Calle Carlos Casares al 2003

Balbi tuvo la sensatez de tomarse un antiácido y medio Valium antes de entregarse a la brumosa ineptitud sin el atenuante de una diligencia fingida. Era como un líquido sólido (un liquen camino de la fosilización): se cuela por cada recoveco y se endurece como un orgullo magullado. Dejó las aspiraciones en la entrada, para no levantar sospechas, e ingresó en la inmensa compilación de rictus de tedio, desinterés y sueño crónico. Ingresar en esa oficina era sumirse en una de las tantas soberanías que detentan los inútiles. La humanidad paga con el gravamen de una necedad masiva las pocas inteligencias legítimas que ejerce. Por cada Gödel, el mundo está condenado a padecer una legión inconmensurable de burócratas, chupamedias, obsecuentes y ladronzuelos sin más habilidad que la de ubicarse del lado conveniente de la ley.
Se dirigió directamente al mostrador donde una mujer con sobre peso, unas greñas que la grasitud ayudaba a mantener en un peinado sin gracia, le soltó algo que Balbi interpretó como “buenos días”, o un símil. Balbi respondió con la misma parca brevedad.
-Busco el registro de propiedad de esta casa – informó Balbi, a la vez que le extendía un papel con los datos del inmueble. Se esforzó para cuajar un tono impersonal, para no afectar la cotidiana indolencia imperante. Mostró su identificación: Andrés Balbi, Detective Privado, Número de Licencia tal y tal, expedido en tal y tal fecha, Firmado: la autoridad competente, etcétera, etcétera.. La mujer asintió y él guardó la licencia dentro del bolsillo interno de su chaqueta.
-Si está, en un momento se lo traigo – y pareció poner en marcha las orugas que la movían.

Ese “si está”, pensó Balbi, significa, ni más ni menos: “si no lo encuentro rapidito, ya te puedes olvidar de tener los datos”, lo que implicaría ir a otro mostrador (otro día, por supuesto, pues ya lo habían visto, y entre bomberos no se pisan la manguera, eso es sabido) y repetir la diaria ceremonia del desprecio. Viendo todo aquello, se preguntó si el Mesías no tendría algún problema de inmigración o algo por el estilo el día que conviniese en aparecerse por algún punto cardinal para poner las cosas en orden.
El regreso de la mujer oruga con los papeles evitó formularse una respuesta a la impertinencia conjeturada.
-Esta es la copia. Pague por ventanilla con este volante y la vuelve a buscar.
Así hizo en un periquete. Pagar siempre fue el más sencillo de todos los trámites. Ahí no te escamotean nada: no terminas de sacar el dinero del bolsillo que ya ha cambiado de manos.
Balbi salió con la copia bajo el brazo. En la puerta recogió las aspiraciones que había dejado afuera y unas cuantas esperanzas ajenas (¿a quién se le ocurría dejar eso allí, con la escasez que había?). No eran gran cosa, pero le vendrían bien. Se fue a un café para echarle un vistazo a los papeles con calma. Intuía que aquello sería un trabajo rápido y sencillo. Lo inquietaba, levemente, la forma en que lo habían contratado: un sobre bajo la puerta de su oficina (en realidad , un cuartito sin ventana, un baño minúsculo y una suerte de habitación-cocina-archivo) con una carta escueta (“Averigüe a quién pertenece la propiedad sita en calle Carlos Casares 2003. A modo de adelanto le incluyo la cantidad de tantos pesos. En cuanto tenga la información relativa al inmueble, le ruego que se tome la molestia de comprobar si sigue deshabitada. Una vez concluidas sus pesquisas, le solicito que me envíe por correo los resultados al apartado de correo equis de esta ciudad. De la misma manera en que le llegó esta carta, le será entregado el dinero restante: el doble de lo ya adelantado por medio de la presente – una suma que juzgo por demás elevada para un mero trámite -. Lo saluda atentamente, A.). Parecía más fácil que darle un cachetazo a un manco por partida doble.

Después de leer el documento, tomó un taxi hasta la dirección indicada. La calle Carlos Casares estaba en un laberinto circular de calles en torno a un parque que seguía el intrincado recorrido de las calles, con sus paseos y bosquecillos. Nunca había estado allí. Ningún menester lo había convocado a esa geografía para él inhóspita y tan desconocida como las de cualquiera de las ciudades en las que jamás había estado. Ya de entrada las cosas se torcieron. El 2003 no existía. Es más, la numeración de esa calle (y la de casi todas, dadas sus brevedades) llegaba al 400. Lo más probable, entonces, indujo, es que algún pelotudo en el registro le haya puesto un cero de más. Sí, seguramente era eso. Aunque… quienquiera que me haya contratado repite el error. Bueno, tal vez tiene un documento en su poder… Pero si tiene un documento, no sería descabellado pensar que conoce al propietario… A ver, pará un poco Balbi, se dijo. La parte contratante (se dijo remedando a los hermanos Marx para infundirse unos ánimos propicios) sabe que es una casa, por lo que la tiene que haber visto, si no personalmente, en una foto; o bien alguien le refirió su existencia y los detalles asociados a la correspondiente descripción. Ya me veo volviendo al registro… la puta madre. Pero… a ver el documento de vuelta. Se sentó en un banco del parque y revisó los dos papeles. Constaban tres cambios de titularidad, el último hacía unos cien años. Y siempre había figurado el número aquel. Definitivamente tenía que volver a la Oficina de Registro de la Propiedad Inmueble. Se dirigió, de todas maneras, a la calle Carlos Casares. Tampoco había 203. Y el posible 203 eran dos casas adosadas de construcción más bien reciente (treinta años como mucho, calculó).

Para no perder el día, decidió buscar en la guía telefónica el apellido que figuraba en el registro. No podía haber muchos de esos. Lafourcade Martínez Aranzubía de Laplace, tomá apellido, dijo Balbi. Efectivamente, sólo figuraban dos nombres en la guía. Marcó el primer número: número fuera de servicio. Probó con el otro. Lo atendió una mujer que, por cuyo acento, ubicó en alguna zona remota del norte (por algún motivo que se le escapaba, ese sitio debía ser umbroso, vaporizado de humedad). Le dijo que la señora no estaba, pero que volvería en unas dos horas, que qué precisaba; Balbi le dijo que nada, gracias, que ya volvería a llamar. Arrancó la página de la guía y pidió un taxi a la dirección que figuraba en la guía. Esperaría en algún café, o donde fuese. Intentó imaginarse a María Concepción de las Mercedes Lafourcade Martínez Aranzubía de Laplace, y sólo pudo imaginarse la inquina de las maestras y profesoras que diariamente tomaban lista.

 

-No discutamos.
-¿Y quién dijo que discutiremos? – se sorprendió Balbi.
-Porque lo haremos cuando sea inevitable.
-Le repito…
-Entonces usted será dialéctica e irremediablemente derrotado; hecho que le hará recorrer los lugares más selectos con el fin de desprestigiarme con la saña del rencoroso. Mancillará mi honor en esos círculos impecables, donde la fama me precede como un grupo de matones que va enmendado opiniones de acuerdo a la justa verdad. Lo sé. Lo veo en sus ojos. Tienen una propensión a la calumnia. Así que por favor no discutamos.
-Es que, como ya le dije, no lo haremos, tengo sólo unas preguntas que hacerle en realción a un tío suyo que se pierde en la niebla de los tiempos: es decir, entre el polvo y el papel comido por las ratas de unas cuantas oficinas de registros donde algunos todavía son, que justamente sólo en papel. Las ratas, nuestros últimos enterradores… Siempre piensa uno en los gusanos.
-Por favor, qué desagradable. ¿Es estrictamente necesaria esta aberrante introducción? ¿Ve, lo que le decía?, discutiremos. Pregunte lo que tenga que preguntar y ahórreme el bochorno de tener que dejar de concurrir a los lugares de bien. Cómo me fatiga usted señor…
-Balbi.
-Que apellido tan… vulgar, ¿no le parece?
-Si un apellido puede calificarse de tal manera, entonces, no, no me parece.
-Lo que predije. Ya estamos discutiendo.
-Señora
-Señorita. Otra velada zancadilla espiritual. Discutiremos, no tenga duda.
-Yo cada vez tengo menos dudas, también. Lo suyo son las profecías auto-cumplidas.
-Oh, me injuria.
-Por favor… La pregunta. ¿Conoció personalmente a su tío Leopoldo Lafourcade Martínez Aranzubía de Laplace?
-No, sólo oí historias que, con el tiempo, me inclinaría a pensar que no son ni remotamente verosímiles: pura mitología, relatos apócrifos que le endilgaban aventuras que el relator no quería reconocer como propias por vaya a saber qué razones o escrúpulos.
-Oyó alguna vez hablar de la casa de Carlos Casares al – evaluó entre decirle 2003 o 203 – dos mil tres? – se decidió por fin.
-Remotamente. Como una locura, una de las tantas adjudicadas al tío Leo.
-¿Fue usted alguna vez a esa casa?
-Jamás. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que vi al tío. Y todas fueron en casa de mis abuelos, con motivo de alguna celebración: esas excusas para mostrar modelitos nuevos, para embadurnar la cara de los demás con logros recientes (reales o pergeñados para la ocasión), o para desmontar fracasos a fuerza de mentiras elaboradas cuidadosamente desde el instante en que la invitación arribaba. Ah… el arte de la vida en sociedad… Qué tiempos. Hoy es todo tan chabacano. A nadie le importa ventilar sus miserias sin maquillaje: el triunfo de la incultura sobre la inteligencia refinada.

