III (Una noche larga)

El clochard Lefebre les descubrió los beneficios del subterráneo. Fue una noche en la que Hugo y Jalil habían salido del Centro Cultural San Martín y se habían puesto a caminar, indecisos, hacia el Obelisco. Allí, en la plaza de la República se lo encontraron a Lefebre, llorando bajito, con pequeños sobresaltos y quebradas que silenciaba detrás de su barba tupida y sucia, ocultando su mirada en algún detalle inverosímil de una de las baldosas.

Una tímida compasión los sentó a su lado y, en un francés entrecortado y hosco que los desconcertó, les explicó del agujero de gusano chirriante que lo llevaba de un lado a otro por unas pocas monedas. Que Le Chatellete para de pronto en la 9 de Julio para admirar una erección nacional, perenne; que esta vez el absenta – en el que también los inició, como una especie de gurú de la atemporalidad, la ubicuidad y la inconsciencia – lo había hecho confundir con el cambio horario (ahorros estivales de energía y explicaciones de relojería; entonces acaso estación Sol) y las cortinas metálicas se habían cerrado y ahora a dormir con el frío-húmedo-ciudad-desconocida-a-esas-horas (parecía un auto haciendo rebajes forzados, Lefebre). Hugo se compadeció. O quiso saber más del clochard – entrevió el inicio de una suerte, como el chasquido del fósforo que ya contiene la llama -, del gusano y del absenta, y Jalil se prendió a la abertura que le ofrecía esa noche, como si unas piernas se abrieran de repente. Entonces rumbearon para el Once, al departamento de Jalil (porque qué te va a decir Úrsula si aparecemos como un comando desbaratador de realidades y normalidades): esa especie de cueva donde todo se explicaba por las sombras, esas posibilidades efímeras de una certeza, como cuando se cree que se está a punto de encontrarle una forma conocida, nominada, a una nube y tomá, desparramo de condensación en la capa tal o cual de la atmósfera y a seguir porfiándole límites a los cúmulos o cirros o lo que sea que toque.

Apenas llegaron al piso de Jalil, el viejo sacó una botella de absenta que el abrigo – que parecía una frazada cariada de polillas y mugres – había ocultado. Jalil desparramó cachivaches que ocupaban lugar en el sillón y se fue a la cocina a buscar tres vasos; mientras iba buscando a tientas, prometiéndose cambiar la bombilla, sintió una especie de baladro que tiraba palabras como una metralleta: absenta, ababol, abanta, abasia; y así se iban acumulando, como por generación espontánea, en sus neuronas. La última palabra se repitió en forma de eco que no perdía fuerza ni consistencia: abjurar. Tal vez, pensó, se trataba de una advertencia: a partir de este punto la empresa no se hace responsable de lo que pudiera sucederle. Entró en el living diminuto (ventana con vistas al pulmón del edificio) riendo; Hugo le tiró una de esas miradas despuésmeloexplicás, a la que Jalil asintió como un acto reflejo, porque estaba seguro de que, una vez que se dispusieran a arrojarse dentro de la botella, no recordaría nada entre ese punto y un radio de veintipico horas. Estaba en lo cierto, aunque, no enteramente: las instrucciones para el uso del gusano quedaron grabadas, indelebles, misteriosas.

He llegado a saber, por azar, por fortuna, por equivocación o por destino, que el tiempo está surcado por agujeros de gusano – como un árbol debajo de su corteza – y que sólo hay que estar dispuestos a creerlo para hacerse con sus servicios. Lo descubrí una tarde, hace demasiado, en Niza. Fue después de despertar de una siesta, con la resaca de un sueño que fue más que eso. En la cama contigua, y sin mediar palabra, Charles supo que habíamos vivido la misma revelación. Empujados por la emoción, los restos del hachís, caminamos febriles hasta un portal cercano al puerto. Charles lo golpeó con fuerza (verán que no hace falta alguna; la fuerza, digo) con su hombro derecho mientras con la mano izquierda me agarraba del brazo. Caímos en un pórtico húmedo, con meadas de gato de Argel, entre sombras que variaban de forma con una velocidad asombrosa. Salimos de allí asustados, convencidos de estar meciéndonos en los territorios del Ababol. Le eché una mirada furtiva a Charles; no sabía que sería la última vez que lo vería. Me dije, casi ensordeciéndome por dentro, que qué me importaban sus flores irredentas y sus caprichos líricos, si de alguna manera ya sabía yo lo que el tiempo habría de confirmarme: que terminaría trapichando con carne humana. Me repudiaba por haber caído en la trampa de la admiración sin razones.

Lefebre, advirtiendo que llegaba el nuevo día, calló discretamente; y silenciosamente se fue. Hugo y Jalil, con los ojos cerrados, los cuerpos extáticos en el sillón, no se enteraron de nada. Veinticinco horas después se despertarían como lo habrían hecho Charles y Lefebre: dudosos, escépticos, no sabiendo si podían confiar en los retazos desordenados que se debatían en sus cabezas. La duda, golpeando con sus plumas y cabellos; por convección, ósmosis, telequinesis. Aún estuvieron otras tres horas sentados, en silencio (o silenciados). Cuando por fin se sintieron seguros de sus fuerzas, sin saber por qué, salieron derechito a experimentar, sabiendo a ciencia cierta que el subte, algunos portales, que tendrían que descubrir y algunos ascensores entre ciertos pisos, funcionaban como entradas y salidas, como boca y ano del gusano, y del tiempo y el espacio.

© Marcelo Wio

 

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