XII (Una noche larga)

Úrsula, recostada en el sillón, fumando un cigarrillo, desganada, automática, por una mera costumbre, pronunció el nombre de Marco. Una sola vez, un lamento, una invocación, un desliz tal vez, o una concesión a tanto silencio.

En ese mismo momento, Hugo caminaba con Epstein y sintió una puntada que lo recorrió desde los pies a la coronilla como una hojita de afeitar cuyo filo preciso lo desgarraba meticulosamente. Tomó a Epstein del brazo y se metió en la primera estación de metro que encontró. Si esa sensación de escisión era cierta, el gusano lo llevaría a cualquier lugar donde la noche estuviese más oscura que nunca. Mientras se subía al metro (Epstein, fiel apóstol de la solidaridad y la camaradería, lo siguió sin preguntas) supo que Úrsula – porque no podía ser otro que ella– había pronunciado lo impronunciable; aunque eso era lo menos importante: había hablado. El gusano los escupió en la estación Sol, bulliciosa, haciéndolo dudar del presentimiento, de la hojita de afitar. Epstein permanecía a su lado, sin preguntar cómo era posible que. Hugo lo miró con lástima; qué tenía que ver el pobre pibe en todo aquello, y ahí estaba, estoico, sin inmutarse, como si aparecer en Madrid de pronto no supusiese nada del otro mundo. Ya te voy a explicar, le dijo Hugo. Tranquilo, le respondió Epstein, cada cosa tiene su momento: hay un tiempo para las verificaciones, para el empirismo; y hay otro bien distinto para las formulaciones teóricas, para la explicación de hechos que, por otra parte, jamás podrán ser explicados tan fielmente como con este sopapo entre dos estaciones de metro.

Hugo asintió, agradecido – ya no tenía esa claridad a los treinta; ni siquiera ahora, tan manchón de incertidumbre -. Caminaron hacia el Paseo del Prado. Hugo buscaba, un poco a sabiendas, otro poco a tientas, esa negrura, esa espesura que había previsto. Debajo de las luces acolchadas por la noche y las ramas de los árboles, comprendió que no hacía falta esa señal; que había sido un engaño para meterse en el gusano, para escapar de la hojita de afeitar, de la certeza que implicaba, de Úrsula pasando como un tren de carga de una oreja a la otra. Porque de eso estaba seguro. No sabía cómo (era el menos importante, a fin de cuentas: era una piedrita que había aprovechado la inestabilidad estructural para armar la avalancha, el derrumbe), pero sabía que había ocurrido (que Úrsula había hablado para pronunciar un nombre; el nombre). La puta madre, dijo en voz alta. Epstein lo abrazó en silencio. Unas lágrimas cayeron, una latita de cerveza fue pateada, un chicle se pegó en una suela, un par de cigarrillos se encendieron, dos tipos se sentaron en un banco, enfrentados a la fachada del Museo del Prado. Hugo empezó a contarle la noche con Lefebre – era, creía, la manera menos dolorosa de empezar –, para terminar con la hojita de afeitar.

– A veces lo extrasensorial engaña, o se malinterpreta – dijo Epstein.

– Esta vez no, Espsteinji.

– Entonces supongamos que está ahí dentro, sonriendo. Nosotros lo velamos toda la noche, un adiós de gusano.

Hugo repasó el rostro de Marco, o lo que recordaba como tal (¿cuánto hacía que no se permitía caer en la tentación de mirar su foto?). Pero ya no podía encontrarlo: siempre se interponía Úrsula-silencio-cadáver; ella y el mariscal con sus pasitos de rellano, de inminente llegada y reclamo. No le dijo nada de esto a Epstein, en su lugar le dijo: A veces pienso que estás loco; otras, como esta noche, estoy seguro de que sabés algo que nadie más sabe y, antes de que me digas nada, quiero seguir sin saberlo.

Se quedaron en silencio, fumando Imparciales, Hugo temiendo haber confundido un presagio con un designio, o con un desenlace; Epstein limitándose a largar humo incondicionalmente.

© Marcelo Wio

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