 

Entró en su oficina. Olía a pelo quemado. Balbi se cagó en todo. Otra vez su secretaria, Mirta, se había estado quemando el vello de los brazos en la hornalla de la cocinita. Mirá que te le tengo dicho que me revienta el tufo ese, dijo Balbi en un murmullo mientras cerraba la puerta. Mirta, burlona, le sugirió una secretaria sin vello y, ya que estaba, más joven.
-Mirta, teneé un sentido de la oportunidad de lo más ineficaz.
-Sí, pero se compensa con un sensualismo sofisticado.
Balbi se rió y dijo: No te preocupes por mí, ya estoy desfasado para saber apreciar intenciones e insinuaciones.
-Qué aburrido, che.
-Realista, Mirta, realista.
-Si por lo menos fuera un realismo mágico.
-Y si mi tía tuviera testículos sería mi tío.
-Ahora me explico tu soledad.
-No le admito esas insolencias, señora – dijo Balbi, fingiendo un enojo sobreactuado.
-Balbi, querido, vos mejor que nadie sabe que esa frase es una boludez: lo dicho, dicho está, y no admitir lo ya dicho es pretender una retroactividad imposible. Pero si te gusta el verso: retiro lo dicho. Pero eso no quita que estés más solo que Adán en el día de la madre.
– Sí, no son precisamente sutiles los motivos que facilitan mi inclusión en un símil bastante pelotudo y gastado.
-Qué ordinario que sos, Balbi.
-Y a mucha honra. No soporto las formalidades y las pretensiones que huyen del leguaje de la calle.
-Bah, justificaciones sin asidero.
-Si querés asidero, bonita, buscalo en los colectivos, en los subtes, o en una buena baranda.
-Andá a cagar, Balbi, siempre desvirtuás el juego lingüístico con lo evidente.
– ¡Así me gusta!, Mirta; empapate de vulgo, ¡Vulgata vulgaris!
-Cada día estás más rayado.
-Es posible. Pero, ¿qué querés?, uno no puede mantenerse impoluto si te contratan para buscar una casa que no existe.
– ¿Qué?
Y entonces Balbi, ya dejando de lado las idiosincrasias que habían ido construyendo con los años, le refirió todo el asunto.
-La verdad, es que no sé qué carajo le pasa a la gente. Yo ya no sé si está loca, si se aburren y se inventan distracciones cada vez más abyectas o qué corno.
-Un poco de todo.
-Vos y tus teorías sintético-universalistas…
-Es para evitar el ‘no tengo idea’ que se nos hace tan habitual.

 

Al día siguiente, se despertó a las cinco de la mañana. No era un madrugador, pero quería ir a la calle Carlos Casares por si a la casa le había dado por aparecer. No sabía de dónde le había venido esa idea; y menos aún, por qué la obedecía. Fuera, una neblina llena de olores adheridos cubría la suciedad. El taxista que le tocó en suerte era del género de los habladores. Llegaron a Carlos Casares en lo que a Balbi le pareció un tiempo exagerado para esa hora de la mañana, sin tráfico. Pero el taxímetro indicaba un precio acorde a las circunstancias, por lo que Balbi pensó que el tipo había jugado con el espacio tiempo o lo había aburrido soberanamente con la charla. Por suerte tenía la habilidad de cerrarle el paso a ese tipo de chácharas en su cabeza, con lo cual, nada se infiltraba y, por ende, nada recordaba. Impoluto impolutis, se dijo, mientra cerraba la puerta del taxi.
La casa no estaba, pero había una mujer en la vivienda que estaba justo en frente a donde debía estar el 203 (porque Balbi ya había decidido que el error radicaba en el agregado de un cero y, posteriormente, en una renumeración de la calle que no se había plasmado en los documentos de propiedad que estaban en el registro). La mujer regaba y arreglaba un jardín comprimido en unos escasos metros cuadrados y, aún así, a primera vista, frondoso y diverso. Un poco como un engaño.
-Señor – una voz contundente, que le llegó de atrás, como un hachazo o una puteada de cancha.
Era un policía.
-¿Qué hace?
-Paseo – respondió indiferente, Balbi.
-Lindas horas para pasear por acá…
-Como cualquier otra.
– Permítame el DNI.
Balbi le extendió la cédula.
-¿Cuántos años tiene? – inquirió el policía, todo él convertido en autoridad.
– Cincuenta y nueve.
El policía miró y remiró la cédula con atención. Está calculando, pensó Balbi.
-Acá pone que usted nació en 1950…
-Ya sé, pero es que mis padres me anotaron dos años antes para que pudiera ir adelantando en el colegio. No sé si es que tenían unas esperanzas que les frustré, o que tuvieron un pálpito que realicé.
– ¿Qué, se hace el gracioso?
– A veces llego hacerlo, pero por generación espontánea, nada relacionado con mi voluntad.
El policía, fastidiado, le devolvió la cédula. Circule, señor, le dijo, con tono perentorio. Balbi vio cómo se alejaba el policía y comenzó a caminar hacia la casa de la mujer. El policía, mientras se giraba para comprobar que Balbi caminaba, pensó: Espero no volverme tan pelotudo con los años; aunque me parece que será algo irremediable.

-Discúlpeme – Balbi llamó la atención de la mujer con delicadeza, para no sobresaltarla.
La mujer giró la cabeza. Estaba arrodillada frente a unos rosales que tenían una sobreabundancia de flores.
-Buenos días – dijo la mujer.
-Bueno, a efectos meteorológicos, muy buenos no son; y a efectos lumínicos, no es, siquiera, día – Balbi se arrepintió de su respuesta. Pero a veces salían solas, como eyectadas por algún resorte interno que jugaba para un equipo contrario. Por suerte la mujer no era de las personas que interpretan todo literalmente.
-Convenciones, que le dicen; nos las ceden por herencia y las usamos por no tenerlas ahí juntando mugre.
-Justamente.
-Pero veo que usted se deshizo de algunas, al menos.
-Las perdí. Y las tuve que reemplazar con… no sé qué son. Para unos, groserías, para otros, simples tonterías.
-No se trate así. Cada cual con sus cuitas.
-La molesté porque quería preguntarle por una casa. Verá, le explico un poco, tengo que tramitar una herencia, pero uno de los bienes resultó ser una casa que está ubicada en esta misma calle, pero…
-Ah, los peros que hacen interesante la vida.
-Bueno, en este caso, a mí me la complica innecesariamente. No creo que haya enseñanza alguna aguardándome.
-Dígame en qué consiste el pero.
-Fácil. Carlos Casares al 2003.
-¡Pero eso no existe!
-Ya ve las implicaciones del pero.
-Veo.
-Viendo la numeración de la calle, se me ocurrió que podía ser un error más bien tonto, y que al 203 le habían enchufado un cero supernumerario. Pero…
-Pero… el 203 tampoco existe…
-Exacto. Entonces me dije, si los papeles son correctos, debe haber habido un cambio de numeración en algún momento.
-No. Hace cincuenta años que vivo acá y jamás ocurrió tal cosa.
-¿Ve? El pero se me agiganta.
-Veo. Y lo compadezco. Tanto lo compadezco, que lo invito a tomar un café con alguna galleta.
-Acepto encantado.
Entraron en una casa bien puesta, sin alardes, con la sobriedad del que tiene muy claro sus gustos y sus limitaciones de índole monetario. Mientras la mujer preparaba el café, Balbi se dedicó a chusmear el living, con su biblioteca inmensa; los libros como columnas de soldados estáticos dispuestos a marchar en cuanto sonara el clarín.
-Los pobres están muy quietos. Ya nadie los lee. Yo tengo unas cataratas incipientes que ya no me permiten ese placer y mi marido murió hace tiempo.
– Es lo que suele comenzar a acontecernos a cierta edad.
-Sí – respondió lejana, tal vez atrapada por un recuerdo o un arrepentimiento súbito. Dejó la bandeja con las dos tazas humeantes, una azucarera y un plato de masitas sobre una pequeña mesa que había entre dos sillones orejudos. Ella se sentó en uno y lo invitó a Balbi, con un gesto cálido de su mano larga, a que hiciera lo propio en el otro.
– Perdone la indiscreción, pero, ¿está casado?
-Divorciado – respondió Balbi mientras agarraba la taza más cercana.
-Oh, lo lamento.
– No tiene por qué – tomó un sorbo de café, pero estaba muy caliente, y sin darse cuenta se encontró diciendo con una voz que le pareció ajena, apenas conocida: Habíamos cotejado descuidos y concluimos que era prudente evitar las fatigas de los rencores que serían la consecuencia evidente de desoír lo obvio. Se fue un martes sin particularidades. Siempre lo cuento así. O comienzo así, después varío (o desvarío) un poco. Pero empezar así le da una suerte de aire de sofisticación. Lo cierto es que la engañé boludamente con mi secretaria, que resultó ser prima de una amiga de mi mujer. En una ciudad con siete millones y pico de habitantes las posibilidades de dichas conexiones en un ramo tan exótico como el mío son más bien ínfimas. Pero las leyes probabilísticas se cagaron en mí. Bien pensado, todos nos confeccionamos nuestras propias emboscadas a medida. Yo quería a mi mujer. Mi secretaria no me atraía lo más mínimo, de hecho era más bien militante de la fealdad. Cada vez que entraba, por la mañana, pensaba que era una monja infiltrada en un mundo que no le correspondía. Pero qué importa todo esto ahora.
-Es usted un agradable mentiroso, Sr. Balbi.
-No querida mía, es que, como decía el poeta Jabés, querer ser veraz es arriesgarse a no serlo nunca. Lo mío es un celo vocacional, como bien puede comprobar, señora…
-Landau. Viuda de Bauman.
-Lo siento.
-Fue hace mucho, como ya le comenté.
– Pero entonces usted se debe haber casado siendo una niña, porque… ¿qué? , usted tendrá cincuenta años tirando por lo alto…
-Tal vez no sea del todo mentiroso después de todo, tal solo austero con sus verdades.
La mujer tenía un andar suntuoso. Pero sabía que en cuanto se quitara la ropa, se desmoronaría la fachada tal como se viene abajo el poder persuasivo de los carteles proselitistas en cuanto el candidato pierde las elecciones (o las gana, para el caso es lo mismo; se cae la sonrisa de dientes blanquísimos). “Podemos prescindir de esa decepción mutua, señora Landau, y dedicarnos a fantasear con lo que habría sucedido una década atrás en este misma situación”, pensó Balbi mientras sorbía el café que le había ofrecido la mujer.
-¿No pensó que tal vez usted sea solo un solipsista incurable? – lo reclamó a la realidad la señora Landau.
-No lo creo. Siempre pensé, contrariamente, que era el contexto el que me otorgaba la cualidad de ser. Siempre estuve seguro de lo que veía, de lo que existía fuera de mí, a pesar mío. Era mi existencia, justamente, la que estaba siempre en entredicho.
-Veo… un indeciso…
– Por ahí va más encaminada…
-Ya está bien de intimidades, volvamos a su casa misteriosa… ¿No se planteó que tal vez no la quiera encontrar?
Pero, ¿con qué le salía ahora esa mujer? Tenía una facilidad para convocar lo inverosímil y lo incongruente…Si esa misma facilidad la hubiera tenido para el dinero…, suspiró sin suspirar Balbi.
– O sea que la busco para no encontrarla.
-Algo así. Porque buscando posterga otro suceso. Por eso evita encontrar la casa. Por eso y porque encontrarla puede ser ese mismísimo suceso que se pretender evitar. Es fascinante, ahora que lo pienso detenidamente.
-Entonces, me está diciendo que la casa existe…
-Yo no dije eso.
-Lo insinuó.
-Tampoco.
-Busco para evitar encontrar. Si evito, hay algo que evitar, ese algo, existe. El algo es la casa, por lo tanto, la casa existe.
-Uy, tanta vuelta… Puede que exista o no, eso es lo de menos. Se queda en el símil y obvia por completo el concepto, el Dasein. Se arrincona solo.
-¿Eh?
-Nada.
-Tal vez evito ser atrapado por la vida.
-Yo, en cambio, prefiero que la vida me tenga bien agarradita, para hurtarme a la muerte. Pero claro, sobre gustos.
-Cuando digo la vida hablo de las rutinas, sus consecuencias, de…
-Ya sé de qué habla – lo interrumpió divertida –, pero es que es tan fácil pincharlo que no lo puedo evitar.
-Me está distrayendo de mis diligencias – dijo Balbi, maquillando su ofuscación creciente.
-No hay cordón que nos una, así que es libre de marcharse cuando quiera – le dijo la señora Landau. Y ya iban camino de la puerta.
-Gracias por nada, muy señora mía – Balbi fingió un tono de broma poco creíble una vez que estuvieron en la vereda.
-¿Cómo nada? – remedó indignación la viuda de Bauman -; una entretenida charla matutina con claros matices existenciales.
-Hasta luego – ya no maquilló su malestar.
-Que encuentre lo que busca. O no. Según le convenga – hacia la espalda de Balbi que no se giró.
Balbi se alejó por la vereda. La mujer, mirándolo, pensó que la vida a veces se inventa la mejor de todas las venganzas contra el hombre: el propio hombre. Hizo un ademán como de espantar una mosca o una impertinencia y entró en su casa. De la radio emanaba algo que bien podía ser música o estática; desde donde estaba no lo distinguía.

