XIV (Una noche larga)

Fue Irineo el que tiró una foto y unas angustias en la Dársena Sur y posteriormente fue a un bolichón de la calle Brandsen elegido por el azar del cansancio – ni se enteró de que Boca ganaba un campeonato entre su sexto y séptimo vaso de caña quemada, áspera, invasiva. Fue él quien le dijo al turco Jalil, rompiendo una promesa anacrónica y deslucida, que Silvia tenía un hijo suyo y, entre lágrimas, que Jalil confundió con emociones del alcohol, le soltó un “gracia, m´hijo”, que el turco no entendió a cuento de qué. No era casualidad que Jalil estuviera allí. O, más precisamente, que Irineo hubiera coincidido con él en ese bar. Irineo lo venía siguiendo desde hacía días, mientras se terminaba de convencer que ciertas promesas son una infamia y un desatino. Pero esa tarde Irineo no estaba para más confesiones, el escabio le quitaba las dotes de médium que precisaba para juntar a Jalil y a ciertos fantasmas de su pasado que éste último desconocía.

Días más tarde, comenzaría a comprender el agradecimiento de Irineo y su vínculo con el mismo. Fue de rebote, porque se encontró con Alberto de casualidad – al que conocía apenas tangencial y brevemente porque Hugo había coincidido en algún curso o materia universitaria en alguna otra vida -, y hablando con él de bueyes perdidos (que ninguno tenía ganas ni tiempo de buscar o concretar), Alberto le contó que Irineo era el padre de Silvia – sin tener, Jalil, la menor idea, después, rearmando la conversación, a cuento de qué había salido a relucir el tema de Silvia y, mucho menos, la revelación de paternidad, y cómo Alberto estaba tan enterado del asunto. Notó que Alberto sabía algo más de Silvia, pero que por prudencia, pudor o decoro se calló soberanamente. Había en ese silencio una cierta postura condescendiente y, sobre todo, de distanciamiento moral. No recordó, cómo había catalogado a Alberto en su momento; pero sin duda era del bando de los pelotudos.

En el término de una semana, Irineo y Alberto lo habían untado de un pasado muy lejano y de muy improbable rememoración, si no hubiese sido con la mediación de un involuntario intermediario (Alberto) – con el correr de los días, cada vez estuvo menos seguro de lo casual e involuntario que había sido el papel de es cadáver de la memoria -, y de otro de dudosa credibilidad (Irineo). Y para colmo en ese desempolvar un nombre (Silvia), le endilgaban un hijo de sopetón, que le creaba una suerte de obligación de búsqueda. Se sentía como si hubiese egresado recién de la facultad de medicina, reluciente, todo lengüeteado de éxito y orgullo, y un tipo, de esos desconsiderados que hay intercalados en toda alegría, empezara a agarrarse el pecho y ahí nomás, a estrenar juramentos hipocráticos, aunque uno tuviera ganas de disparar para el primer café a tomarse unos tragos con los amigos y preguntarse cómo carajos había llegado a esa circunstancia si él estaba tan bien con el camioncito ese que le regaló el tío Evaristo. Porque, a todo esto, después de esa serie casuística, a ver quién se queda como si nada, menea la cabeza y sigue como hasta entonces. Jalil no pudo. Ni quiso. Así que empezó a buscar agendas de otros tiempos y a llamar y acá no vive fulanito/a y que equivocado y que se tuvo que ir a México en el 1977 y no volvió.

Todo parecía indicar que se había dejado engañar por simples casualidades, falsas señales, cuando se la cruzó a Luciana. Ella salía de un quiosco de avenida Las Heras y se encontraron de golpe, de frente, sin posibilidad de hacerse el sota. Luciana le tiró una mirada de reproche que no pertenecía a ese instante ni a ese lugar, y las palabras que pronunció, con desagrado, le confirmaron esa impresión a Jalil: iban dirigidas a Hugo; a un Hugo remoto. Los hombres y esa facilidad tan suya para desaparecer, para desertar, dijo Luciana. Jalil respondió con un hola incómodo; mientras seguía pensando que le habla a Hugo a través suyo. Ella se percató de su mueca y de que su mirada se alejaba y abandonaba a su cuerpo allí, como un mero gesto de buena educación.

– Es que, Turco, plantarla a Silvia con el bombo… – empezó a decir Luciana.

