Cielo saturado

 

 

El memorando llegó firmado por San Pedro. Y fue puesto en circulación por su secretaria: A partir del 7 de mayo no podrán aceptarse más almas en las dependencias celestiales. El documento explicaba que dicha medida respondía a la falta de espacio.

El comunicado citaba a Cicerón, que ya en su época había advertido que prácticamente todo el cielo estaba repleto de humanidad.

¿Cómo puede ser? – preguntó Ludmila, un ángel de escalafón 14B.

Ni idea. Yo sólo repito lo que dice el memorando. Pero mira, hay referencias pretéritas a este problema. Así que la cosa no es nueva. Aunque sería interesante saber cómo conocía el estado ocupacional del Cielo el tipo citado en el texto… – respondió Sigmund, ángel escalafón 17AB.

Pero cómo no va a haber más lugar si hasta hace unas horas nos habían dicho o hecho creer que es infinito – lo interrumpió Ludmila, acomodándose en una nube que se iba deshaciendo hacia el Este.

Tú los has dicho. Nos hicieron creer. Pero, visto lo visto, todo esto es una chapuza. Si quieres que te diga, siempre he sospechado que esto es el producto negligente de un capricho pasajero, de un experimento o un emprendimiento que quedó a mitad de camino: imagino que lo que estaba en los planos no se cumplió y que además se utilizaron materiales de dudosa calidad. Por otra parte, ¿has visto alguna vez a alguno de los que diseñaron o construyeron o supuestamente administran este tinglado?

¿Y entonces?

Entonces el 7 diremos que acá no entra nadie más.

Y… ¿abajo?

Si fue hecho como parte del mismo proyecto, imagino que será lo mismo o peor. De hecho, he notado que últimamente llegan algunos sujetos que hace sólo unos meses ni habrían pasado la instancia del purgatorio; que habrían sido mandados ipso facto al averno.

A ver si están creando las condiciones para pegar un pelotazo inmobiliario… – sugirió murmurando Ludmila.

No creo. Esto está lleno. ¿No has notado que últimamente no se puede ni caminar entre las nubes? Y los olores empiezan a tener poco que ver con un Paraíso y más con las condiciones que le imagino al lugar de abajo… Aunque, con tanta arpa y tanto blanco, más de una vez imagino unas festicholas envidiables allí debajo. Si han ido, y van, los que creo que han ido, y van a ese destino infra, aquello debe ser de lo más interesante… Pero, ojo, no vayas a creer que me quejo. Tengo un buen trabajo. Llego a fin de mes sin sobresaltos.

Ludmila, que no había seguido las disquisiciones de Sigmund, dijo: De hecho, hay incluso menos nubosidad. Y no creo que este tipo de carestía tenga que ver con el más telúrico y vulgar calentamiento global…

Teorías conspiratorias…

Desconfía y acertarás.

Es piensa mal y acertarás.

¿Seguro…? Da lo mismo…

A mí lo que me han contado – terció Socratina, ángel de escalafón 5 Zb, que había estado escuchando desde un cirro cercano -, y de muy buena fuente, es que todo esto no estaba pensado tal como es ahora. O debería decir, era hasta ahora. A alguno, y no quiero dar nombres, se le ocurrió a saber cómo, que había que mandar gente para arriba. Almas, para ser exactos. Y otro alguien opinó que si había almas que iban para arriba, debía haber otras que fueran para abajo, por una cuestión de simetría. Y así impusieron la moda de ese tránsito post-mortem entre las creencias de los humanos – cualquier religión que se dignara, debía suscribir al nuevo proceder -: y de un día para otro, nos encontramos con ánimas subiendo (“nos mandan desde abajo”) con la pretensión de obtener una parcelita en este territorio originalmente destinado a los dioses, semidioses, ángeles y meteorólogos, burócratas celestiales, digamos, que supervisaban las andanzas terrestres sin más fin que una suerte de entretenimiento: liviana justificación de existencia. Lo cierto es que no hubo ni orden ni directriz ni nada, y tuvimos que ir organizándonos sobre la marcha. Y no era que las almas bondadosas tenían asignado el Cielo. Fue una cuestión más bien física, digamos: las almas livianas subían. Las otras se sumergían. Lo de las comprobaciones vino mucho después, para darle un significado más trascendental, cosas de uno de los dioses, que vio en la coyuntura una oportunidad de acaparar poder. Estoy convencida de que los de abajo se han llevado algunas de las mejores piezas.