A las nueve en punto estaba una vez más en el registro de la propiedad. Fue el primero en entrar.
-Si está el documento es que alguien registró la propiedad. Si se registró, un funcionario fue a constatar la existencia del inmueble; acá no inventamos casas sin ton ni son, por pura diversión. Esto es una oficina seria, caballero. Además, bien mirado, la casa bien puede estar y al mismo tiempo no estar – dijo altanera la mujer, que se aparecía asombrosamente a la del día anterior.
Vaya, le había salido una discípula a Hugh Everett en la oficina de registro. Quizás tantos años allí la hacían dudar de estar realmente en el mundo, pero el hecho indiscutible de verse en el espejo y de comprobarse a través de las conversaciones diarias le indicaba lo contrario. De alguna manera había que explicar esa dicotomía. Eran tiempos extraños para conservar corduras impecables y teorías prolijas. Quién soy yo para juzgar a esa mujer, a fin de cuentas, se reconvino Balbi.

 

El sonido del teléfono lo despertó de la modorra siestera – con su habitual secuencia bochornosa de sueños terriblemente reales de los que emergía indefectiblemente cargando con una vergüenza inexplicable -, y el sobresalto le hizo tirar la lata de coca cola sobre el escritorio, con el resultante enchastre pegajoso.
-Buenas tardes señor lo llamo para ofrecerle la nueva tarjeta de crédito del Banco Plín Caja.
-No me interesa.
-Pero si es sin compromiso ni gasto alguno, sólo necesita un recibo, algo a su nombre.
-Mire, señorita, a mi nombre sólo tengo mis desdichas, ¿le sirve eso? Aunque… ahora que lo pienso, no tengo ni la menor idea de dónde dejé los papeles que me acreditan como poseedor y usufructuario de esas desgracias.
-¿Y el alquiler…? – intentó todavía la joven, insegura.
-El contrato está a nombre de un tipo que se me parecía muchísimo hace unos años atrás. Así que estamos en las mismas.
-Muy bien, no lo molesto más. Que tenga un buen día.
-Gracias, igualmente.
Era fácil dispersar esas molestias telefónicas. Todos comprendían enseguida que la vida era una broma que nadie festeja: ya sea porque no la comprenden – o eligen no hacerlo -, o porque de graciosa no tiene absolutamente nada. Había tantos niveles de significación en todo… Como fuere, la llamada le había costado media lata de coca cola y un rato de limpieza que no tenía planeado. Miró el reloj, eran las cinco y veintiuno de la tarde. Se quedó observando el reloj con inquietud: esto nos da cuerda a nosotros, pensó. No tenía ni la más remota idea de lo que debía hacer a continuación. Bajó al café a tomarse algo fresco. Una mujer, sentada sobre un taburete al fondo de la barra lo saludó. Era una abogada que tenía su oficina en el mismo edificio que él tenía la suya; alguna vez había hecho algún trabajo de seguimiento para ella (infidelidades y adyacentes).
-Balbi, acá no llega tanto ruido – le dijo la mujer a modo de excusa para la invitación.
-Pues yo buscaba el ruido y el amontonamiento, como para no pensar y, a la vez, poder dejar que mis ideas se reagrupen instintivamente sin mi tosca intervención.
– Es usted todo un caso, Balbi, ¿no se lo dijeron alguna vez?
-Sí, pero nunca con ese tono tan benefactor.
Ella soltó una carcajada más falsa que un billete de veintisiete pesos, mientras se echaba la cabellera renegrida hacia atrás. Balbi aprovechó para mandarse un buen trago de coca cola. Le sonó el móvil a ella y se alejó unos pasos para hablar. Balbi utilizó el descuido para escrutarle el alma, pero sólo había un paquete de pastillas (las dos últimas fundidas una con la otra, delatando un abandono prolongado). Ya no quedaba nadie que no hubiese transferido su alma a una caja de banco en Suiza, a buen recaudo de ciertas recaídas; y, sobre todo, de uno mismo. La mía vale poco, se dijo Balbi, así que no tengo problema en llevarla siempre encima. Acabó la coca cola de otro trago, pagó, saludó a la mujer con esos susurros y gestos achaparrados que se le hacen a quien está hablando por teléfono y se fue. La mujer hizo un gesto nimio y siguió hablando con vehemencia derrotada.

 

