¿Burla, disparate o comercio?

El de S. puede considerarse como un caso extaño, acaso extraordinario, o simplemente como la picardía de un pillo. A beneficio de este texto – y del autor -, elegiré el primero de los acercamientos. Aunque, mucho me temo, habré de tropezar, de tanto en tanto, con la segunda de las interpretaciones – hecho inevitable, por otra parte: quien pretende reseñar, realizar una semblanza, trazar un perfil, debe, obligadamente, recurrir a todos los elementos disponibles, y no sólo a aquellos que se adecúen a las posibles preconcepciones -.

S. es un escritor que, según él mismo ha declarado en varias oportunidades – aunque se imponga un asilamiento más o menos consistente -, está inpirado en la posteridad. Es decir, en los escritorees que él mismo habrá de inspirar el futuro. Allí, repite, “reside el peculiar valor de mi obra”, que, evidentemente, sólo podrá ser juzgada desde esa ulterioridad.

De esta manera, S. cree que aquellos a los que “inexorablmente” influirá (“a los que imbuiré con mi estilo”, dice) serán muchos: una suerte de pirámide invertida que comenzará a elevarse en un lapso de no menos de dos generaciones luego de su fallecimiento. Con cada novela que escribe, ese número aumenta, así como su forma geométrica: grumos literarios, líneas que crecen hacia el infinito en el terrotirio positivo de abscisa y ordenada. Y, como dicho número crece, juzga que las temáticas de sus textos deben ser, cada vez, más generales, capaces de soportar el paso del tiempo (es decir, la implacabilidad de los contextos). Así, pues, su escritura se ha vuelto cada vez más abstracta y, según un número cada vez más creciente de críticios y estudiosos, su obra, más vacía – generosamente se ha sugerido que su producción es “elusiva al entendimiento”; tanto, que hay serias dudas que en sus últimos libros está siquiera escribiendo en una lengua conocida (“una suerte de Codex Seraphinianus, pero sin ilustraciones”, como dijo en el trascurso de una conferencia el Doctor L.) -.

En este sentido, su último libro (2014) sólo presenta un pasaje comprensible; su título: “Conjura, configuraciones, conceptualicación y confitería”. Varios chistes han recorrido las redacciones de revistsas literarias y sumplementos culturales, algunos claustros académicos y algunas tertulias de café; pero no se ha escrito nada sobre dicho libro por el simple hecho de que no hay nada que decir al respecto, como no sea: incomprensible; tanto el libro en sí, como la decisión de la editorial de publicarlo.

Aunque la de esta última – la decisión editorial -, se ve justificada por unas ventas que rozan lo ridículo (esta última obra, al momento de escribir estas líneas – agosto de 2015 – va por su 20ª edición -). La filóloga C. Acaso haya dado con una clave – no literaria, evidentemente – para dar con la explicación de este asombroso fenómeno: “se trata de una obra que, incompredida por todos – académicos y legos por igual -, obra como rasero de valoración personal y colectiva: todos empatados en la ignoracia incapaz a la que ese texto nos aboca”. Claro que, agrega la eminente académica, “cualquier galimatías escrito por cualquiera puede obrar ese ‘milagro’ inexistente, esa falacia contumaz”. La diferencia de este autor con todos los potenciales perpetradores de despropósitos enmascarados como creación artística – afirmaba P. En su crítica al libro de la Dra. C. -, es simple y llanamente la relación de parentesco que lo une al dueño de un reputado diario y al director de la editorial que con alevosía lo publica.

Como se ve, poco puede decirse de su trabajo, de su producción – ¿“literatura artística conceptual”?; ¿mera boutade?, ¿surrealismo desmesurado, desbocado?, ¿antiliteratura? ¿nihilismo mercantilista?, ¿un happening tardío, triste y pobre? –, sin caer en la segunda interpretación: el engaño astuto y lucrativo.

Mientras tanto, se anuncia una novela para principios del próximo año: Un proxeneta, un electricista y una primavera gastada. Es casi seguro decir que a S. se le acaba la imaginación en el título, o en la sugerencia de ese acoplamiento de palabras, intancias, personajes y contextos, y que, ante la impotencia que sobreviene a la incapacidad de componer un texto inteliglible, se aboca a la agresión del entendimiento y el sentido. Una rabieta que, por lo demás, ha resultado ser de lo más beneficiosa en términos pecuniarios.

© Marcelo Wio

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