XV (Una noche larga)

Íbamos del brazo, un rumor de inmortales nos arrastrabaconducía: Discepolo, Girondo, Huidobro, Manzi, Vincent, Chagall y sus tres velas. Surgían de cada baldosa: susurros, siseos que nos empujaban a un silencio meticuloso, manso: disposición del ánimo necesaria para recorrer unas cuadras mustias como si fueran una especie de Olimpo al que se accede por unos designios que se escapan a la comprensión de los mortales cronómetros e historiógrafos.

Úrsula se parecía ferozmente a la que me había cegado; yo mismo era una versión mejorada de todos mis aciertos (es decir, una versión morigerada o disimulada de mis defectos). Deseé, humana y miserablemente, que aquello no terminara; soñé con mandar al cuerno al gusano y las miserias que me corresponden, las que me adjudico absurdamente y las aquellas que me endosan las circunstancias. Y de pronto Úrsula era Madam Ivonne y enseguida, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia enterita, de carne y hueso y con sus alas me elevaba sobre la ciudad. La vida es una milonga, me decía, o me cantaba (era la voz del polaco, aunque cantara yo: todo era posible en ese momento), y me moría de risa, sin necesidad de esa estridencia de saliva que se escapa. Atravesábamos esa calle de la avenida Santa Fe en otra dimensión, como si hubiera habido una pared falsa y nosotros hubiésemos encontrado una entrada fabulosa (lo pensaba y no podía evitar pensar en el teatro mágico del alemán de las gafitas tan simpáticas y los abalorios) que nos había permitido ingresar por una entrada lateral, disfrazada de esquina, de cordón de vereda. Sentí que desaparecían los centímetros y los pasitos del mariscal, que Úrsula-y-yo era posible. Ella se apretó contra mí, como si fuésemos siameses separados que buscan volver a unir sus carnes. No sé cuándo salimos del doble fondo, cuándo emergimos por ScalabriniOrtíz; pero la señal fue esa escisión de Úrsula, ese despegar su cuerpo con restos de savia, sangre, baba, semen, flujos vitales y gástricos. Tengo terapia, me dijo a dos metros y veinticuatro centímetros. Nos vemos en casa, susurró mientras desaparecía por la boca del metro y yo me quedaba como un chico al que se le cayó el helado y que sabe que no hay tu tía porque no le van a comprar otro.

Así, me encontré caminando en dirección a Plaza Italia, por nada en particular. Y me dio por pensar, por cantar más que pensar – canto demasiado tímido para pasar por las cuerdas vocales -: La princesa está triste. Mira la nada. Aunque el polaco siga cantando, ella sigue de esa guisa, buscando las explicaciones para el presente en una lejanía indefinida y de lo más conveniente, chivos expiatorios que puedan ofrecerse a las posibles hogueras a las que se cree predestinada. Papusa, querida, ¿qué le pedís al vacío? Pienso que ingresar en la secuencia onomasiológica que te atrapa sería incluir una perversión más, una aberración que haría que los rayos de pensamiento salieran disparados andá a saber por dónde, y entonces vos, otra vez corriendo detrás de algún otro mariscal – que vendría a ser siempre el mismísimo Dal Ponte en alguno de los infinitos universos en que existimos (todos, al mismo tiempo, en un mismo instante, y en los que dejamos de existir igualmente según cada decisión), cruzándonos como desconocidos, como meras posibilidades fácticas: incertidumbres dispuestas (¿secretamente obligadas?) a obedecer disposiciones más elevadas (consuelo, querido; puro consuelo) que nosotros mismos: yoes-no-del-todo-particulares: partículas inacabadas, ontologías rengas.

Menos mal que justo apareció Epstein, con tiempo para todo, sin urgencias, y me rescató del raro embrujo en que mis propias palabras me envolvían, mientras tú suspirabas.

 

***

 

Se subieron en el metro en la estación Plaza Italia y bajaron en Sol – por una equivocación de Hugo, que pretendía enganchar con Picadilly -. Y así, sin buscarlo, siempre caían en la casilla Sol. Aberrante rayuela. Caminaron hasta la Puerta del Sol soportando el calor que a esa hora caía perpendicularmente, como una lluvia de estrellas incandescentes, o como un montón de sábanas colgando de un balcón en un barrio de El Cairo, quietas, pesadas y densas de humedad persistente; sumando callejones. Subieron por la calle Escalinata y Epstein no pudo dejar de entrar en una librería de libros raros y antiguos, siempre preguntando por viejas cartas manuscritas, oliendo los lomos de cuero de los libros, imaginando una vela unos ojos cansados la determinación de acabar ese tratado carta o lo que fuere aún a costa de la vista, y Hugo enamorándose de la biblioteca de madera gruesa y de la bibliotecaria de gestos finos. Salieron de ahí y rumbearon hacia La latina en busca de una terracita donde tomarse una buena cantidad de cañas y quizás asaltar por sorpresa, más tarde, o al mismo tiempo – bondades del agujero de gusano – El Trocadero y plantar la bandera de la Logia de Sátrapas a Contramano; o apurarse y agarrar el metro hasta Catedral y caminar hasta San Telmo, porque quizás Vitelli y los demás ácratas estuviesen en la plaza Dorrego tomando algo y sumando proyectos para la logia o para enmascarar etcéteras. Pero el tiempo se había comido un par de relojes, o la pila dijo hasta acá llegué y la entrada del metro estaba cerrada, como después de un bostezo, y entonces, tal vez, caminando por el Retiro, o El Paseo del Prado, encuentren el banco correcto y se puedan sentar a ver pasar rezagados por Las Heras, envueltos en el frío opresivo y hacer el recuento de Imparciales y las ganas de aguantar ahí el paseo de gatos en celo que acoge la noche.

© Marcelo Wio

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