Caminos a ninguna parte

 

Prolifera lo señalado. Lo escrupulosamente indicado y anunciado. Todo tiene un destino inequívoco, inevitable – de hecho, tanta señalización hace que uno vaya llegando paulatinamente al mismo, haciendo del hecho algo irreversible. Estamos ante una prolija red de caminos que ha desterrado los errores – varios dispositivos se encargan de que el viajero llegue a su meta estipulada, desterrando las experiencias que no le correspondan.

Es por tanto de suma importancia que haya caminos que no conduzcan a ninguna parte – no me refiero a una de esas breves astucias que remedan infinito, como por ejemplo un amplio sendero circular, o los tiovivos. Porque realmente es agotador eso de estar siempre llegando a algún lugar – con lo bien que se está en los tránsitos, tan en ninguna parte, como siendo sin ser, a punto de elegir una personalidad, un destino, una historia que no sea propia. Además, ningún arribo es definitivo, invariablemente es el origen de otro camino – que, sospecho, siempre es el mismo, o una versión en la que como mucho varían sutiles elementos paisajísticos.

Claro que, de alguna tramposa manera, los trazados que no encaminan a ningún lugar en concreto, en realidad ya hace tiempo que lo han llevado a uno a un sitio que, por más avance que se pretenda remedar, está quieto y constreñido entre límites del propio camino. Pero esto, intuyo, se desconoce por parte de quien habita, por quien cree recorrer, dichas sendas. Con lo cual, su ocurrencia, no es menos deseable. Al menos, es preferible que aquel orden de carteles, señales, precisas distancias y destinos estrictos.

 

© Marcelo Wio

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