Mirta ya estaba en la oficina. Se había olvidado para qué la había contratado, como también el horario que tenía.
-¿Qué tal va el asunto ese de la casa prófuga?
– Como el culo. Y vos, ¿dónde andabas?
-Fui a visitar a mi hermano.
-¿Cuál?
-Mario.
-¿Cómo anda?
-Se le desmadejó la coherencia del todo.
-¿Qué hace ahora?
-Rompe las bolas con una serie de anécdotas que seguramente ni son suyas.
-Bueno, si las propias son malas, es de agradecerle la consideración de cambiarlas.
-Supongo…
-¿Sigue viviendo en Villa Ernestina?
-No, los hijos lo internaron en una clínica, ¿no te acordás?
-No.
-Tal vez haya cosas que sea mejor olvidar o hacer de cuenta que nunca sucedieron. Yo cuando lo voy a visitar, hago de cuenta que voy a ver a alguien que no conozco de nada, con el que nada me liga.
-Quizás él hace un poco lo mismo con las anécdotas. Con todo lo demás.
-Quizás. Pero él ya no se acuerda de nada. A mí hace tiempo que no me reconoce… Cambiemos de tema mejor. ¿Qué vas a hacer con lo de la casa?
-Estoy entre esa incoherencia que parece formular la eterna pugna dialéctica entre el contemplatio y el actus, sólo que no me facilita ninguna solución. Una mofa sublime.
– Traduciendo: o dejás las cosas como están, o hacés algo. Pero no sabés qué algo hacer.
-Exactly dear.
-Plantate ahí.
-¿Dónde?
-Donde inferís que tiene que estar la casa, ¿dónde iba a ser?
-¿Y qué hago?
-Esperás.
-¿A qué?
-Uy, Balbi, estás pelotudo hoy. ¿A qué va a ser?, ¡a que aparezca!
-Pero…
-No hay peros, o bien creés que va a aparecer, o decidís que es una joda o el delirio de un rayado y lo dejás. Uy, mirá la hora que se me hizo, te dejo que tengo turno en la peluquería.
-Podrías haber esperado a que te sacaran los pelos de los brazos en la peluquería en vez de impregnar el ambiente con ese olor. Todavía no se va, es insoportable.
-Estás loco si pensás que voy a ir a la peluquería con los brazos así, me muero de vergüenza.
-Pero no te causa vergüenza alguna que yo te pesque quemándotelos. La verdad es que ustedes las mujeres tienen unas incoherencias que te las encargo.
-No te equivoces, Balbi. Yo sé que no vas a ir comentando por ahí que tengo los brazos como un apéndice de la selva amazónica – y dicho esto cerró la puerta que había abierto cuando Balbi había empezado con su pero.
Balbi se quedó parado sin saber qué hacer. Se decidió por fin. Iría a visitar a su hermana, un poco inspirado por Mirta, otro poco porque hacía como dos o tres semanas que no hablaba con ella, y por último, porque no quería decidir nada, y si se quedaba en la oficina seguiría dándole vueltas al asunto. Su hermana, Claudia, menor que él, vivía en las afueras de la ciudad. No habían más Balbi emparentados con ellos.
Mientras iba en el autobús hacia el sur, atravesando la ciudad mancillada por los trajines diarios, Balbi sintió cómo en el transcurso del día se le habían ido acoplando las inevitables adherencias reductoras que acaban, alrededor de la medianoche, por deshumanizar a cualquiera de manera grotesca. Se encontró no sabiendo por qué iba a visitar a su hermana. Había en ese impulso una perentoriedad ajena, producto de los designios de la especie por arropar los genes similares. Para qué voy, se preguntaba, si ya sabía la cadencia de palabras conversadas que lo esperaban, irremediablemente combinadas de antemano.
Llegó al barrio sin características sobresalientes, tan parecido a cualquier otro lugar anodino de extrarradio. Claudia estaba tomando mate. Las chicas (de ocho y cinco años) hacían garabatos.
-Qué sorpresa, che – dijo Claudia. Las nenas lo miraron sin interés y continuaron con sus dibujos.
-Cada tanto hay que dar señales de vida…
-Cambio la yerba y caliento un poco más de agua.
-Dale.
Balbi se sentó a la mesa fingiendo interesarse por los dibujos de sus sobrinas. Mirá vos, se dijo, Y Miró ganaba guita con eso…
-¿En qué andas?
Balbi le informó someramente sobre su trabajo actual. La casa que debía estar y no estaba pero que todo indicaba que existía.
-¿Por qué aceptás ese tipo de trabajos?
-Ando a la quinta pregunta. Así que es este trabajo, o intentar vender mi cuerpo sin prejuicios y con desesperación.
-Comprendo. Pero no comparto.
-Compartir es muy simple, depende de la adecuada elección de sinceridades y argumentos. El problema es que cuando esto ocurre, se te desbarrancan las exégesis convenientes para mantener el día a día.
-Hermanito, nunca te entendí. Y ahora, menos que nunca. Esas palabras que parecen tan de decir mucho y no dicen nada… Andá, tomá un mate. ¿No querés saber nada de tus sobrinas, de tu hermana?
Y con esto Claudia pasó a relatarle con lujo de detalles el último mes de la familia Balbi-Llorente. Sin dejarse ni los lavados diarios de dientes fuera de la descripción. Balbi tuvo que disimular bostezos en varias ocasiones. No escuchaba, simplemente estaba allí, dejándose mecer por las cotidianas actividades de su hermana y su prole.
-¿No me vas a contestar? – inquirió Claudia.
-¿Qué? – respondiópreguntó Balbi, desconcertado, reclamado por la realidad.
-No me escuchaste, típico de vos.
-Que no escuché qué… Me contabas de los progresos de las nenas, del trabajo de Octavio (Octavio Llorente, marido de Claudia, abogado penalista).
-Te preguntaba por tu trabajo, Andrés… – algo preocupada, algo ofendida por el desinterés patente de su hermano.
-Poco más de lo que ya te conté.
-Te pregunté si vos estás seguro de que la casa existe y, de ser así, por qué carajo no la encontrás – bronca que no era reciente, sino una sumatoria paulatina, y larga.
– No sé qué pensar, sinceramente… Dudo que exista. Pero también dudo que no exista…
-Si dudás, dudá. Tautológico, vas a decir. Y me importa un pito. Te digo que dudes porque esa duda puede ser una certidumbre, con lo que ganás. Mas, si es una incertidumbre, dudando de ella la desactivás, con lo que ganás. Siempre ganás.
-No sé si te entendí. Pero el problema es que la duda está desprestigiada (algo menos que la propia curiosidad, quizás), y el silencio, extremadamente sobrevalorado. Así, tenemos un atajo de pelotudos acostumbrados a callar cuando lo necesario es decir, y a perorar cuando hay que callar. Ergo, la lógica, los argumentos, no importan un carajo; conmueve el grito, la ordinaria explosión de la estupidez abriéndose paso como la Gran Astucia.
-Mirá, Andrés – sin hacer caso de lo que su hermano le había dicho, como si ya hubiese preparado de antemano lo que iba a decir a continuación, y sólo hubiese esperado el momento que ella creyó oportuno -, siempre te empeñaste en descartar todas mis opiniones como productos de una pelotuda que vive en una cómoda nube de pedos inoloros. Te creíste, no sé por qué ,que tenías una inteligencia especial, superlativa, me atrevería a decir, que estaba por sobre las mundanas existencias que te rodeaban. Que sepas que no es así, sos tan pelotudo o más que el resto.
-Nunca ejercí semejante temeridad…
-¿Ves?, “nunca ejercí semejante temeridad”… ¿no podés decir, nunca me creí mejor que el resto?
-Me sale así, debilidades lingüísticas que no implican nada más que eso.
-Andrés, Andrés…
-El que viene una vez al mes…
Claudia rió más relajadamente.
-Siempre coincidís con mi menstruación… Hay algo medio macabro en eso…
-Boludeces, la próxima vez calculo para venir una semana después.
-No querés hablar de tu trabajo…
-No, al contrario, cualquier ayuda es bienvenida. Estoy perdido.
-¿Y por qué no hacés lo que te digo?
-Porque… si estoy en lo cierto, es decir, si yerro, y nadie enmienda ese error (sólo se limitan a señalarlo, sin más), ese hecho que era en principio un fallo individual se convierte en una errata colectiva. Y aún así, no deja de ser un equívoco, subvencionado, eso sí, por la suma de sucesivas indolencias… ¿Y qué consuelo puede haber en la universalización, un tanto ad hoc, de un desamparo frente a la esquiva verificabilidad de un domicilio? Compulsados los catastros, comprobada in prima fascie la materialización de los registros en entidad edilicia.
-Pero la evidencia descalifica tus supuestos, Andrés… – un rato con él, y ya hablo con esa manera tan pedante, pensó la hermana.
Claro, pero, ¿era evidencia esta trasfiguración, esa incongruencia, ese suceso inconcebible? Balbi calló. Quería dar por terminada la conversación, deshacerse de los pensamientos adosados a esa inconsistencia. ¿Alguien me está gastando una broma metafísica?, se preguntaba sin poder desprenderse de las prolongaciones que la idea fija emitía. Mas, ¿cómo hacía el bromista para manipular archivos, documentos; percepciones, incluso? ¿Existe una persona tan al pedo como para desplegar semejante batiburrillo de engaños y refinamientos? ¿Y para qué tamaña desproporción de recursos ingeniosos al servicio de una burla, de una mera chanza? Más aún, ¿por qué hacerlo a él, justamente, objeto de tal despliegue? Ciertamente no conocía a nadie que poseyera tales sutilezas y sagacidades. Al menos a nadie que las utilizase con fines tan… estériles, improductivos.
Hablaron un poco más de bueyes perdidos, de su infancia, de nombres a los que los años le habían quitado el rostro, el significado e, incluso, algunos recuerdos. Se despidieron como dos leves conocidos que se habían encontrado por casualidad en un lugar donde entablar una conversación era prácticamente inevitable.

 

No sabía qué hacer después de visitar a su hermana. Allí cerca vivía una vieja que tenía más años que el barrio, que la ciudad entera. Matrona, adivina, médium, buscavidas. La Tía Aurora, así la conocían todos. Tiraba el cuero a los empachados, combatía el mal de ojos, echaba sus buenas mufas, juntaba parejas (o las separaba, según el interesado); y según las malas lenguas, oficiaba de cucharera y regenteadora de un puterío en Villa Cariño. Se encaminó a la casita, casi sobre el río, como despeñándose del mundo. Tal vez, se dijo Balbi, allí residía el poder de la vieja, en esa ubicación límbica. La vieja estaba sentada en un sillón del que seguramente jamás se había levantado (del que posiblemente no se podía desprender). No la recordaba en otro lugar que sentada allí. ¿Habría nacido sentada a ese sillón; una extravagancia de la naturaleza?
-Pasá Balbi, no te hagás el tímido… ¿o te creés que porque te ocultes detrás de los años no te reconozco?
-Jamás dudaría de su perspicacia.
-No me dorés la píldora y alcanzame la botella de Legui que está en la alacena de ahí. No, esa no, la de la derecha. Éccole. Servite un vaso y traémela.
Balbi obedeció. Le tendió la botella.
-Sentate en esa silla. Ya lo sé, no es muy cómoda. Pero es eso o el suelo. – y le dio un trago largo a la botella -. Nunca me gustaron las mariconadas de los vasos para la caña, le quitan el espíritu, no sé si me entendés… No, qué vas a entender. Bueno, Balbi… Así que hay una casa que juega a las escondidas con vos… Lindo símil, linda metáfora…
Balbi fue a decir algo pero la mujer lo interrumpió con un gesto de la mano, mientras le daba un sorbo a la botella.
-Yo apostaría por un fenómeno de depreciación debido al contexto, al entorno sonoro, lumínico y anímico – dijo la Tía Aurora luego de dejar que el trago recorriera el reducto indómito de sus tripas -. Una suerte de desvalorización, si querés, que se materializa desmaterializándose – y dicho esto encajó una risa desecha.
Balbi escuchaba con atención; el vaso en su mano derecha, el contenido intocado.
-Tomate un trago. Vas a recibir de una manera más integral lo que te diga. Además, che, está bueno, ¿para qué negarlo?
Balbi tomó un trago del líquido dulzón y caliente. Sintió cómo encontraba su cauce y le dio otro trago.
-Bien –dijo la Tía Aurora -, se trata casi de un efecto pictórico de vaciado de contenido, de expresión, si querés, porque lo circundante lo absorbe; ya sea porque tiene más energía y enmascara todo a su alrededor; o porque su energía es baja y convoca a la ajena para suplir su carencia. Esto es de poca importancia, en tu caso.
Balbi se quedó en silencio un momento. Tomó un sorbo mesurado, discreto, de caña y se preparó para decir algo. Pero la Tía Aurora lo interrumpió, o se adelantó, para ser exactos.
-Sí. Existe. Es evidente el significado de mis palabras. Y, antes de que preguntes lo obvio: tenés que deshacer el entramado de interferencias que impiden acceder a lo que subyace: la casa. No me preguntes cómo. Mi método sólo serviría para mí. Está en vos; y ya lo sé, es una perogrullada y suena a enseñanza de esas mierditas de camino iniciático y autoayuda, todas mariconadas que no llevan a ningún lugar, te lo aseguro. Mirá, en criollo: vos vas a donde sabés que está, porque lo sentís. Y te plantás ahí. Hasta que aparezca. Y si no aparece, te jodés; es que no te lo merecés, y que para vos no existe. Y punto. No me preguntes nada más. Te lo suplico. No sabés la de pelotudeces que me han preguntado hoy… que si el nene me va a salir con los ojos azules (unas ganas de decirle a la madre en ciernes, sí, muy señora mía, con los ojos azules y totalmente idiota), si le gusto a la chica de mi trabajo (andá y preguntale, boludazo), que si me voy a ganar la lotería… te juro que la gente viene a preguntarme cada banalidad… Y todo por una mísera suma de billetitos arrugados… ¿Digo yo, dios no le puede solucionar eso gratis? Por eso, cuando esta mañana presentí que ibas a venir, me sentí resarcida. Por fin una pregunta en serio. Pero tampoco es cosa de excederse… ¿A propósito, cómo anda tu cuñado?
-¿Octavio?
-Y claro, ¿cuántos tenés aparte de él?
-Sí, claro. Ahí anda… Sinceramente, ni idea. Cuando visito a mi hermana, él no está. O, mejor dicho, visito a mi hermana cuando él no está. No es que me caiga mal, es buen tipo, pero…
– Pero tiene una personalidad un tanto untuosa, como de dos de la tarde en pleno verano con la corbata bien anudad y el chaqueta puesta.
-Eso mismo.
-Dale saludos a tu familia. Siempre me cayeron bien. Especialmente tu viejo. Era un loco lindo. Nunca me vino a consultar, sólo venía a charlotear. Siempre se agradece eso.
-La próxima vez que venga le prometo char…
-No va a haber próxima vez – lo interrumpió con suavidad, con cariño sincero.
Balbi no preguntó por qué. Bebió lo que le quedaba en el vaso y se marchó. La Tía Aurora se quedó apoltronada. Afuera, una mujer esperaba para entrar. Un niño colgaba prácticamente de su mano. Balbi jugó a adivinar la pregunta de la mujer insulsa: ¿será un buen futbolista? Qué gente, meneó la cabeza para sí Balbi. Conocer el futuro no sólo hace que no ocurra – uno, convencido del acaecimiento de tal o cual suceso, hace todo lo que no hubiera hecho de no haberlo conocido: modifica el futuro -, sino que acaba con la esperanza.