– Es la segunda vez en unos pocos días que me hablan de un probable hijo y de Silvia en la misma frase. La segunda vez que ese hijo es mío y la segunda vez que me dejan sorprendido – aunque la sorpresa ya va teniendo trazas de rutina. La mirada de Jalil – que había vuelto a unirse a su cuerpo, un poco como un acto solidario y otro porque era bastante inútil andar separados – no mentía: asombro, temor, ansiedad.

– ¿Vos no sabías nada? – preguntó Luciana, sólo porque sintió que había una necesidad extraña de reafirmarlo.

– Yo no sé nada. Sólo sé que Silvia, hace una pila de años, me dijo hastacallegamos y que a mí me vino al pelo (las cosas como son) porque yo también había llegado hasta ahí, o un poquito antes, tal vez.

– ¿Ella no te dijo nada? – preguntó, incrédula, Luciana.

– Lo que te acabo de decir.

– ¿No te llamó?

– Una vez, cinco o seis días después de llegar a esa bifurcación; para reclamar un libro de Althusser, creo (que no era suyo), y un disco de no sé quién que yo le había pedido únicamente como una manera zonza de acercamiento. Nunca pasó a buscarlos, nunca más me llamó.

– Pero ella sabía que estaba embarazada – de vos -, me lo había dicho un par de semanas antes de que rompieran. Supuse, en aquel momento (y siempre, hasta hoy, evidentemente) que te lo había dicho y que vos habías salido disparando.

– Disparando a dónde; siempre estuve en el mismo lugar. Simplemente, jamás me dijo nada. Pero, además, ¿ustedes nunca hablaron después de nuestra ruptura? ¿Nunca te contó motivos, lo que sea? ¿Nunca te dijo que no me había comentado nada? – preguntó con sorpresa, Jalil.

– No, un par de días después de que ustedes terminaran me fui a España a hacer unas representaciones de la obra. Y me quedé ahí, cuando escuché en la radio que había habido un golpe.

– Mirá vos – dijo Jalil, sin ningún interés en esos apéndices biográficos, con ese sentimiento ambiguo que aparecía cuando se había dicho el nudo de lo que fuese y resto se sabía que sería mero relleno, una prolongación innecesaria. Tenía ganas de irse, hacer de cuenta que aquel encuentro, y los otros, habían sucedido por un error de la codificación binaria del gusano: un cero que ocupaba el lugar de un uno, o viceversa, y entonces algo que no debía suceder, ocurría de manera multiplicada, monstruosa. Sintió bronca y desconfianza, como si hubiese supuesto que alguien había introducido esa aberración a propósito, para ver qué pasaba, por embromar. Y él era el un reactivo de Tollens binario.

– Hace tres semanas que llegué – a Jalil no le importaba en absoluto, todo eso le sobraba; le molestaba -; estoy visitando a la Luciana que se quedó, descubriendo los rostros que están ligados a ella, que posibilitan que exista.

Y ahora se pone metafísica y ridícula, esta pelotuda, pensó Jalil; pero dijo: Vos tendrás, entonces, el teléfono de Silvia, o una manera de contactarla.

– Sí, pero me parece que no tiene mucho sentido que la llames ahora…

– Hace unos minutos me saludaste con una recriminación por…

– Lo sé, discúlpame – se apresuró a decir.

– Disculpada – la cortó, con un dejo de violencia, Jalil -, y por favor, dame el número y dejame que decida yo si llamo o no. Si no, a cuento de qué tanta revelación.

Luciana reflexionó, con excesivos gestos que habría incorporado de alguna de los papeles que solía interpretar en esas obras malas, cuando ella salía con Hugo y le habían presentado (efervescencia de los enamorados nuevos) a Silvia. Por fin sacó un recibo de tintorería y anotó apresuradamente un número y una dirección.

– Gracias – dijo Jalil, y el tono parecía incluir una despedida apurada, urgente.

Ella no respondió. Su silencio era una indecisión, una pregunta, un nombre que no se atrevía a pronunciar.

Jalil, un poco por hacerle caso al destino y poner el nombre que faltaba (y, posiblemente, como una venganza pueril), cortó un trozo del recibo, le quitó el bolígrafo de la mano (que había quedado levantada, como si estuviera lista para seguir escribiendo) y anotó el número de teléfono de Hugo.

