lo que no tienen (porque aunque basen el alarde en una realidad, la hipérbole anula toda autenticidad).

15.31 (Las 15 y 2147483647 según un primo de un fulano apellidado Mersenne, que trabajaba como bancario y era muy dado a inflar las cifras con intenciones de beneficio propio) El balance de abril tiene goteras por todas partes. Seguramente Alfieri, el gerente, ya metió mano en la caja chica para pagarse algún desliz con alguna de las secretarias. Por fortuna luego se me acerca y, confidencialmente, me entrega el importe y me hace saber que tal día había surgido un imprevisto con una fotocopiadora o con unos envíos o unas dietas. Yo asiento. Él sabe muy bien que conozco el sustrato de yace debajo de la versión saneada que sigue empecinándose en contarme. Sabe perfectamente que no me interesan ni los chismes ni las extorsiones. No sé cómo lo sabe. Pero lo sabe.

El helecho de Álvarez está hecho una porquería. Es la quinta o sexta planta que se le pianta este año. A esta altura, ya puede ser considerado un defoliador en serie.

Elena, la de personal, teje. Va por su tercera bufanda desde que comenzó el invierno. Si las une, perfectamente podría colgarse de alguna de las vigas del techo. Pero no, ella cree que a base de lana y puntada urdirá algo distinto a la rutina diaria de oficina y bufandas que seguramente nadie (sobre todo ella) usará. Hay algo griego en su tragedia. Quizás el hecho de que apellide Samaras.

16.49. Diez minutos pueden ser un tiempo zenónico cuando uno quiere que lo que es, sea pasado – o, lo que es lo mismo, que lo que no es, sea. Tiene que haber cancelaciones puntuales de los límites (como concepto matemático).

23.07. Si no estabas allí, me dice Fréhel, dónde estabas sin estar en ningún lugar, con esos brazos sin abrazos. Y ahora el reloj, también aquí, avanza con desgana. No es que quiera que se esemere en marcar las 7.20 (sí las 7.47).

Leo por sobre el temblor de violines Vivaldi una frase del japonés Kaoru Tōdō (Simposio de las soledades): “A veces la soledad tiene identidad de esquina que no dobla”. A saber si en la traducción no se habrá quedado alguna baldosa. Miro por la ventana: las esquinas doblan; pero acaso las personas sigan recto. Por cierto, 1.13.

María Teresa Vega con una tristeza alegre impropia de estas horas. ¡A llorar a papá Montero! Suerte tiene que alguien lo llore. Más afortunados aquellos que tienen alguien por quien llorar; hacerlo por uno mismo es tan egocéntrico-egoperiférico.

Garúa y oscuridad. ¿Será ayer a esta misma hora? ¿U hoy y ayer han sido cancelados? Osmosis de fríos y perezas y voluntades devaluadas (7,33 al cambio oficial). Me mueve el instante Catalina: diminuta porción de otredad.

© Marcelo Wio

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