 

Cuando volvió a su oficina, Mirta estaba allí con un montón de madejas de lana gris.
-Dale, Balbi, hacé algo útil. Tomá esta madeja que tengo que ovillarla – lo recibió Mirta.
Balbi se sentó en una silla frente a Mirta y pasó sus muñecas a través de la madeja y estiró levemente los brazos. Mirta empezó a ovillar.
-Che, ¿no será que andás ocioso y te vas inventado pesquisas estrambóticas?
-No creo…
-Un fingir laboriosidad – siguió, haciendo caso omiso de la respuesta de Balbi – para que no se corra la bola de que ya nadie te contrata.
-Ojalá fuera eso.
-Me preocupás, Balbi. En serio te lo digo.
-Ya me preocupa a mí, y mirá que mi resistencia a cualquier forma de auto compadecimiento es firme.
-Bah, cambiemos de tema mejor.
-O de vida.
Mirta no dijo nada. Se concentró en el ovillo que iba creciendo.
-¿Qué vas a tejer?
-Un chalequito para el hijo de Choli, mi vecina. El pobre anda siempre con los legados de sus hermanos mayores, que le llegan con más traqueteo que el que tiene Miranda.
-¿La hija de Falacci?
-Esa misma.
-La tenía por recatada.
-Vos siempre fuiste un poco boludo con las minas.
-Respetuoso.
-Boludo, Balbi. Mi amiga Clara, la instrumentalista, anduvo detrás tuyo una pila de años, y vos ni acuse de recibo.
-No me gustaba, che.
-No me vengas con pavadas, era un minón de esas que hacen girar cuellos como si tuvieran gravedad en el culo y las tetas.
-Estás ordinaria últimamente.
-Tampoco es que antes haya sido un modelo de finura y buenas costumbres.
-Bueno, tampoco tanto, pero…
-Ya lo sé. Supongo que es la edad. Las formas cada vez importan menos mientras quede algo de contenido y el mensaje llegue clarito y rápido.
-Apurá el trámite que me tengo que ir.
-¿A perseguir la casona esquiva, culo inquieto?
-Sí…
-Balbi, Detective utopista; no, metafísico: experto en absurdos y paradojas.
-Mirta, Rompebolas a tiempo completo.
-Che – riendo –, te falta un sobretodo, con el cuello levantado y bien cerrado, y el cinturón ajustado.
-Claro, con mi físico esmirriado parecería un trozo de papel higiénico doblado y apretado.
-No le des mucho al devanamiento sesal, ¿puede ser?
-De eso no hay peligro. Ya usé casi todo el material, sólo me quedan algunas argucias poco astutas pero efectivas.
-Andá, pavote, no digas tonterías. No me gusta cuando menospreciás tu inteligencia. Me molesta mucho, de hecho.
-Pero si la aprecio mucho. En demasía, teniendo en cuenta su escasa cuantía.
-Volá, antes de que engrane – lo conminó Mirta seriamente, guarda incólume de su autoestima y del planchado de su vestimenta.
Antes de salir, Balbi llamó por teléfono y quedó con su interlocutor para dentro de una hora debajo del reloj de la estación de tren. Decidió ir caminando. No estaba lejos de allí y quería ventilarse un poco. Si bien había pasado gran parte del día al aire libre, se sentía colmado de encierro, de respiraciones viciadas. Caminó sin apuro pero sin detenerse a observar nada de lo que había a su alrededor. Todo era tan cotidiano e imperecedero que ya no presentaba distracción alguna. Cambiaban de tanto en tanto los rostros, los personajes, pero los nuevos que venían a suplantarlos cumplían idénticas funciones. Esclavos de la ciudad. Apéndices no siempre necesarios.
San Usufructo De Los Bienes Ajenos lo estaba esperando bajo el reloj. San Usufructo, un tal Jorge Litti, ladrón sin talento ni malicia.
-Pero si es Balbi, pensé que te había tragado la jubilación.
-Acá me tenés, desafiando la pendiente.
-Así me gusta Balbi. Sinceramente. De los canas e investigadores privados que me he cruzado, sólo desarrollé un verdadero sentimiento de simpatía por vos. El resto tienen un sentido de la profesión tan laxo que son de temer. ¿Me comprendés, no?
-Más claro imposible.
-Contame, ¿qué necesitás?
-Me gustaría ubicar a los hermanos Bravo. No es para pescarlos ni nada parecido. Me gustaría que me dieran una mano con sus habilidades.
-¡Grande, Balbi, te pasaste al lado de los chorros!
-No, no, no te equivoques; necesito, llegado el caso, que me asistan rápida y diligente.
-Para eso, nada como los hermanos Bravo. Esperá que te anoto la dirección. Se mudaron para las afueras. Estaban un poco asfixiados por la policía después del trabajo de la joyería esa, ¿te enteraste?
-Sí. Estuvieron muy pelotudos, ir a robarle al sirio ese, que está entongado con todo el mundo.
-Sí, no sé cómo metieron la gamba de esa manera; siempre fueron muy escrupulosos a la hora de afanar, muy informados.
-Por lo poco que oí de primera mano, alguien les hizo la cama. Después, el chismorreo y los rumores eran de lo más variados y poco fiables.
-Hablé con un tipo, un par de días después – dijo San Usufrutco, mientras le tendía un papel con la dirección de los hermanos Bravo en un barrio lejano – y me dijo lo mismo. Alguien de la competencia, según el punto este.
-¿Quién sabe?
-Este negocio es así… Muy bien, Balbi. Un gustazo haberte visto de vuelta.
-Lo mismo digo.
Se separaron sin preámbulos ni sensiblerías. Balbi enfiló hacia su oficina pero se arrepintió a las pocas cuadras. Entró en un café y se pidió un vaso de caña. A ver si podía invocar la esencia de Tía Aurora o alguna parecida que le ayudara a discernir hacia dónde rumbear. Después de dos vasos, y un cigarrillo que pidió, supo qué tenía que hacer. Varias veces le habían dicho, te plantás ahí y esperás. Eso haría. Antes de marcharse se comió un sándwich tostado y se tomó otro vasito de caña para calentar el espíritu.

 

