Atavismo y agudeza

Quizás fue el reflujo de las insinceridades habituales lo que le torció el gesto y, con él, la mirada. Acaso haya sido otra cosa… Una contracción involuntaria, un asco repentino, originado en la región de la que el gesto huía; lo que fuere. La cuestión es que el rictus desplazó su rostro levemente hacia la izquierda y, con él, centrífugamente, la dirección de la mirada – mesas, personas, lámparas, todo mezclado en una deformidad difusa de colores y formas-.

Si no hubiese sido por este evento impremeditado, no la hubiese visto, sentada a una mesa en el fondo del restaurante.

Quizás el hemisferio izquierdo de su azotea la hubiese intuido, patrocinando sublevaciones en el derecho para crear las condiciones precisas para el gesto, para la contracción de unos músculos en un sentido, y la relajación de otros en el opuesto, con el objeto de dirigir la mirada, que no se había enterado de nada en esa mezquindad periférica, a la presencia rotunda de Tamara y ese efluvio de carnalidades tan fascinante.

Su mujer siguió la mirada, conociendo mejor que él sus atavismos. Incluso llegó antes, con la mirada, a Tamara (ni ella ni su marido conocerían ese nombre). Midió – incluso antes de que su marido arribara, arrastrado por sus automatismos inmanentes, al estímulo de ese gesto instintivo – la amenaza: morena, joven, en plena ebullición de carnes y posibilidades; elementos de triunfo irrebatible, seguro. Pero, los adornos, y el acompañante, indicaban, a su vez, que para alcanzar esa superficie tersa, sus turgencias inverosímiles y, finalmente, ser invitado a sumergirse en las promesas viscosas que se hacían evidentes incluso sin recurrir a la imaginación más elemental, era preciso poseer dos cualidades que su marido no poseía: juventud (o en su defecto, un vigor sobrenatural para esas edades) y dinero.

Así pues, la mujer volvió la mirada a su codorniz caramelizada en salsa de frambuesa y hierbas, antes aún de que la mirada de su marido hubiese arribado al reclamo. Cortó un trozo de carne tierna sintiendo lástima por el hombre que tenía frente a ella: embrutecido en una obediencia impotente de reflejos a los que no podía más que acatar acompañándolo con un desacreditado prestigio de palabras y chanzas. Prestigio que, por otra parte, era pura mistificación de alguna que otra hazaña mínima, intrascendente; de esas a las que casi todos estamos condenados (o, más bien, de esas a las que todos tenemos derecho de tanto en tanto).

La mirada del hombre volvió, poco después, a su plato. Volvió, como siempre vuelven las miradas, cambiada; con un algo de derrota – un brillo triste, empañado -, que a ella le dio una lástima moderadamente gustosa.

© Marcelo Wio

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