– Nobleza obliga – dijo Jalil, mientras el entregaba el papel, disimulando con una sonrisa el tono de revancha inane.

– No hacía falta.

– Ya lo sé, pero a la mesa le faltaba una pata; y no es que sea amigo de las simetrías, pero sí de los significantes.

Ella rió y se quedaron sin más palabras para alargar el encuentro. Se despidieron dudosos, como dos chicos tímidos a los que sus madres empujan en una presentación forzada, histriónica; adulta.

 

***

 

Había algo que faltaba, una cierta seguridad o convencimiento, para llamar o tocar el timbre. Algo que tenía que ver con Irineo, con una historia que desconocía. No sabía por qué, pero primero tenía que comprender ciertas cosas, ciertos hechos ajenos. Cosas, hechos… Ni siquiera tenía una vaga idea de lo que esas “cosas”, esos “hechos”, podían ser. O lo que acaso podían llegar ocultar (la sensación de que era, ya no fútil, sino hasta impropio aparecer en la vida de una suposición – estrictamente hablando, en ese momento el hijo era una suposición, una probabilidad; una incógnita). Su ausencia en el Conventillo y en las muchas esquinas facilitadas por el gusano desencadenó la lógica sucesión de llamados y pasabaporacás. No, no le pasaba nada, andaba en uno de esos rizos del ciclo que obligan a la introspección. Pero dale, dejate de rizos y ruleros. En serio. Yo también hablo enserio. Dejame jugar un ratito con el ovillo, dejame enrollar y desenrollar un poco el tiempo, ir un poquito para atrás, adelantarme apenitas, como la intromisión de un chico en la conversación de los adultos: una osadía. Ojo que te vas a enredar con el hilo y después quiero ver cómo deshacés la maraña que se te va armar.

Así, entre argumentos, contraargumentos, refutaciones y metafísicas variopintas, Hugo se decidió a intervenir en el asunto. Si bien había sido el único que hasta ese momento había dicho “a cada cual sus soledades: ingresar en ese ámbito personal es una traición, sobre todo viniendo de sus amigos”, terminó por convencerse de que hacía demasiado, que tal vez no fuese una traición, que tal vez la traición consistiera precisamente en no acudir a lo que, creía, no era una fase de eremítica sino una depresión en toda regla. Tocó portero eléctrico, pero no atendía nadie. Se fue hasta el teléfono público del café de Independencia y Piedras, y llamó. Dale, Jalil, dejate de embromar, dejó en el contestador y volvió a tocar el portero. La chicharra ronca y temblorosa sonó y Hugo empujó la puerta de cristal y aluminio.

La puerta del departamento estaba abierta, Jalil estaba sentado en el sillón, el mate en la mano, el termo en la mesita ratona. Sin mediar saludos, Jalil le empezó a referir la serie de encuentros y revelaciones a los que se había visto sometido – como cumpliendo duro entrenamiento que incluía atravesar un campo minado (aunque después te informaban que no había mina alguna) en las últimas semanas. Hugo escuchaba como si tuviera que resolver un acertijo para salvar su vida.

Cuando terminó, Jalil se levantó y se fue a la cocina. Hugo escuchó el agua corriendo, la tapa de la pava, el ruido de un fósforo encendiéndose. Después escuchó la yerba pesada y húmeda cayendo en la bolsa de la basura (debía estar vacía, porque sonó contra el fondo del cubo; un golpe sordo, corto, sin obstáculos).

– ¿Sabés lo que te digo? – empezó Hugo, hablando en dirección a la cocina -. Yo iría en busca del tal Irineo primero. Por el simple hecho de que fue el que inició esta serie de eventos. El resto fueron instrumentos accesorios, pequeñas pruebas, o carnadas. Hay que empezar por el principio, turco.

Jalil volvió con el mate y se sentó en el sillón otra vez. Miró a Hugo, sin decir nada, sin revelar nada en su rostro: una mirada aséptica. Por fin la cara se le llenó de pequeñas particularidades, señales; indicios de sus pensamientos. Hugo comprendió cada rasgo, cada mínimo temblor en las comisuras de los labios, cada parpadeo de más.

– Pongo algo de música.

– Dale – aceptó Jalil, con un alivio: por haber compartido la historia y sus probables consecuencias; por no tener que seguir explicando algo que no comprendía en toda su vastedad, algo que necesitaba de más elementos, de mayores cálculos.