Llegó poco antes del anochecer. En la casa de la señora Landau la luz del living estaba encendida. La casa del al lado estaba a oscuras. Decidió parapetarse allí. Había un cerco de ladrillo bajo; lo saltó y se instaló en el jardín. La noche llegó sin hacerse notar. Tal y como solían hacer los hermanos Bravo; al menos cuando eran los mejores en su trabajo, pensó con cierta sensación de partida final. Detrás suyo una puerta se abrió; una mujer agrietada lo miró con sorpresa pero sin temor.
-Discúlpeme – balbuceó Balbi – es que…
-Tranquilo – dijo la mujer; todo rastro de asombro fugado de su rostro.
A trompicones le explicó la versión edulcorada y poco maravillosa de la casa. Que la sucesión, que entonces los herederos querían saber qué les correspondía, por lo que él andaba tras el rastro evasivo de la propiedad, que calculaba un error de numeración, que no podía explicarle de manera convincente por qué se había escondido en el jardín, que ya se iba, etcétera.
-La casona de Evaristo Ataulfo Lafourcade Martínez Aranzubía de Laplace. ¿A que no me equivoco? – replicó con una sonrisa de sorna y picardía la vieja.
-Esa misma – la voz denotaba ansiedad.
-Y me decís que no la encontrás…
-Exactamente.
-Como para encontrarla… No creo que haya nada que haya tocado ese hijo de puta que quiera dejarse ver.
-¿Qué quiere decir?
-Quiero decir lo que dije, ni más ni menos. El tipo comandó no sé qué destacamento que mató indios como si fueran codornices. Por esas “hazañas” le regalaron campos y tierras y terrenos. Con sus empleados… bah, con sus esclavos, fue tanto o más hijo de puta que con los indios, porque por lo menos a esos los mató y sanseacabó, pero para sus empleados el martirio no se terminaba así nomás. Les cogía a las mujeres y a las hijas (a las que estaban en edad de merecer, según él; lo cual abarcaba un amplio espectro de muchachitas). Mientras tanto, hacía fortuna, claro. Pero después le dio un ataque de algo y quedó medio para el otro lado, incapacitado pero no del todo. Ahí fue cuando todo empezó a desaparecer. Los hijos se fumaron la guita y las propiedades. Lo único que quedó fue la casona, donde vivía él con una jovencita que todos llamaban “su sobrina”. Su sobrina un cuerno, una de las tantas muchachitas que se agenciaba el viejo libidinoso ese.
A Balbi no le interesaban tantos detalles. Era una historia bastante común la de los exterminadores de indios y sus fortunas. Él quería saber dónde estaba la casa. De pronto tuvo la sensación de que había sido derrumbada para construir alguna de las casas de allí.
-¿Pero la casa está? – preguntó con un atisbo de desesperación.
– Sí, la casa está, claro – le respondió la mujer, que en alguna parte del relato se había presentado, sin venir muy a cuento en el contexto, como Erogación Yáñez -. Allí enfrente. ¿Es que no la ve? – su voz tenía un tono agudo de burla.
-¿Y la ve siempre? – preguntó Balbi, incrédulo.
-Siempre que la miro… ¿Tomó algo tan de tardecita? – a la vieja le gustaba chicanear.
-No tomé nada – ofendido, ofuscado, nervioso. Es que yo no la veo.
-Mmm… – una mirada condescendiente, burlona y dubitativa.
-Cree que estoy loco.
-Yo no dije eso.
-No lo vocalizó, pero lo dijo.
-Induce que insinué algo que no pretendía.
-No, usted lo dijo, clarito.
-Bah…
-Sí, muy fácil desechar o desautorizar insultos ya emitidos.
– Si lo agravié, le pido disculpas.
-Lo mejor para no tener que pedirlas, es no injuriar.
-Me retracto de lo que dije.
-¿Qué dijo?
-No lo sé.
-¡Ah!, ¡¿y cómo pretende retractarse de lo que no reconoce?! ¡Completamente insincero! – no sabía por qué se embalaba alrededor de ese punto que ya ni siquiera recordaba.
-No es que no reconozca, es que no lo sé, que es bien distinto.
-Es lo mismo en el caso que nos compete.
-Lo que nos compete, señor, es la casona. Y usted está muy excitado y lo comprendo. No fui, es cierto, del todo sincera. Es cierto que la casa no la ven todos. Soy la única que la ve, de por aquí. Pero no es ninguna cuestión de habilidad sobrenatural. Es que soy la única que queda que la vio cuando el hijo de puta estaba vivo. Sólo por eso. Ya le dije, todo lo que tenía que ver con él desapareció. ¿Justicia metafísica? Tal vez.
– ¿Y qué fue de la joven; de “su sobrina”?
-Ni idea. Pero le repito, todo lo que tocó ese hombre, se esfumó. No me extrañaría que otro tanto pasara con ella, pobrecita. No sería descabellado viajar hacia el interior y encontrarse con que sus campos son lagunas o grandes salares. Me extrañaría más encontrar inmensos agujeros. Pero… ¿quién sabe? Venga que le voy a preparar una tila. En estas condiciones no puede pretender ver la casa. Yo le voy a enseñar cómo se ve.
Ingresaron en un reducto que permanecía estático en el tiempo, en los cuarenta o cincuenta. Todo conservaba su pureza, por decirlo de alguna manera, sustraído de la acción mancilladora de las horas.
-Esto está… – no supo continuar Balbi; las palabras que siguieran podrían malinterpretarse.
-Anclao en el tiempo, como diría un tanguero. Sí. Y no fue algo voluntario, no se vaya a creer. Lo que ve, lo que percibe, es lo que sobrevivió al difunto hijo de puta.
-¿Y qué tiene que ver el difunto Laforurcade en este orden existencial?
-No me diga que es de esos que necesitan planos para andar por la vida…
Balbi sólo esgrimió una mueca de desconcierto.
-Juegue a las suposiciones, a las conjeturas, querido señor…
-Balbi.
Ella no dijo nada más. Lo alentó con la mirada. Casi lo conminó a escribir una historia que explicara las circunstancias de aquel orden de cosas.
-Vamos a dar por hecho que el difunto Lafourcade…
-Difunto hijo de puta es preferible para referirse a quien fue un mal bicho, un reverendo…
-Entendido. El mala entraña, por algún motivo que me reservo conjeturar más adelante, entró en esta casa. No sé si en cada una de sus dependencias; tendría que inspeccionarlas una a una.
-No hace falta. Todas las habitaciones conservan la misma impronta, la misma pátina impertérrita.
-Bien. Un supuesto menos en el que adentrarme. Usted estaba casada en esa época, por lo que es lícito inferir que su marido, o bien mantenía alguna relación de amistad o al menos estaba al tanto de las visitas del fallecido.
-No me mire buscando aprobación como un mocoso que se sabe la lección a medias e intenta adivinar por el gesto de la maestra si va por buen camino. Usted camine sin miedo. No se puede equivocar. Y si se equivoca, no pasa nada. No es un examen.
-Cuando usted dijo ‘todo lo que tocó’, refiriéndose al injuriado difunto…
-Justamente injuriado. Justamente y pobremente, porque harían falta varias vidas y personas y lenguas para alcanzar el cúmulo pertinente de insultos que merece ese cretino.
-Continúo…
-No se me contraríe, Balbi – dijo socarrona Erogación Yáñez, diminuta en su sillón, como si éste se hubiese decidido, por fin, a deglutirla.
-Descuide, hace falta mucho más para tocarme la fibra sensible. Prosigo. Induzco que cuando usted dice que todo lo tocado por el extinguido justamente injuriado, se refiere no a acciones casuales, puntuales, sino con una cierta duración en el tiempo; contactos que se sucedieron con una asiduidad o constancia relevante para el objeto o sujeto en cuestión. Quiero decir, que no fue una visita para pedir una taza de azúcar, sino que esas visitas se sucedieron en un lapso prolongado de tiempo. Bien podrían ser meses o años. Lo cual no importa, porque ahora que lo pienso, lo que interesa es el tipo de relación establecida, la esencia de la misma; la acción.
-Ahí me gusta más. Tantas vueltas para lo evidente…
-Si no me voy a equivocar, como usted señaló, qué importa el camino que tome, si de todas maneras llegaré a buen puerto.
-Tiene razón. Me callo.
-Mas, cuando usted remarcó: ‘Todo lo que tocó ese hijo de puta desapareció’, me plantea una paradoja. Si todo lo que tocó desapareció, tanto sujetos como objetos, ¿cómo es que esta casa no desapareció?
-Y yo misma.
-Ya voy a llegar ahí. Déjeme elegir la forma.
-Qué sensible que se me pone, Balbi.
-Un poco de teatro viene bien, aporta color, contexto incluso.
-Muy cierto. Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien.
Balbi se preguntó si esa podía ser la idea de alguien de pasárselo bien. Pero calculó que la vieja debía mantener escasas, si no nulas, conversaciones.
-Lo que me lleva a plantearme, no el que usted se lo esté pasando bien o no, sino lo que venía hilvanando – y no pudo evitar acordarse, por asociación de ideas, de Mirta; ¿qué estaría haciendo? ¿Qué carajo le importaba a él? -, que el desaparecido e insuficientemente vilipendiado Lafourcade entró en contacto con esta casa de una manera distinta.
La vieja sonrió. Realmente disfrutaba, inmersa igualmente en el momento como en el sillón. Sorbió sonoramente el té. Balbi se acordó de que el suyo estaba allí, intocado. ¿Cuándo los preparó?, se preguntó intrigado.
-Pero no fueron las intenciones del difamado occiso las que sellaron la relación… Hubo algo más… Voy a ejercer el derecho de todo aquel que supone, a suponer, justamente, sin la inverosímil posibilidad de ofenderla.
-Suponga libremente, Balbi. Y tómese el té que se enfría.
-Esa es la menor de mis preocupaciones en este momento. Entonces, con su venia, voy a suponer sin restricciones de decoro. Usted y el finado se entendieron. No fue inmediato. Llevó su tiempo. Usted no lo buscó, más bien lo evitó, incluso cuando… sucedía, usted era ajena a esos eventos. Fue más bien la negligencia de su marido, su ausencia… tal vez no física, pero sí anímica… A día de hoy no se explica por qué se dejó arrastrar a esos juegos nefastos, a esos encuentros que la degradaban y la calumniaban. Pero algo dentro suyo cedió. Tal vez por culpa de la traicionera suposición de ser depositaria de un cierto aval ético, una superioridad moral que se traducía en una pretendida indiferencia, en una barrera infranqueable. Quizás fuera todo producto de esa potencia devastadora del fiambre Lafourcade, que engullía todo lo que tocaba. Probablemente un poco de todo. Aunque poco importa a los fines inmediatos que persigo: ¿por qué sigue intocada esta casa?
-No quiero interrumpirte, Balbi. Sólo te digo que acertás de lleno en cada embestida – había pasado al tuteo sin más.
-Ahora, algo que no quiero suponer. ¿Su marido murió antes que Lafourcade?
-Sí.
-Ajá… – Balbi se quedó meditando largamente. Erogación se removió varias veces en el sillón, ansiosa.
-Su marido falleció poco después del inicio de los encuentros con Lafourcade. Y a raíz de la muerte se vieron lógicamente favorecidos, facilitados, digamos…De hecho, adquirieron un carácter de urgencia, de necesidad inusitado por su parte. Pero ese hecho tenía su contraparte: usted lo despreciaba aún más, lo aborrecía, porque esa perentoriedad la sumía a usted, más y más, en su propia decadencia, en la abolición de todo aquello que había respetado, amado, anhelado. Deseaba, en cierta forma, su propia ruina. Pero hubo un hecho, un suceso que cambió radicalmente el rumbo predecible que habían tomado los acontecimientos. Usted fue testigo de algo que fungió, acaso, como catalizador de una determinación nueva, insospechada hasta el momento… O no, mejor aún, como antídoto contra la debilidad que se le había introducido y que la conducía en contra de su voluntad, contra sí. Fuera lo que fuese, ese embrujo que proyectaba Lafourcade se canceló. Usted se vio de pronto libre. Sí, libre; pero ultrajada, mancillada, ofendida, repugnada, repleta de odio, de impulsos de venganza. Y se dejó arrastrar por ellos… ¡Usted mató a Lafourcade! En esta casa… ¡Su cuerpo está oculto aquí! ¡Por eso la casa está… intocada! Su muerte revirtió el influjo negativo con que untaba todo aquello que tocaba. Y la casa está tal como estaba el día en que usted tomó la determinación, no del todo consciente, de acabar con Lafourcade, porque sus restos están aquí. Esa muerte que cesó con los males que causó el malhadado fallecido, también cesó con el tiempo de la casa…
-Y con el mío, en parte… – ya no se pudo contener Erogación Yáñez.
-Y con el suyo… Pero el suyo sólo va más lento…
-Exacto. Envejezco a razón de un año cada cuatro o cinco años, aproximadamente. Según cálculos al tuntún.
-¿Qué fue lo que presenció?
-Fue una tarde que vino el hijo de puta a usufructuar sus emisiones de odio y sus engatusamientos. Una tarde como tantas otras que venía a saciar sus caprichos y a enterrarme un metro más en la ignominia. Después de la sesión de auto desprecio, porque para mí era eso, y cambiando su rutina de levantarse, vestirse y sin palabra alguna irse, para dejarme entre las sábanas que se iban transformando en brazos desprestigiados que me asían a la infamia… – un temblor en la voz, tal vez una opacidad en los ojos, un carraspeo leve, disimulado con una rectificación de la postura de su cuerpo diminuto, puro hueso -. Cambiando su rutina entró al baño a ducharse. En la silla que estaba de su lado de la cama, su ropa ordenada con esa obsesividad de militar. Pero la chaqueta estaba ladeada, como a punto de caerse. No sé por qué me levanté. Porque me importaba si se caía o no. Si me apura, normalmente hubiese ayudado a la gravedad y al descuido del hijo de puta para que se cayera. Pero no era una tarde normal. Estaba escrito. Me levanté y le revisé los bolsillos. En el interno derecho encontré su billetera… Pero no era la suya, ¡era la de mi difunto marido! La conocía bien, porque yo se la había regalado, y le había hecho grabar su nombre en el cuero y una frase en griego que ahora no recuerdo; pretensiones imagino. Una especie de fiebre me envolvió. Todo me daba vueltas. Estaba paralizada allí. Mi marido era representante de una firma extranjera en el país, y cada tanto viajaba al norte, a una de las sucursales, a realizar inspecciones. Volviendo, una vez, se salió de la ruta; el coche dio tres o cuatro vueltas de campana y lo aplastó dentro. Según la policía, se quedó dormido. Compré la versión porque cerraba los interrogantes. Pero yo sabía, en el fondo, que mi Luis María jamás incurría en temeridades ni riesgos innecesarios. Y ahora, con esa billetera en la mano, tenía la constatación de esos temores silenciados, de esas dudas acalladas. A Lafourcade no le gustaba depender de los demás. Estar sujeto a los horarios de mi marido era demasiado para ese ser repugnante. A todo esto, yo seguía allí; la billetera en la mano, en cuclillas, inmóvil. Libre, como usted bien dijo, pero con las condenas a cuestas. En eso el infame salió del baño, en pelotas. Lo vi tal como era, sin el aura de prestigio que tenía; o proyectaba, más bien. Era un gordito, petiso y simplón. Una mierdita de hombre. Me preguntó que qué carajo hacía con sus cosas. ¡Sus cosas; cínico de mierda! No le respondí; en cambio, me incorporé con un aplomo que no tenía nada que ver conmigo, con ninguna de las que fui, y lo encaré y le grité de todo: enano de mierda, milico asesino, ladronzuelo de tres cuartos, abusador de menores, violador, gordito cagado, qué se yo lo que le dije. El abyecto me fue a cruzar la cara de un sopapo; lo vi como de manera anticipada, como si hubiese avanzado en el tiempo y vuelto al instante en que todo sucedía. La cuestión es que agarré el velador y se lo partí en la cabeza. Pero eso no lo mató, claro, quedó medio pavote, ahí, tirado en el suelo, hilitos de sangre en la calva que eran como restos de guirnaldas de una fiesta largamente transcurrida. En tanto, yo me dirigí a la mesa del otro lado (que era la de mi difunto y amado Luis María; porque ese lado de la cama no se lo dejé tocar jamás al repugnante), agarré una navaja, una nadería, en realidad, que mi marido tenía ahí por si las moscas. Con lo cagueta que era, en su vida la hubiese empuñado. Así que con la navaja en mano, me acerqué al montón de mierda ese que seguía retorciéndose como si le hubiese pasado una manada de búfalos por encima, y le empecé a clavar la navaja en el cuerpo. Me sorprendió la facilidad con que atravesaba la piel y volvía a salir. También me sorprendió la falta de asco o pudor que sentía. Cada vez que le clavaba la hoja afilada era como si un poco de la depravación saliera de mí; esas condenas que le comentaba antes, se aliviaban y yo iba siendo indultada. Así que seguí, una y otra vez. No pregunte por la cantidad de puñaladas, no llevaba las cuentas (y es terriblemente irrelevante a esta altura del partido). Pero ojo, que lo veo venir, no había goce alguno; fue una resarcimiento, una condonación de deuda, una redención. No todas las deudas se cobran de la misma manera. El cadáver lo envolví en la misma alfombra sobre la que estaba. Una noche, no esa, lo saqué al jardín y lo enterré. No hay mejor abono que la mierda – una extraña risa salió de las entrañas de la vieja. Aún tenía cuentas por ahí, pagarés vencidos, rencores y alguna que otra cuita más.
-Mirá por la ventana ahora, a tu izquierda, y decime qué ves…
Balbi hizo como le indicaba la vieja. Allí estaba la casona, mezcla de estilos francés y español. Tal y como debió estar el día que Lafourcade la espichó.
-La ves. Sino dirías algo. ¿Vos viste el gusto que tenía? Unos aires de grandeza… Así terminó el sorete.
-¿Puedo usar su teléfono un minuto?
-Claro, está en la salita esa, a la derecha.
Balbi se dirigió a la salita. Sacó el papel que le había dado San Usufructo y llamó a los hermanos Bravo. Les explicó sucintamente lo que precisaba y le dio las señas del lugar; ellos prometieron estar allí en un par de horas como muy pronto. Como San Usufructo, Pathos, el hermano con el que habló, le preguntó si se había cambiado de bando. “Al final voy a creer que sí”, dijo Balbi antes de responder que no y cortar. Mínimo dos horas…, pensó Balbi. La impaciencia lo invadía. Quería entrar en esa condenada casa cuanto antes. Ya no le importaba el encargo. Tenía la sensación de que tenía que entrar.

