IV (Una larga noche)

El cielo tenía cicatrices de viejos latigazos, o tal vez eran nubes o desechos de ensoñaciones arrastradas a la estratósfera. A Alden le pareció que aquel día sería imposible encontrar refugios válidos. Caminó desde el consulado inglés hacia Las Heras pensando en retrasar su regreso y las evasivas que tiraría como si descartara cartas cuando June preguntara por su rictus angst. Se metió en el primer café que le ofreció una débil impresión de reparo contra las estadísticas contrarias que indicaban que hacía mucho que no se dejaba caer por sus terrenitos traseros: esos yuyales descuidados que ocultaban sus miedos e inseguridades más profundas.

Se sentó en una mesa junto al ventanal que daba sobre Pueyrredón y se imaginó a la mujer gorda que debía haber estado sentada a esa mesa lúgubre. El pinta labios fuerte marcado en el vaso, el resto de cerveza en el fondo, los esqueletos fosilizados de la espuma en los costados; el cenicero repleto de ansiedades con más pinta labios – esos labios debían ser una señal luminosa imponente. Seguramente los ojos estarían también repintados, las cejas imitadas por un trazo negro y fuerte, los cachetes rubicundos. No tenía por qué ponerse a pensar en esa mujer-posibilidad, pero no había manera de luchar contra la marea que había dejado en esa mesa y contra su inevitable condición (condicionamiento) de suponer vidas para no tener que andar encajando trozos propios, para no caer en las intimidades recurrentes: el regreso a Inglaterra postergado con vagas reminiscencias de excusas y disculpas; el indeclinable avance de la mancha de humedad en la pared del baño y el regimiento de hormigas veraniegas que se negaba a combatir por unos principios poco claros pero que tenían que ver con algo que Epsteinji había dicho alguna vez sobre la precariedad del equilibrio y la consecución de un estado de furiosa unidad con el cosmos. Entonces la gorda, otra vez, caminando seguramente por la avenida Pueyrredón, de regreso a su departamento de dos ambientes en la calle Paraguay, ataviada con sus mejores ropas y un gesto de asco condescendiente a cuestas; entonces la negativa al mozo cuando se dispuso a quitar los cadáveres del cliente anterior, las risas que, más que percibir, intuyó al fondo, en la barra, mientras el mozo dejaba la bandeja y se acodaba a esperar su pedido de ginebra bien fría, sin hielo y un platito de cacahuetes.

Una luz central, cetrina, iluminaba la impotencia, el gesto de autocompasión y resignación de quien prevé la caída porque él mismo la provocó, la provoca. Creyó que debía protegerse del espanto de tener que recurrir a la gorda o a cualquiera de las numerosas maniobras de distracción, que era imperioso dejar de eludir los compromisos con los terrenitos, de quitar, aunque más no fuese, los yuyos, darles una lavada de cara. Ni siquiera se planteaba la osadía de liquidar los baldíos, de hacerse con un terreno mayor, que pudiese habitar y no dejar olvidado, juntando sus frustraciones. Sabía que detrás de esa intención, de esa instancia intermedia había temor escondiéndose debajo de la cama de la gorda probable, observando el ir y venir continuos de unas piernas que muy probablemente terminaran siendo las suyas propias.

Había algo de pretenciosa frivolidad en esa imagen, en esa superposición de niveles mentales que representaba la gorda, su cama de elásticos metálicos vencidos en un costado, las mesas de luz imitación Luis XV, la bombilla de 40W que mal iluminaba la habitación húmeda y perpetuamente fría. Tomó de un trago el resto de ginebra y dejó el vaso, obedeciendo a las leyes fantásticas que tanto repetían Epstein y Vitelli, junto a la jarra de cerveza de la gorda supuesta. Cuando salió sintió el alivio de encontrar a un hombre con piernas de mujer al que siguió durante calles y calles, imaginando el odio que sentiría aquel tipo a su imagen inferior en el espejo, a los intentos de darles una forma masculina, muscular, a sus piernas; fantaseó con las luchas contra su escasa habilidad en el fútbol, a una neurastenia persistente que no lo dejaba salir a correr, que lo sujetaba a esas piernas algo regordetas, un poco patizambas, muy blancas, sin pelos que mostraba, ya resignado, seguramente, por la obligación de bermudas impuestas por el verano. Seguramente sería un tipo invernal – sería entonces cuando se sentiría menos expuesto -: estación en la que conocería gente, en la que se vería recompensado de alguna extraña manera por la inevitable reclusión social estival.

Todo esto le venía al pelo a Alden para, consciente y voluntariamente, alejarse del reclamo de los terrenitos y sus habitantes ocultos. Y de June.

© Marcelo Wio

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