Jalil no escuchaba la música, sólo oía el latido en las sienes, las venas del cuello, en las muñecas.

– Voy a ir al bar donde Irineo me encontró… O me esperó… Es el único lugar por el que se me ocurre empezar.
Hugo no dijo nada. Esas palabras no eran para él, era la resolución de Jalil formándose, coagulando. Una resolución que para convencer o contagiar, precisaba ser formulada en voz alta, como si así se minimizase la posibilidad de confundirlas con una debilidad, un sueño o una tentación.

 

***

 

Efectivamente, Irineo estaba en el mismo bar. Tal vez había ido allí cada día, esperándolo. Porque como hombre de campo, sabía que había sembrado un reencuentro. O quizás, sabía exactamente cuándo se presentaría Jalil por allí, y se había ahorrado las esperas inútiles. Jalil fue derecho a la mesa de Irineo. El viejo asintió como quien está seguro de que algo sucederá de determinada manera, que sólo es cuestión de paciencia.

Irineo tenía un vaso con algo indeterminado, casi vacío.

– ¿Qué toma? – preguntó Jalil.

– Grapa.

Jalil se acercó a la barra y pidió dos vasos de grapa. El viejo lo miraba con pena, sabiendo que lo iba a introducir en un drama que no le correspondía del todo, pero que al tocarlo tangencialmente, lo absorbería. Se quedaron un rato en silencio, enfrentados, sin buscarse con las miradas, leyendo el revés de las letras del nombre del bar en las ventanas gastadas, azules y rojas, con firuletes desdibujados: El bar de Rojitas.

– Me imagino que me estaba esperando – empezó Jalil, sin poder soportar más el silencio, temiendo que se prolongara y que luego fuese irreversible o enturbiase lo que se dijese a continuación.

– Decís bien – carraspeó Irineo, atragantado con un trago de grapa.

Jalil supuso que el viejo comenzaría a hablar, a contarle. Pero parecía esperar una pregunta, una señal adicional de Jalil: una confirmación de que realmente estaba listo, de que era merecedor de lo que tenía para decir – o, más bien, de que podría tolerar el grumo de la historia.

– Ahora mismo, todo me conduce a usted, a pesar de que – y usted sabrá disculpar – no puedo confiar, sobre todo porque no conozco sus intenciones, su papel, ni el mío (al menos, no del todo; y menos aún, con seguridad). Pero aun así, sé, de alguna manera, que es usted el único que puede desenredarme las ideas, las determinaciones que creo tener.

Irineo pareció no entender del todo lo que Jalil quería decir; aun así, había decidido que era digno de confianza, que necesitaba, al menos, una explicación. Además, sintió la impiedad – sin malicia – necesaria para hundirlo en aquella historia.

– Empiezo por el principio, que es por donde empiezan todas las historias. Siempre hay un primer día para todos nosotros. Para todo.
A Jalil le pareció que Irineo adoptaba un tono que se parecía al que utilizan los que, de puerta en puerta, quieren meternos verdades fraudulentas a fuerza de timbre e insistencia.

– Mi nombre era Piero della Francesca. Llegué a este país como la mayoría: en barco y sin nada. Propio una mierda. Era chico y venía con un tío que me dejó encargao a una pareja de conocidos de Catania que había llegado a Buenosaire un tiempito antes. A mi tío no lo vi nunca más. Vuelta má, vuelta meno, te la hago corta: terminé en Bragao, trabajando en un campito de un tal Chuls. Al gringo le parecía que mi nombre era una falta e´respetopa no sé quién, y que yo tenía que tener un nombre bien argentino. Me enchufó Irineo Blanco y santas pascuas. Yo no dije esta boca e’mía. Yo era el que era más allá de nombres y milongas.

Jalil se impacientaba, creía que estaba escuchando la misma versión repetida de su abuelo, de todos los inmigrantes. Una suerte de versión general y sufrida. Aquella historia no lo afectaba en lo más mínimo. Tenía ganas de decirle que a veces lo que uno cree un principio, para otro es pura mitología o prólogo vacuo, y que su principio es mucho más cercano y no tiene nada que ver con cambios de nombre, conchabos y tíos de Calabria que a la primera de cambio se olvidaron de la promesa que habían hecho en casa y chau nene, arreglátelas como puedas.

