VI (Una noche larga)

La habitación estaba saturada de olor a tabaco, a humedad endémica, a pie, a naftalina y a madera vieja; la luz calimosa llegaba con dificultad a los rincones más alejados, y cuando lo hacía se parecía más a una confusión persistente que a otra cosa. Jalil pensó con lástima que la casa representaba a su madre, que aguantaba sentada en el salón, frente al televisor, soportando sin ganas, pero sin resistencia, las horas que venían como una adición innecesaria, casi molesta. En esa habitación había pasado, creía ahora, la mejor parte de su vida: esperanzado, creyendo que le esperaban grandes cosas y que todo sería siempre igual y a la vez novedoso. No podía achacarle nada a la inocencia: estaba convencido que sus diecisiete años habían tenido de todo menos inocencia – tal vez una confusión que podría haberse hecho pasar por ella, o cierta despreocupación respecto de los porvenires apenas intuidos. Odiaba sentarse en la cama y comprobar que no podía sentir el aleteo en la boca del estómago, la precipitación de ensueños, de planes. Ahí se veía, ahora, usurpándose a sí mismo. ¿Cómo había llegado allí? ¿Cuándo salió del espejo? ¿Cuándo el espejo sirvió sólo para mirarse la raya al costado, firme, lamida por kilos de gomina y de responsabilidad matinal? Biómbico, se dijo, sos biómbico Jalil; erigiste (y erigís) un tipo desconocido en medio de esta habitación, y te dedicaste a expulsar las rodillas raspadas en el picadito de la esquina – que la vieja no se entere que su niño de cristal tiene rajaduritas de fútbol y adoquín en su perfección menuda -, desvelos por un beso que apenas había rozado unos labios, una sábana manchada de ansiosa pubertad, una topadora Duravit amarilla. Qué lo tiró, dijo en voz alta, intentando que las palabras rebotaran y volvieran transformadas. Los pajaritos me comieron las migas y yo agarré para otro lado y acá estoy sentado, oliendo algo transformado, banalizado, y no hay vuelta atrás porque esto no es el pasado, ni un recuerdo, ni es nada.

© Marcelo Wio

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