Benjamín de Tudela: viajero del tiempo

Pocas eran las cosas que movilizaban a emprender un viaje en la Edad Media – digamos entre el 1100 y el 1200, con vocación de acotar lo dilatado –, a aquellos que residían en la actual España – y, nuevamente, con pretenciones de presición, digamos en Navarra -. Comercio, principalmente con los musulmanes. Conquistas. Misiones cristianas y las peregrinaciones de judíos, cristianos y musulmanes.

Un hombre, del que, como tantos otros, nada se sabría, de no ser por un libro de viajes –adelantado a su época -, se vio espoleado por el primero y el último de los estímulos enumerados. Al menos eso se supone. También, podríamos añadir, a estas razones, y sin temor a equivocarnos, un afán de conocimiento. De nombre Benjamín. Natural de Tudela, en Navarra. Judío. Sefardí. Era este hombre. Bueno, mucho más. Recorrió, Benjamín, lo que ni un viajero más o menos frecuente, acaso, alcance recorrer hoy en día. Travesías que atravesaron la Europa mediterránea – las actuales Francia e Italia; Grecia, Turquía – Tierra Santa – donde realizó su peregrinación a Jerusalén. Parte del actual Irak, norte de la península arábiga, Egipto.

Inquieto. Alma sin tiempo; tan de todos. Mas viajar, se dirá, antiguamente como en tiempos más cercanos, no tiene más mérito que el haberse desplazado. Que el haber estado donde se suponía que no debía, por vicisitud, carambola o por la particularidad de las condiciones iniciales que a uno lo plantaron en este mundo. Y sí. Es así. Aunque no para todos. Pero los viajes de Benjamín – que era versado en lenguas y saberes -, además de reputar meritorios por las condiciones en que se efectuaron los mismos, acordes a la época, lo hacen sobre todo por la constancia minuciosa que dejó de ellos.

Un admirador de los sabios del pueblo judío. Esmerada su educación en la religión y el saber. El saber. Su cultura era sedienta; y él de la que había por todas partes. Así conoció y supo otras lenguas. Otras culturas. De las que dio cuenta de manera novedosa para su época: racional. Alejándose de las mitologías y leyendas. Benajamín era un observador perspicaz de su tiempo; de las ciudades y sus gentes. Y, agudo, no subestimó a sus posibles lectores. Escribió, pues, para una inquietud. Por los datos. Por las referencias lo más fieles posible a la realidad que vio Benjamín.

Y entre tanto que observaron esos ojos, vieron que “Hay en Jerusalén cuatro puertas: puerta de Abraham, puerta de David, puerta de Sión y puerta de Guispat, que es la puerta de Josafat, delante del Templo Santo, que fue en los días de antaño. Allí precisamente está el ‘Templum Domini’. En el lugar del Templo de Salomón, donde Omar ben Alcatab, levantó una cúpula muy grande y hermosa. No permiten los musulmanes tener allí crucifijo ni imagen alguna, y acuden los fieles sólo a rezar su oración. Frente a aquel lugar está el muro occidental, que es uno de los dos del templo por el lado del ‘Sancta Sanctorum’; lo llaman Puerta de la Misericordia. Allí acuden todos los judíos a orar, delante de la muralla, en el lugar que fue el atrio del templo. […] Hay también delante de Jerusalén unas tres millas, catacumbas israelitas, que enterraban sus muertos en cuevas en los tiempos pasados, y cada tumba tiene su fecha; pero los cristianos derriban los sepulcros y edifican sus casas con las piedras de éstos…”.

Ojos, los suyos, de muchos viajeros que no pudieron o temieron serlo. De viajeros más recientes, que pretendían, y pretenden, hacer el viaje imposible (¿o sólo improbable?) hacia el pasado; al espíritu medieval, a las diferencias y semejanzas de las culturas y las geografías.

Así pues. Por qué no recurrir esos textos. Por qué no revivir la voz de ese judío sefardí. A esa experiencia que sigue atravesando las eras y los territorios. Por qué no viajar. Solos. Mecidos por el tiempo. Pura arena. Al fin y al cabo “la arena de los ciclos es la misma. E infinita es la historia de la arena”, como decía Borges. Por qué, entonces, no caminarla, con las suelas curtidas de Benjamín de Tudela.

 

Publicado originalmente en Aurora

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