Christmas is leavin’ town

“I’m dreaming of a white Christmas
Just like the ones I used to know…”,
White Christmas, Irving Berlin

 

A las siete de la mañana, en un bar de Boston. Papá Noel vomita cerveza sobre el asfalto manchado de nieve sucia, apoyado contra la pared lateral del edificio. Un enano esnifa la desperación adulterada que ya no le queda, en el retrete inmundo. Jocelyn cuenta los días hasta fin de mes y le dan un año y más de cincuenta hombres. El propietario, Henry, mira con los ojos demasiado llenos de iteraciones como para ver algo más que una bruma de horas sin identidad. Vuelve Papá Noel. Santa. Las botas negras salpicadas de bilis. El pecho chorreado de baba. Otra cerveza: total, mañana no hay que mentirle sonrisas ni alientos a los niños que aún creen. El enano también regresa. Se sienta en un taburete al lado de Santa. Los ojos enrojecidos de química rebajada. Pide un whisky: turbia falsificación nociva que vende Henry a partir de determinado estado del cliente. Ponle algo a la chiquilla. Santa, la boca como si hubiese masticado un adorno navideño. Jocelyn agradece, desde el otro extremo de la barra, sin dejar de pensar en su cuerpo como un abalorio de utilidades y pragmatismos. Seis días para llegar a fin de mes. Pero qué le importa llegar a fin de mes. Qué cambia. Un año. Un mes. A lo sumo, menos invierno por delante. Henry le acerca un gimlet o lo que sea esa alquimia. Esto es todo lo que me ha quedado para repartir, Santa. Algo es algo, Jocelyn. Sólo a veces, el enano, los músculos de la mandíbula embroncados, la voluntad confiscada. El reloj marca la misma hora que hace un rato. O eso le parece a Henry. Como si todo se hubiese estancado en una certeza que no termina de desenrollarse porque no esta asociada a nada – a una sensación, a lo sumo; pero con lo que valen esas ahora… Así pues, piensa Henry, aún puede restar una fabricación. O un ardid. Pero no. La puerta se abre. Una luz blanca, histriónica, hiperbólica, impropia, como un fogonazo, fijando una imagen del instante que se superpone a otras sinónimas contra la pared donde las botellas observan a los parroquianos. Un tipo. Botas recias, marrones, de esas que aguantan. Jeans claros, gastados y sucios. Gruesa camisa a cuadros rojos y negros. Un casco. Una barba con nicotina. Un obrero. Dos tragos rápidos de vodka. Ansiosos. El desayuno de los campeones. Y a intentar no morir bajo una lluvia de vigas alcoholizadas. Merry Christmas para todos. Y el zarpazo de luz día ajenidad infectándolos con gérmenes de realidad y resaca. Otra, Santa. Otra para todos, su misma voz. Paga las anteriores, primero, Henry, un tono desprovisto de todo aquello que no sea comercio. Santa mete su mano derecha en el bolsillo de su abrigo y la saca hecha un puño: deposita sobre la barra pegajosa una gavilla de monedas y billetes. Herny contó: veintisiete dólares y treinta y siete centavos. Apenas si cubría sus tres primeras cervezas y los dos primeros whiskys que le había invitado al enano. Igualmente, Henry sirvió. Es Navidad a fin de cuentas. Si uno no ejerce la solidaridad entonces, cúando. Jocelyn niega con la cabeza. Ya esta bien para ella. Necesita dormir. Quizás luego de la farsa familiar, por la noche, haya más hombres dispuestos a deshacerse de tanto villancico y fraudulenta bondad de catálogo. Santa y el enano la saludaron cuando ya se marchó. Bebieron aún una última ronda: la última, Henry, que ya estoy cansado. En ese momento, comenzó a nevar. Tal vez un poco antes. Una nieve fina, seca. De esas que se van creciendo. Que terminan por venir del noreste. De esas que disimulan a las Jocelyn, los Santas, los enanos y los bares donde se terminan de un cachetazo todos los sueños.

 

© Marcelo Wio

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