 

Los hermanos Bravo. Ethos y Pathos, cara y cruz emocionales que conformaban una simbiosis perfecta, surgidos del mismo vientre con diecisiete minutos de diferencia. Consumados cerrajeros para clientes indebidos, abridores de cajas y cajitas, trastabilladores de alcancías y similares; bailarines consagrados en cuanta milonga frecuentaban, erotómanos pertinentemente odiados por maridos, novios, padres y hermanos de incautas seducidas por el encanto truculento que ofrecían. Bueno, ellos fueron los que aparecieron por la esquina escuálida que formaban Carlos Casares y Carlitos Gauss a las tres y veintitrés de la mañana. Balbi estaba sumido en una desesperación sin gestos. Acudieron sin sueño, con besos alargados desde una no muy lejana algarabía, con promesas de prontos regresos.
-Balbi, te noto inquieto – Pathos lo palmeó en la esplada.
Siempre que se habían visto lo habían hecho jugando para equipos distintos; pero una suerte de respeto se había forjado entre ellos porque Balbi nunca pudo entregarlos: una simpatía emanaba de ellos, una suerte de causa perdida que había que defender de los atropellos mezquinos del destino. En fin, se cayeron bien, y uno no cantaba y los otros hacían mutis para que Balbi no quedara jamás en evidencia. Convenios que amontona la vida.
-Un poco, che, para qué negarlo. Necesito que me abran esta puerta.
-Está hecho.
Manipularon los mecanismos de la cerradura con la presteza profesional que les era ampliamente reconocida. Enseguida la puerta se abrió con una parsimonia teatral muy conveniente para un observador externo, exasperante para Balbi. La luz que ingresó en el recibidor iluminó tenuemente el cuerpo casi momificado de una chica (inferencia a partir del vestido de flores pasado de moda que cubría esa masa confusa de huesos y husos marrón-grisáceos, facciones, formas, desparramos, desesperos). La “sobrina”, pensó Balbi. La “sobrina” atrapada en el bucle de olvido y odio.
Balbi, haciendo a un lado a los hermanos Bravo que se habían ubicado detrás de él, vomitó una bilis escasa y sin color sobre la vereda.
-No sabía que tenías el estómago tan delicado – rió Pathos.
-Yo tampoco, la verdad – replicó Balbi entre escupitajos para deshacerse de los restos ácidos del traspié gástrico-emocional.
-Nunca se deja de aprender sobre uno mismo… -otra vez Pathos.
-No… Aunque hoy comí un sándwich dudoso en la estación de tren.
-Tal vez sea eso – siempre Pathos.
-Sí, tal vez sea eso.
-¿Y? – inquirió Ethos.
-¿Y, qué? – preguntó Balbi, secándose los labios con la manga del saco.
Ethos indicó el interior de la casa con un revoleo medido de la cabeza, como para que no se le desconyuntara. Nunca le había oído hablar mucho. Salvo interjecciones esporádicas, emitidas cuando parecía inevitable vocalizar su presencia. Tampoco es que hubiese tenido muchas ocasiones de hablar con ninguno de los dos antes de esa noche. Podía contar con los dedos de una mano las veces que, de hecho, se habían visto. Y generalmente la comunicación había sido un gesto vago, clandestino. Pero conocía la mitología alrededor de los mellizos: la parquedad de uno y la logomaquia del otro.
-¿Qué le pasa? –bromeó Balbi, señalando a Ethos.
-Nada, che, es de conversación frugal nomás; debe creer que hay que pagar cada palabra pronunciada – respondió Pathos mientras palmeaba cariñosamente a su hermano en la espalda. Ethos levantó los hombros como diciendo ‘¿y?’, y sonrió una sonrisa de publicidad de dentífrico.
Balbi largó una risotada distendida, que Ethos respondió como un eco extraño (ecolálico) en ese inhóspito instante que habitaban de calle pobremente iluminada. Se miraron todos largamente después de esa suerte de tregua, columbrando opciones mudas, consensos precarios. Por fin Ethos dijo, señalando al interior, la mirada ya calibrada para el lado de la seriedad: “¿Y?”
Eso. Ya no hubo risas.
-Habrá que entrar, digo yo… – dijo Balbi buscando convencimiento en las miradas de los otros dos.
-O no – respondió Pathos.
-O no… – secundó Balbi, evaluando premisas esquivas.
-Digo, Ethos y yo ya cumplimos con nuestra parte… – Pathos tampoco quería plantarlo a Balbi así como así. Pero eso no era asunto suy; y había dos mujeres que los esperaban, y sus maridos no volverían hasta el medio día. Pero tampoco era cosa de rajar y dejarlo a Balbi en la estacada. Balbi se había portado siempre bien con ellos sin pedir nada a cambio, y ellos no se olvidaban de los amigos.
-Claro, por supuesto… – Balbi era recíproco en los sentimientos y en las pertinencias.
-Cerrar la puerta y tomárselas es una opción tan válida como entrar y no tener ni la menor idea para qué entraste… – Pathos buscaba esa zona intermedia donde se espera que se encuentren los designios, los acuerdos – Pero, claro, después de tanto… perseguir la casona por los callejones de lo inverosímil…
-¿Cómo sabés… – empezó sorprendido Balbi.
-En nuestro reducido ambiente todo se sabe… Bueno, como te decía, no entrar sería un poco pelotudo, digamos…
-Supongo que sí… – el coraje necesario aún escaseando en la región cerebral donde se gestan las grandes decisiones, los grandes actos y las grandes cagadas.
-Balbi, nosotros nos vamos a ir yendo, che; tenemos apalabradas unas minas y, qué querés que te diga, mi estómago también anda amariconándose – con dolor arrobado Pathos presentó los excusas más o menos convincentes para que ambas partes tomaran sus decisiones sin lastres.
-Cosas de la edad.
-Mejor pensar que es eso.
-Siempre.
Se despidieron sin ampulosidades: unas palmadas, unos gestos, alguna incomodidad y poco más. Los mellizos Bravo rumbearon para la esquina por la que habían aparecido. Balbi intentó sopesar lo que se le desvanecía en el aire, lo que huía de toda renuncia. Y por fin entró. Entró y cerró la puerta. Pasó por un costado del cuerpo de la “sobrina” e ingresó en un amplio vestíbulo. Todo parecía abandonado, intacto, perenne, no rasguñado por los años ni las miradas ni los roces de manos no siempre cuidadosas. Sólo un polvo comprensible cubría uniformemente todo. Caminó por los salones de la planta inferior sin notar evidencias de visitantes que lo hubieran precedido en la indiscreción. Pensó que luego, una vez hubiera recorrido toda la casa, volvería a inspeccionar el cadáver de la “sobrina”. Había dos pisos más para recorrer, con lo que esperaba que para cuando se enfrentara con los restos de la chica ya habría amanecido probablemente. No es que eso lo tranquilizara.
Estuvo en la primera planta más de una hora (la planta baja le había llevado más o menos el mismo tiempo, calculó). No encontró nada destacable. No había fotos, recuerdos, nada que indicara quién había vivido allí. Supongo, columbró Balbi, que aquel que reniega de todos, de todo, termina por rengar de sí mismo (esa proyección que somos en los demás), y por fuerza tiene que desterrar todo aquello que le recuerde quién es. Aunque, en realidad, ¿de dónde saco yo que un tipo como Lafourcade tenía algún arrepentimiento o había optado por la contrición? Se encontraba ya en la segunda planta, recorriendo habitación por habitación con la misma atención y cuidado que había puesto en las precedentes. Al llegar a la última habitación (al fondo de un pasillo en ele), en el espejo de un tocador, algún dedo aprovechando la desidia de polvo había escrito:

