V (Una noche larga)

Lo encontró en la barra del café Abalorios porfiándole con la llave a la madera. Había tallado un desprolijo “Nautilus”.

– ¿Por qué Nautilus? – le preguntó Hugo sin holacomoestás previo.

– No me di cuenta qué cicatriz le estaba enchufando a la maderita hasta que iba por el “Nautil” – por cierto, si se llega a dar cuenta Buitrago, me mata. Supongo que serán las ganas de estar a veinte mil leguas de todas partes – dijo Alden, sin levantar la mirada de la barra.

– Un poco impreciso –.

– Y huidizo también. Pero qué se le va a hacer, hoy toca esta depre y hay que llevarla lo mejor posible. Como verás, tan mal no ando, sólo se puede contabilizar un herido- y señaló con un gesto leve y resignado hacia el estropicio que era la barra -. Y ya son las diez y pico de la noche, así que queda poco tiempo para andar sucumbiendo a las ofensas y las amarguras. Aguanto estoico con la inestimable ayuda de un vasito de Bols que, presumo, será el primero de una serie a la que no me atrevo a ponerle límites racionales (mañana es sábado y eso me da un margen aceptable).

– Supongo que hay que resignarse – dijo Hugo, por decir algo, sin pensar que estaba diciendo, en el mejor de los casos, una obviedad.

– Sí, el tema es a qué hay que resignarse; y, sobre todo, cuándo no hay que capitular.

– ¿A qué te resignaste hoy?

– No sé si es resignación. Es más un caer en la cuenta de la impenetrabilidad de June; una especie de certeza irónica que se me acumula en la garganta – muy ayudada por las asperezas de los Imparciales – y en la punta de los dedos: June-se-me-escurre.

– No sé mucho de su relación, pero yo no veo escurrimientos, reflujos o gotas que colmen vasos – apuntó más como un consuelo que como una opinión fundada en razones válidas, indudables.

– Es algo imperceptible. Ocurre a eso de las cuatro de la mañana, en la estricta intimidad de la cama: es un giro brusco que ella hace y que la lleva al extremo opuesto. Hay una furia en ese movimiento, una terrible determinación de distancia.

– Cosas del sueño; intranquilidades.

– Sí, también podés decir que son cosas de la edad, que ya no tenemos el sueño de antes, profundo, abismal (mirá, otra vez una simetría con el Nautilus), despreocupado. Y te vas a equivocar, como me equivocaba yo. Porque el gesto ocurre siempre. Y es sumamente sincero.

– Son ideas tuyas.

– Claro que lo son. ¿De quién más iban a ser? Soy yo el que se encuentra de repente con esa vastedad fría e irreverente. Y no puedo evitar la idea de que ese lugar inhóspito no lo es tanto: ahí está Jalil.

– Estás meando fuera del tarro. Kilómetros afuera.

– Ojalá sea cierto. Ojalá en la quinta o sexta ginebra me dé cuenta de que hoy había que sufrir, y que para hacerlo necesitaba unos motivos, y que estos son más asumibles si son invenciones que posteriormente se pueden descartar fácilmente. Pero no es el caso.

Hugo no siguió insistiendo. Optó por callarse rotundamente y pedir una ronda de ginebras. Encendió dos cigarrillos y le dio uno a Alden. Se quedamos en silencio, mirando el espejo detrás de la barra y las botellas dispuestas en hilera al pie del espejo. Alden aceptó su compañía como un gesto de solidaridad, como algo desprovisto de cualquier tipo de complacencia surgida de la amistad o la caridad, como si eso lo hiciera sentir menos miserable o acabado, como si ese gesto le permitiese un reducto de dignidad.

© Marcelo Wio

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