XVI (Una noche larga)

Epstein fue el que empezó a enviar postales desde los destinos gusaniles. En realidad, eran fotos. Siempre de malísima calidad. La primera fue de una camisa colgada en un zoco de Damasco. La composición de colores, el efecto de las sombras y la luz de las tres de la tarde hacían recordar tímidamente a Hündertwasser. Así lo dijo Jalil, en el Conventillo; la foto en medio de las aureolas de transpiración de los vasos de cerveza como una amenaza probable. Alden estuvo inmediata y exageradamente de acuerdo (efectos de la cerveza, seguramente); Vitelli, que había recibido la postal esa misma mañana – detrás, Epstein había escrito: “Para que sigamos abriendo puertas, comienzo esta costumbre que no debe ajustarse a norma alguna.” – , decía que tal vez, pero que los colores eran muy apagados según su humilde parecer, y que por qué no unas casas Schielle junto al río; y entonces June, que no, que eso definitivamente no, que ella no iba a permitir tristezas en ese primer envío; y entonces alguien encendió un cigarrillo, y Hugo preguntó por qué creía June que había tristeza en Schielle; que la alegría tiene distintos formatos y que, además, en el arte no sólo se intenta transmitir alegría o tristeza, que eso es una instancia muy superficial, si vamos al caso. Jalil dijo algo, comenzando por un “muy señor mío” que nadie se tomó en serio y que quedó apagado entre el bullicio de acusaciones y defensas que se cruzaban por el aire. Formatos, como había dicho Hugo, de los disimulos y las evasiones; casi somatizaciones.

© Marcelo Wio

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