‘Anoche soñé
que contigo hablaba,
luego soñé que soñabas.
¿Sabes, acaso tú, Balbi
si sueñas o eres soñado?’

Las piernas le temblaron. Comenzó a recorrer la habitación con la mirada buscando signos, señales, elementos para decodificar el instante, sus impolicaciones. En el suelo sólo estaba marcada la impronta de sus pasos. Y ese polvo no era reciente ni mucho menos, era más viejo que la muerte, como si hubiese estado aguardando el fallecimiento de “la sobrina”. En su memoria no encontró registro de irregularidades o incoherencias a largo de la exhaustiva fiscalización de las dependencias de la casa. Aún así, decidió recorrer la casa una vez más, esta vez sólo buscando singularidades y discontinuidades en los estratos de polvo del suelo. Llegó hasta la planta baja sin constatar anormalidad alguna. Pero claro, ¿qué había de normal en todo aquel asunto? Y además, ¿qué era la normalidad? Y qué sentido tiene preguntarse tanto… Si una respuesta, al fin y al cabo, no es más que una futura pregunta prefigurándose, a lo sumo un silencio que atraviesa los siglos hasta atrapar una porción de razón que ya no servirá. Con lo que, aquel que pregunta – no se percató, pero Balbi estaba hablando en voz alta, gesticulando como si hubiera un interlocutor que pudiera contradecirlo – es quien se niega a caer en manos de la estulticia aceptando su ignorancia. Estulticia para no decir otra cosa.Y digo aceptar – continuó como si recitara una oración – porque lo contrario de una pregunta es la observancia, la obediencia, la ciega abnegación. Lo contrario de una pregunta no es, jamás, su respuesta. Se quedó de pronto en silencio. La respiración agitada. El examen de la planta baja había arrojado los mismos resultados: nadie, excepto él, había estado en aquella casa en mucho tiempo. Nadie… no… la “sobrina”. Abrió abruptamente la puerta que comunicaba el vestibulo y la antesala que, por otra parte, no recordaba haber cerrado. El cadáver ya no estaba. Sólo las huellas de sus propias pisadas. Era dable esperar que allí donde había estado el cuerpo debía haber una zona libre de polvo coincidente con el perímetro aproximado del cadáver. Pero no. Sólo su propio rastro; el resto, ese irreverente y puñetero polvo que lo cubría todo menos su desasosiego creciente. Cayó en la cuenta – casi a la vez que caía en la cuenta de la incongruencia de la ausencia del cadáver y la inconsistencia de toda suposición amparado en los rastros revelados por el polvo – de que la luminosidad era la misma que cuando había entrado. Miró el reloj; según su cómputo, ya eran… ¡las nueve de la mañana! ¡¿Pero cuánto había pasado allí adentro?! Y, más importante aún, ¡¿cómo es que no ingresaba la luz del día?! Atropelladamente se dirigió a la puerta. No abría. Entró en el vestíbulo, desesperado, y se encaminó a su derecha, al estudio. Intentó abrir alguna ventana pero tampoco cedían a su angustia. Ya fuera de sí, agarró una silla de madera maciza y la arrojó contra uno de los ventanales. La silla rebotó estrepitosamente. Aún lo intentó un par de veces más, con el mismo resultado devastador. Por fin, derrotado y agotado, se acercó a una ventana. Lo que vio lo sumió en un estado de estupor total: la calle estaba iluminada débilmente por unos faroles que no eran los que él había visto; los pocos coches estacionados eran de un tiempo pretérito. Desconsolado, se alejó de la ventana y fue comprendiendo, de la misma manera en la que un sólido termina por decantar en un medio líquido, que estaba irremediablemente atrapado allí (en lo que quiera que fuese esa indeterminación). En ese entendimiento iba implícita la aceptación, la resignación, incondicional de esa circunstancia. Conmocionado, subió al piso superior, a la habitación de la cómoda con el espejo y el mensaje. Allí estaban las letras. Por lo menos eso seguía estando allí. Pequeña y ridícula seguridad. Estaba cansado y aturdido, así que decidió tenderse en la cama.
Quitó la colcha polvorienta.

Es extraño – se dijo a sí mismo en voz alta – pero todo este tiempo me sentí un poco lejos de mi cuerpo; tal vez con la intención no del todo consciente de no interferir en su destino.
Su cuerpo, a todo esto, se fue relajando, entregándose a la realidad que se imponía sin violencia, al agotamiento y embotamiento.

 

-¿Quiere pruebas? Yo le doy convicciones. Ahí no hay nada – y señaló lo evidente. Era un tipo petiso, calvo y entrado en kilos. Le sonreía burlonamente. Ese desafío-burla parecía decirle: “¿Es que no comprende que tal vez haya lugares por los que no hay que interesarse; y menos aún tener la osadía de ingresar en sus dominios?”
-Principio de la explicación de lo inexplicable – se defendió Balbi.

-¿Contra los mismísimos hechos? Entonces sírvase lo de toda la vida: mentiras atractivas, falsificaciones seductoras, invenciones elegantes. A fin de cuentas, nunca importa la verdad. Importa quién la cuente y cómo se cuente la historia, aunque esta sea un cúmulo de engaños. Si está bien narrada, conquista al auditorio, y si convence a las personas, es más válida que cualquier certeza. Uno no busca verdades, busca sólo explicaciones convincentes: confirmaciones.
-Dicho así parece que busco hacer mentir a las verdades.
-Y tal vez lo haga. No se lo reprocho. A cada cual su método.
-Puede ser.
-Es. Después de todo, uno se empeña en traducir los hechos para anticiparse; y el mañana, mi buen señor, es sólo una promesa, una esperanza, una fe. Una nada que puede ser.
-Tiene un tacto pérfido para decir las cosas.
-Lo que le dije, cada cual con su método.
-Le exijo una compensación anímica.

 

Balbi se rescató del sueño. “Lafourcade hijo de puta”, espetó contra cielo raso. Pensó en levantarse, pero estaba terriblemente cansado. Se dijo que se quedaría allí tendido un rato más y que luego bajaría a la planta baja a buscar una forma de salir, sólo hacía falta descansar un poco para tener las ideas claras y el cuerpo bien dispuesto. Sólo eso. Se esforzó por mantener los ojos abiertos. Aquel lugar guardaba una semejanza indefinible con un ambiente remotamente familiar, reconfortante; cualquier presunción de aversión ya estaba definitivamente clausurada. Emanaba una sensación peregrina de retorno. Pero de retorno a dónde. Sin dormirse, Balbi. Tal vez cerrar un poco los ojos, pero siempre alerta de no dejarse conducir al sueño. Eso, así. Le pareció escuchar una voz de mujer, lejana, con una especie de suavidad rugosa, de alegría estricta… Y la Tía Aurora, Erogación, la viuda Landau, María Concepción de las Mercedes, las tazas, los salones, los sillones orejudos… todo tan similar entre sí y tan extraño en cuanto a sustancialidad… allí había una explicación…
Justo antes de dormirse cayó en la cuenta de que el vestido que llevaba el cadáver de la “sobrina” era idéntico al que le habían puesto su hermana Claudia para el funeral del abuelo Claudio Llorente, el padre de su madre. Se quedó dormido antes de percibir el relieve del sentido subyacente en sus descubrimientos.

 

Andrés Balbi, quien fuera un conocido y reputado anticuario de la zona norte de nuestra ciudad, fallecía la madrugada noche a los sesenta y dos años luego de estar casi tres años en estado de coma, ingresado en el Hospital Hipócrates, debido a un derrame cerebral. A su lado, lo acompañaban su esposa Mirta Bevilaqua y su hermana Claudia Balbi de Bravo. Eran las cinco y trece de la tarde de un martes de 2011. Andrés Balbi, especialista en mobiliario Luis XV y XIV; sin hijos, alérgico a la penicilina y al chocolate; socio del Club de Ajedrez Najdorf, sito en calle Carlos Casares al 203; te recordaremos.

 

© Marcelo Wio

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