Coleccionistas

Coleccionar, a fin de cuentas, no es más que juntar elementos, por lo común, de una misma clase. Uno lo hace por diversos motivos; pero casi siempre, porque los objetos reunidos, compilados, tienen un valor o interés particular: estético, afectivo, de prestigio – o por mera obsesión -, etcétera.

Martin McLoghleen comenzó coleccionando sellos. Su padre, un filósofo de renombre de la Universidad de Edimburgo, recibía una correspondencia tupida desde distintas universidades e institutos del mundo; ahí nació la fascinación de Martin por esas pequeñas porciones lamidas de realidad extraña. Y esa atracción se fue trocando en una obsesión por atesorar esos restringidos signos de exterioridad; el hecho de guardarlas parecía convencer a Martin de poseer, de alguna manera, algo más que los sellos: una parte del conjunto de elementos e idiosincrasias que esas estampillas condensaban o, más bien, representaban.
Más adelante, la fortuna familiar – amalgamada en las colonias por el bisabuelo Alister y su conveniente y beneficiosa falta de escrúpulos -, le permitió a Martin sofisticar su pulsión coleccionista: muebles, coches antiguos, incunables. Adquirir era algo más que tener un objeto: era – incrementado por su número – poseer los atributos de los mismos; una transferencia de reputaciones; una ósmosis de conceptos, de significantes.

Pero, si uno le va adjudicando tales relevancias a los objetos inanimados – por más historia que tengan o representen; por más atractivo estético que posean -, su mera compilación comienza a ser insuficiente. Al menos, eso fue lo que se le hizo evidente a Martin, una tarde, cuando en un arrebato rompió una página de la Biblia impresa por J. R. Grueninger en Estrasburgo -. Los elementos no reaccionan ante quien los posee. No ejercitan el sometimiento que, de alguna manera, Martín esperaba; y no ofrecen una esa sensación de posesión absoluta que Martin conjeturaba que podían ofrecer ciertas colecciones, ciertas prácticas.

***

La vio sentada en un bar de moda. La muchacha llevaba un vestido negro ceñido y zapatos finos, ambos muy elegantes pero evidentemente de los que se pueden conseguir en cualquier gran almacén. Martin pensó con la malicia necesaria, que la chica estaba allí para admirar riquezas y bellezas e intentar habitar un instante de ese mundo irremediablemente ajeno como no lograra cazar a alguna de las fortunas masculinas que había por allí – una colección, en definitiva, pensó Martin: un hombre como medio de una sucesión de billetes y zapatos y joyas y -. Martin se acercó: disimulando el precio de su ropa de tal manera que se notara aún más. La charla fue como tantas antes: sin la necesidad de recurrir a esas astucias leves que a veces precisaba en ciertos círculos. No fue difícil convencerla para ir a otro lugar. Tengo una colección de vestidos de María Antonieta, deslizó él. A mi piso, mejor, ella. Martín hubiese preferido el suyo, pero lo mismo daba. Había pensado y repasado una mil veces lo que haría, según cada escenario imaginado (parque, en su casa, en la casa de la chica, en el coche, etc.). El resultado final sería, en todos los casos, el mismo: sedada, la llevaría a la casa que tenía cerca Inverness. Allí la dejaría en una de las cinco celdas que había preparado en el sótano. Luego. La posesión. La acumulación. Dueño de una colección de vidas imbéciles, había pensado, sin pensar más allá de esa mezquindad terrible.

***

Se dejó conducir por un pasillo angosto y frío, a un lado, una impersonal pared de hormigón gris, con alguna humedad desprolija; del otro, una pared igualmente anodina y, de tanto en tanto, puertas metálicas. La muchacha le había dicho en el portal que, antes de subir, le gustaría mostrarle su particular colección, que estaba en el sótano, que había acondicionado a prueba de incendios y de inundaciones, por lo valiosa de la misma. Y a Martin una curiosidad malsana. La muchacha abrió por fin una de las puertas metálicas y lo invitó a entrar. No se veía nada, apenas una penumbra insuficiente. Entró. De pronto, Martin sintió cerrarse la puerta metálica tras de sí.

La muchacha apareció del otro lado de un grueso cristal con pequeños agujeros. Una celda acristalada. Una cama. Una mesa, una silla, una pequeña lámpara colgaba del techo. Otras personas ocupaban celdas idénticas. Hombres y mujeres que componían la expresión de entrega y de derrota que da la compresión de que ya no tiene sentido emitir quejas; las miradas empañadas de resignación; y algo en el gesto parecía formar una suerte de admiración: de la colección de la que formaban parte.

***

Colecciono coleccionistas. Me faltaba uno como tú: de los que han rozado la compresión; de los que casi han dado el paso, pero a los que su afán o su estupidez, o ambos, los ha conducido a la mera brutalidad caprichosa; y coleccionista.
Los coleccionistas no son humanos; han dejado de serlo: su idolatría de las cosas, de los objetos, los ha convertido, a ellos mismos, en objetos; los ha cosificado. Así, pues, no colecciono personas, como, colijo, pretendías hacer tú; sino que colecciono objetos que creen ser a través de la posesión y la veneración (en algunos casos), de esa ridícula devoción por los objetos, por lo que éstos, creen, dicen de ellos. Sólo un objeto puede reconocerse en un objeto: el objeto define al objeto, nunca al humano. Así pues, bienvenido. La muchacha desapareció. Se encendió la luz de la lámpara que colgaba del techo. Martin se sentó en la cama. Conmovido, no tanto por la situación, sino por la sensación de distensión que sentía, de la mansedumbre con la que aceptó esas breves palabras, esa explicación que era una sentencia definitiva.

© Marcelo Wio

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*