– Ahí, en lo del alemán, estuve un buen tiempo. Hasta que el viejo vendió todo y se volvió a Alemania, cansado e’loindios, como llamaba a todo el mundo que no compartía lazo e’sangre con él. Las tierras las compró otro gringo, un escocé: Esteuar o algo ansina. Nunca pude aprender el dichoso nombrecito. También, pa lo que tenía oportunidá de hablá con él – y pa la falta que me hacía. Yo siempre recibí las órdene de los capatace o de otros peone. La cosa e’que el gringo nos mandó a mí y a otros trabajadore a otro campo suyo, en el sur, cerquita de Esquel. Fue ahí donde conocí a la mamá de Silvia.

Por fin, pensó Jalil, ahora el principio de lo que a mí me importa.

– Ella había ido – prosiguió Irineo, después de un sorbo largo de grapa que dejó el vaso casi vacío. Jalil le hizo una seña al dueño para que acercara la botella – a pasar unos días con la hija mayor del Esteuar, la Estefani. Una noche el Esteuar nos llamó a mí y a Neporino, el burro alante, pa que hicieramo un asadito pa la familia y los invitaos – había otros venidos de la ciudá. Ahí estábamos el Nepo y yo, transpiraos como testigo falso frente a la parrilla. El Esteuar nos había permitido agenciarnos de una damajuana e’blanco bien fresquita. Y el Nepo y yo, meta trago. Y claro, los invitados también, dale que te pego al escabio; tanto dale que te pego, que se les pasó que las mocitas le pegaban sus buenas libaciones a las botellas de tinto. Digo mocitas, pero ya tenían sus diecisiete bien cumpliditos. El Nepo me decía: miráIri, mirá qué lindas están. Y yo dale risas. Te podría contá hasta lo que sentía nel cuerpo, en cómo se me iba nubelando el criterio. Pero te ahorro el chamuyo. Los mayores se fueron retirando propiamente pa la casa grande y las muchachitas se quedaron tonteando alrededor del fogón. Nosotro limpiábamos las parrilla y lo asadores. Entonce la Esteuar no sé qué preguntó del trabajo, de la condiciones. Y ansinaempezamo propiamente a habla que esto, que lo de masallá, que tal que sí, que patatín. El Nepo y la Esteuar se pusieron hablar de politiquerías y sidicatos y no sé qué cosa má. Mercedes, que ansina se llamaba la mamá de Silvia, se puso a hablar conmigo, pero de una forma tonta, como sedutora, ya me entiende. En otra situación, yo la hubiese puesto en su lugar, porque yo me sabía bien qué era lo que se esperaba de mí, lo propio de un peón, pero estaba medio chispeao por el blanquito fresco y el Nepo me había dado manija, ansina que seguí el jueguito. Por eso y porque pensé, una mano en el corazón, que no iba a ir a mayores. Pero seguimos con el vinito y con la pavada y ella me dijo vení, vamo a camináporai, y qué le viádecí. Yo fui y después ya entregao y ni voluntá de recular. Además, hubiese sido imposible detenerla. Estaba como furiosa, como desquitándose de alguien. Eso sentí. Mucha bronca ese cuerpito. Pero no me viáquejá en retrospeto, ¿no le parece? En fin, todo se quedó en esa noche, en ese momento. Una anédota, me dije; un entrevero para la posteridá. Y ansina fue hasta que, un año despué, la Estefani me vino con que la Mercedita estaba preñá y no sé qué cuento, que la criatura era de mi hechura. Que ella me lo decía por una convición, pero que yo mutis; que ella me iría trayendo noticias. Yo quedé mismo me hubiesen dado una patiadura, y yo sin saber por qué estaba recibiendo. La Estafani, cada vez que venía, me traía fotos y novedade como había prometido. Ansina me fui creyendo eso. Además el Nepo me garantó que la Estafanis no hacía esas bromas, que era una mujé hecha y derecha, que era como nosotros aunque fuese la hija elpatrón.

Irineo hizo una pausa para tomar un trago de grapa y encender un cigarrillo. Le ofreció uno a Jalil, que aceptó y se llenó el vaso.

– ¿Y esto que me cuenta, en qué fecha sucedió? – preguntó Jalil, después de darle una pitada profunda al cigarrillo, como si el humo fuese un elemento que le confería una cierta confianza en sí mismo; una seguridad inútil, precaria.

