Buzón y finta

En una ciudad – sólo diré que es europea; no voy a decir el nombre, no por crear misterio, sino para preservar el ya existente – hay un buzón que cambia de lugar autónomamente. Uno da con él por ventura, cuando las probabilidades de que sí y las de que no, hacen carambola. Y la mayoría de la gente, cuando lo encuentra, ni se entera de que lo halló: es prácticamente igual a cualquier otro buzón de la ciudad, con la salvedad de que es algo más bajo que sus congéneres, y que su boca es más alargada, aunque más cerrada, y su color – no diré cuál es, sino acotaré el número de ciudades – algo más apagado que el resto. Claro que quienes no lo reconocen son, evidentemente, aquellos que no lo buscan: a éstos, cualquier buzón le viene bien – de hecho, uno de los de toda la vida, de los estáticos, le viene mejor para sus propósitos: que la carta llegue; y que, además, lo haga en un plazo razonable. Porque, si tan difícil es dar con él para quienes con ahínco lo buscan, también lo será para el cartero, que, efectivamente, lo encuentra de Pascuas a Ramos; con lo que las cartas llegan con muchísimo retraso (incluso, fuera del lapso vital del destinatario); si es que llegan.

Entre los que lo rastrean, se encuentran principalmente enamorados indecisos o secretos o pusilánimes, que pretenden así diferir la recepción de la declaración de sus emociones, o despistar al objeto de su amor (con qué sentido, sólo ellos saben). Algo enteramente ridículo, pues la carta casi siempre llega cuando el amado – él o ella -, ya se ha casado y tiene familia; y entre la parentela cuentan con un par de nietos ya creciditos; y cuando la abre el sobre, el texto sólo le recuerda años de juventud más bien abstractos, todo tan trascurrido, tan lejano; y no los amores probables que un fulano o una mengana pudieran haber albergado por ella o él. Así, la mayoría de las veces, los destinatarios terminan odiando al remitente – que nunca pone su nombre, y del que ya es casi imposible discernir un rasgo en el estilo de esa escritura tan abigarrada o estirada o como sea.

Otros que usufructúan el tal buzón, son aquellos resentidos y cobardes que quieren enviar una amenza a tal persona, pero que tienen miedo de que puedan vincularla con ellos, de que lleguen a intuir que son ellos los perpetradores de esa chulería cagueta. Cuentan, pues, estos seres, con que en el dilatado tiempo que le lleva a la carta llegar a manos de su receptor, éste los haya olvidado por completo, de manera que nunca pueda asociar esa amenaza – que suele seguir a un despido, un suspenso en un examen, etc. – con un tipejo o tipeja en particular. Como se ve, todo es de una estupidez asombrosa. Es de destacar que rara vez llegan este tipo de cartas a su destinatario: el gerente de la empresa habitualmente ya es otro; el profesor también; el entrenador del equipo de lo que sea, que los relegó, está criando malvas; y etcétera.

Como se ve, el buzón sólo sirve como un desfogue contenido y amilanado. Bastante inane. Nada más. Se trata, en definitiva, de un buzón que conviene a todas las partes afectadas – ha salvado al mundo de matrimonios malavenidos, juicios por calumnias, injurias y amenazas; respuestas sinceras sobre las limitaciones intelectuales de un estudiante con ínfulas; tortas bien dadas, etc. -; pero que a su vez resulta un inconveniente, un verdadero incordio, vamos, para los pobres carteros a los que les toca la misión exclusiva de dar con él; y para aquellos usuarios que, pretendiendo enviar una carta con la esperanza de que llegue en el plazo máximo de unos quince días, van y se topan con el armatoste intinerante, sin conocer las peculiaridades del mismo.

Según se cuenta, hay carteros que nunca han podido dar con él – ergo: en su vida han recogido ni entregado carta alguna; pero, eso sí, han caminado como para ir y venir desde el centro de Madrid hasta el de Majadahonda unas cuantas veces (no se confunda, estos nombres no se utilizan aquí como pista de localización, sino como medida escalar). También se sabe que otros que decían no encontrarlo, cuando en realidad se dedicaban a recalar en bares, tabernas, hipódromos y un amplio espectro de tales lugares y locales poco recomendables para la salud del bolsillo y la biliar. Pero éstos son rápidamente descubiertos: unos, más fondones que nunca; algunos, notoriamente enrojecidos por el alcohol; otros, dando sablazos y pidiendo adelantos sin recato (con la revistilla del hipódromo sobresalíendoles, siempre, del bolsillo trasero del pantalón).

Lo encontré una vez. Sin buscarlo. Al buzón, claro. Estaba en esa ciudad europea intentando olvidar a alguien. O con ese alguien, cuando aún queríamos fabricar memoria común. No recuerdo bien. La cuestión es que no tenía nada que decirle a nadie con un retardo tan prolongado – ni menos prolongado tampoco,. O bien porque estaba con la persona a la que me interesaba decirle algo. O bien porque intentaba olvidar a esa persona y no convenía decirle nada que pudiese poner en peligro tal proceso de desrecuerdo. Igualmente, mientras me debatía de esta guisa, el buzón se dio el piro.

 

© Marcelo Wio

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