XVIII (Una noche larga)

La primera nota fue como un navajazo que desgarró una sábana amarillenta y dejó al desnudo el pecho imponente y perfecto de una mujer – así eran los de Úrsula hace veintipico años, pensó Hugo, con más aceptación que lástima, sabiendo que había muchas partes de su cuerpo que eran meras reminiscencias arrugadas del pasado. Era uno de esos clubes que existían por una noche, lo mismo que la calle adoquinada, colmada de jacarandás – ¿o eran paraísos? – en la que se ubicaba el boliche; una especie de acuerdo de olvidos, silencios, y promesas de reencuentro en alguna otra calle que habría de crecerle provisoriamente a la ciudad. Todos se dormían y de pronto, sin previo aviso, casi cayéndose de los límites de los mapas, le salían esos bracitos a la ciudad: se extendían en un periquete, sólo una cuadra, y tocaban el hombro de unas personas indicadas. Es un misterio cómo eligen esos hombros, qué méritos secretos hacen los poseedores de tales partes tocadas y llevadas como por casualidad hacia el territorio perenne, paralelo.

Allí estaban Hugo y Epstein. Y Fats Fernández hacía trozos la sábana e iba mostrando una mujer tras otra – Epstein se dio cuenta, y así se lo hizo saber a Hugo, que las mujeres allí presentes, entre el público veían, sin lugar a dudas, portentos masculinos -, y tiraba paisajes y oportunidades – todo estaba allí, como disfraces, juguetes, y todos eran niños ansiosos que no podían decidirse por ninguno, pero era justo ésa la emoción que Fats Fernández quería provocar; no la efímera alegría de convidarles una pequeña porción de fantasía. Y Fats creciéndose con su varita-trompeta sobre una pieza que era de Davis pero que ya pertenecía a esa noche irrevocable, irrepetible y que los envolvía con bufandas y guantes contra los tedios que caían de punta afuera del abrigo de humo y vapores de whisky.

– Te juro que podría palmarla ahora, Hugo – dijo, detrás de una emoción exagerada muy a propósito, Epstein.

– Como quieras, pero aguantá hasta tu casa, no ando con ganas de papeleos. Además, por qué esa manía de entregarse u ofrendarse a la muerte en el mejor momento… hay que ser un poco pelotudo, che. Por qué no dejarla para momentos menos gratos, en todo caso…

© Marcelo Wio

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