– Allá por los cincuenta. Estaba el general, de eso me acuerdo. Los patrone no hablaban de otra cosa. Estaban hecho una furia. Y ansina terminó todo pal mismísimo demonio.

– ¿No se acuerda de la fecha exacta de aquella noche?

– No m’hijo. Creo que fue en el verano del 52 o del 53. Ni ahora ni entonce llevaba la contabilidá de los días. Para qué, decime vo… Sólo me importaban lo domingo.

Jalil sacaba cuentas, pero no sabía con qué finalidad. Él sabía que ahora Silvia tenía cincuenta y tres años (era dos años más joven que él, lo recordaba bien). Conjeturó que Irineo ya no tenía nada más que decir, al menos, nada que a él le pudiera servir; esto lo hizo sentirse mezquino y vil. Se obligó a seguir preguntándole, a quedarse allí hasta que alguno de los dos se cayese desmayado sobre la mesa y diese por finalizado el encuentro. Estaba seguro de que era la única manera de terminar aquella reunión. Otro final hubiese sido una traición, un absurdo calamitoso que vaya a saber qué consecuencias nefastas podría acarrear. Así que, fiel al curso de su historia, apuró el vaso de grapa y se sirvió otro.

– ¿Nunca la vio personalmente a Silvia?

– Una ve, en el 59. En Rosario. Ya no vivía con la madre, estaba con una tía de la familia. La vi cinco minutos. Fui con la Estafani; me llevó en coche desde la capital. Cuando volvíamo, me dijo, con pena, que las cosas eran ansina, que un día todo iba a ser distinto, que entonce podría ver a Silvita cuando quisiese, pero que había que esperá, que todo estaba en marcha en Cuba. Yo le decía que sí a todo porque me daba vergüenza no entnder qué quería decí la Estafani; qué tenía que ve conmigo Cuba y todo eso. Y también le decía que sí porque se me importaba un pito, la verdá sea dicha.

Por qué siento – se lamentaba Jalil, o la borrachera que se le acumulaba en el cerebro – que nunca escucho nada nuevo, que lo único que hacen las sucesivas revelaciones es hundirme cada vez más en una repetición, como si transmigrara alternativamente entre dos personas, eternamente, que son la misma, que viven las mismas historias y que están condenadas a no darse cuenta del todo de esa circunstancia: sólo se le permite una pequeña pista, una pequeña sensación o intuición de que todo ya ocurrió, y que volverá a acaecer exactamente igual.

Se dio cuenta de que estaba borracho, de que sería él quien daría con la cabeza sobre la mesa. Irineo lo miró desde las nubes de su propia borrachera, como si estuviera aceptando un desafío, y movió las manos para acentuar su determinación a ser el último en golpear la mesa. Jalil pensó que aquel hombre borroso era un tipo sin luces pero con muchas verdades, y entonces sintió una furia súbita e imbécil que le subía por el cuello y le calentaba la cara, unas ganas feroces de partirle la cara a Irineo. Sabía que no lo haría, que era una estupidez, una injusticia; que nacía de la certeza de que la búsqueda recién comenzaba, que Irineo había sido un paso, otro instrumento. Tenía que hablar con Silvia. Había creído que con Irineo bastaría, que todo se reduciría a un equívoco, a una broma de los dados que todo el tiempo alguien está tirando (una broma que consistía en una ruptura en la lógica de probabilidades cuando el número de tiradas tiende al infinito: un cinco que comienza a salir una y otra vez, o un dos, cualquier número, da igual; un descanso del tiempo, un agujerito que enseguida se vuelve a cicatrizar y acá no pasó nada; pero a uno le jodió la existencia).

En la puerta del bar se ofreció a pagarle un taxi a Irineo.

– No se moleste, vivo cerquita; en Barracas. Prefiero caminar un poco.

Jalil se fue hacia Almirante Brown. Iba por Iberlucea, por el medio de la calle, y le parecía que las casas se le acercaban peligrosamente; y la calle se convertía en un pasadizo cada vez más angosto, asfixiante, oscuro. Por fin llegó a la avenida, transpirando, desesperado por volver a su casa, por despertarse de esa pesadilla, o, mejor dicho, por creer que lo era.

© Marcelo Wio

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