XVII (Una noche larga)

Para Alden siempre existiría la sombra-Jalil (porque había decidido que era él), aunque si uno le hubiese preguntado a June, sería cualquiera de los sahibs, peroniselepasabaporlacabeza – lo cual era enteramente cierto; aunque también eran ciertas las fantasías inocuas. Pero aunque le hubiese explicado todo eso a Alden, los celos hubiesen encontrado otra grieta siempre fructífera. Además, el interés (si podía siguiera llamarse así) intrascendente de June por los sahibs era una mera evocación de Manchester y su vocación anclada para siempre: una intención de niños, patios y delantales de colores. Porque los sahibs eran chicos en todos los sentidos posibles. Los veinticasitreinta eran una mera contabilidad (pero contabilidad que dejaba un zanjón de veintitantos entre los demás ácratas del Conventillo y, sobre todo, de las jugadoras del juego del quién-sería-tu-elección-si), porque parecían tener la inamovible decisión de amarrarse a las fantasías de infancia: negación casi total a la pérdida de la inocencia, como repetía Epstein en cuanto podía, aunque en ese acto hubiese mucho (demasiado; y triste) de madurez.

Y todo esto para decir que Alden, al que le costaba arrancar – como a un 2 CV mañoso cualquier mañana de esas que uno se piensa más de una vez eso de salir de la cama – acabara yéndose por las ramas de un gomero igualito al de plaza Francia, y uno, convertido en cómplice involuntario de sus abandonos (levante los brazos, carajo; levante la guardia, canejo), en estandarte de sus querellas y tormentos.

– Son celos en una versión extraña y desamparada que imita algún original anónimo. Celos, temor a la traición, anticipación a la sensación que dejaría esa hipotética infidelidad (de June, claro; de quién sino, iba a estar hablando). Celo y descuido (e, incluso, incito), que vienen a ser casi lo mismo, en un plano caprichosamente ad hominem: porque es contra uno mismo; especie de provocador de sus preocupaciones; hechicero contra un espejo, que, incapaz de reconocer su propia figura, insiste en lanza conjuros inútiles, como un pelotudo.

Aire después de la parrafada y, con un tono histriónico de telenovela acorde al berrinche: ¿Qué me decís, Hugo?

– Ninguna originalidad, amigo. Las boludeces tienen esa propiedad.

– No es consuelo, Hugo.

– No era esa la intención, era, más bien, la constatación de una realidad ampliamente compartida: la de crear las condiciones para un dolor o una renuncia o ambos – a fin de cuentas, el dolor anda exigiendo una huida, un movimiento en algún sentido que nos aleje del nosotros-con-dolor-presente. Algo de lo que nos atrajo a todos a la mesa del ventanal, a los encuentros en cualquiera de los instantes que Lefebre nos puso a tiro.

– Pero los celos me tocan a mí. Al menos ahora, en esta inmediatez.

– No te creas. Yo tengo enterrados, detrás de ciertas actitudes, debajo de eufemismos (no le nombré al mariscal italiano con sus pasitos en el rellano porque hubiese sido una estafa, porque eso significaba muy otra cosa; además de que era algo que no tenía por qué ponerme a explicarle a Alden en ese ni en ningún otro momento porque eso me llevaría a nombrar un nombre, a recordar una voz: Señor Urrutia; y esa noticia), de desintereses (Ilse a cualquier hora en cualquier calle), mi buena ración de ellos.

– No lo sabía.

– No tenías por qué. Los celos son algo íntimo, un cilicio que cada cual oculta como mejor puede. Pero están ahí, pellizcando muslo, recordándote vulnerabilidades. Hay, eso sí, distintos grados; pero siempre están, diablitos, dragoncitos, mariposas engañosas que no salieron de ningún capullo. Es el sentido de la propiedad, tan anterior al capitalismo, con sus dientes y sus lenguas de mil cabezas lamiendo la certeza de que ahí no hay tu tía, que no compraste nada, que no hay garantías de que todo es de común acuerdo y que el contrato lo puede terminar unilateralmente la otra parte cuandoselecante.

Hugo se sintió mal por mentirle. Por inventarse unos celos que no existían, porque no se creyó ni una palabra de lo que dijo. Aunque Alden, sí.

© Marcelo Wio

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