Justamente, le decía eso mismo a Ludmila…

¿Y quién fue el que impuso el arpa; por favor…? – inquirió Ludmila.

No lo sé. Pero ahí hubo malicia. Mucha… – respondió Socratina.

Callas una sospecha – aventuró Sigmund.

Una certeza – admitió Socratina – que ahora no viene a cuento. Pero, volviendo al asunto presente, hace unos días algunos capitostes cayeron en la cuenta de que esto no está hecho para este despropósito. Pero esto ya se veía venir desde hacía cientos de años. Las almas han estado llegando durante milenios – a propósito, según tengo entendido toman carrerilla, dan un saltito y se impulsan en el monte Meru, en el Sinaí, en las pirámides egipcias y mayas, los zigurats, el Kailasa, Angkor Wat; desde toda saliente o elevación significativa a la que le otorguen un carácter sagrado, trampolines vamos. Para ir en sentido contrario, imagino que una vez enterrados,  realizarán su tránsito por ósmosis, sin más pirueta.

Vosotros – intervino Cupidoro, ángel escalafón 1 AA – habláis del abajo, es decir, del infierno, averno, tártaro, naraka, yomi, y tanta denominación, pero ya lo dijo Plinio, que algo sabía: no existe tal cosa. Y la prueba la tienen los mineros que han excavado a profundidades inverosímiles grandes galerías bajo tierra: nunca han encontrado las regiones infernales; en cambio, han hecho ricos los inversores. En cambio, el avistamiento de ángeles y dioses menores negligentes está bien documentado desde el inicio de la aviación; y existen documentos gráficos indiscutibles. Con esto quiero decir que todas las almas vienen a parar aquí. Y ojo, que el memorando publicado hoy no es el primero. Hubo uno anterior. Creo que hace unos trescientos y pico de años. Pero sólo fue puesto en circulación entre los escalafones AA y AAA de ángeles, y entre los dioses (que, por cierto, hace tiempo que no dan la cara). Desde entonces, sólo se aceptarían almas que solicitaran el asilo político, siempre y cuando cumplieran con una serie de requisitos que no viene al caso enumerar – sobre todo porque eran tres millones setecientas mil treinta y tres incisos. Si recuerdo uno, es mucho. Ya ven el caso que se hizo a esa circular.

Es cierto – acotó Hesperidia, diosa menor. Esto hace mucho que es meramente un almacén de almas. Buenas, malas, más o menos. Poco importa. Aquí ya no pueden más que estar. Ocupando lugar, eso sí.

Y tocando el arpa – añadió Ludmila.

Sí… Hay que hacer algo con eso. No sé por qué nunca hicimos algo al respecto. Todos están de acuerdo en que es un instrumento más propio de un castigo que de una utopía – dijo Hesperidia.

Quién lo diría – cavilaba en voz alta Sigmund -, justo ahora…

¿Por qué justo ahora? – preguntó Hesperidia.

Pensaba en todos los cambios que han habido en la tierra, los avances, digo. Imaginaba menos creyentes, más escépticos. Además, siempre he oído decir que muchos son los que dicen que preferirían ir al infierno, ya sabe.
Qué va, a la hora de la verdad, todos creen. O fingen. Que es lo mismo. Y todos quieren subir. Dos segundos antes de morir entrevén calores y látigos e iteraciones, y se aferran al arpa. Todos. Y lo peor es que llegan pensando en reencarnaciones. Y nada de eso. Esto es como esas viejas ferreterías de barrio que están repletas de insumos obsoletos que juntan polvo. Ni más ni menos.

Un concierto desafinado de arpas lastimaba el atardecer.

 

© Marcelo Wio

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