VIII (Una noche larga)

El movimiento de ramas provocó primero una brisa agradable, para enseguida dar lugar a un vendaval que te la debo: que subirse el cuello de abrigos reales y supuestos, que carreritas fútiles y miraditas al cielo, como si alguno pudiese leer algo en la porción mezquina que queda entre el burdo collage de edificios y cables y mugre flotante. Jalil se quedó mirando el ajetreo súbito; hasta que todo fue difuso, y solamente se veía a sí mismo, como si él fuese un tercer observador que lo vigilaba, paciente, benévolo. El chaparrón duró unos pocos minutos. Entonces, salió del refugio provisional que había sido el quiosco, y se decidió por pasar por el Conventillo a ver si había alguien a quien pudiera mostrarle el dibujo que acababa de regalarle su hijo.

Temiendo que incurriese en lo estatuido en la carta astrológica que nunca le habían hecho a Úrsula, pero que Hugo suponía, leyendo borras en los silencios, en los reflejos de un suspiro, en las convenciones minuciosas, en las exageraciones y olvidos, había buscado infructuosamente la palma de la mano de las costumbres, de esas pequeñas repeticiones tan personales, hasta caer en la trampa de intentar leer en el fondo de las fijaciones de Úrsula con el mariscal, y ahí se había ido todo al demonio: la pretensión de presciencia se había convertido en una obsesión, en un intento fatuo de intromisión. Porque, por lo demás, esa era la idea que le había traspasado la almohada. O la interpretación que le había dado a la sensación – porque era más bien eso, no era una idea en sí; era una abstracción, un estado de ánimo, si se quiere.

Jalil apareció detrás de los papeles (entre ellos, el diario de un tal Molinari, que algunos estaban seguros que había sido escrito por él, al igual que le resto del papelerío: formas de comprender dolores que eran propios pero que habían sido sufridos por otros) que llevaba a todas partes – una especie de hasta acá llegás, querido, de celulosa, tinta e ideas. Epstein lo llamó con la mano desde la mesa del fondo del Conventillo. Jalil apuró el paso entre el desparramo de piernas sillas mesas, y esa aparatosidad por fin lo pudo extraer a Hugo de sus pensamientos centrípetos. Das más vueltas que una calesita, se dijo, en silencio, aún montado a la idea o estado de ánimo (si se quiere).

© Marcelo Wio

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