Ars no moriendi

Mais qu’y a-t-il derrière la porte
Et m’attend déjà
Ange ou démon qu’importe
Au devant de la porte il y a toi
”,
Jacques Brel, La morte

 

Recuerda que debes morir. Recuerda que te desprenderás de todo. Sobre todo, de ti. Serás cesado. Poco importa el cómo, el cuándo – mas líbranos de agonías. El evento llegará. Invariablemente. Obligación ineludible que conocemos, pero que, aún así, no podemos aceptar del todo – aunque nuestro consentimiento sea accesorio, innecesario.

La muerte, que de eso hablamos, es, ni más ni menos, el impedimento de ser-entre-otros, de estar-en-el-mundo. A fin de cuentas, dejamos de ser, de percibir aquello que somos o, más bien, creemos ser, haber sido. Una nostalgia en vida de sí, de las memorias, que acaso conduzca a la necesidad de crear ilusiones con afán de posteridad, de prolongación que tiene mucho de desesperación.

Una angustia que, a decir de Arthur Schopenhauer (El amor, las mujeres y la muerte; recopilación de ensayos), nace del estar maravillados ante nuestra propia existencia.

La lucha contra la irreversibilidad – o esa “sed de eternidad”, al decir de Miguel de Unamuno (Del sentimiento trágico de la vida; El hambre de inmortalidad) – lleva inscrita de antemano la derrota y, aún así, batallamos. Difícil decir si es motivo de elogio o de compasión. Quién es uno, que anda en esos mismos bailes, para decir al respecto (cuando, por lo demás, probablemente no haya nada que decir).

 

Caronte-mitologia

 

Batallando contra la propia derrota

Sostenía Unamuno, que causa “congojosísimo vértigo” el empeñarse en concebirnos como no existiendo.

Es decir, hacerse a la idea de que todo continuará sin uno (maravillados como estamos) – como un irse antes de una fiesta y que ésta, evidentemente, siga sucediendo y creando anécdotas, cronologías de las que uno sólo será un falso partícipe: mero oyente –, es probablemente lo que genera la desesperación de la que habláramos.

De hecho, Michel de Montaigne (Ensayos ,Libro II Capítulo XIII, Del juzgar de la muerte ajena) escribió: “Pocas gentes mueren convencidas de que en verdad llegó su última hora, y no hay ocasión en que más nos engañe la halagadora esperanza, que no cesa de trompetear en nuestros oídos: ‘Otros estuvieron más enfermos sin que por ello muriesen; la cosa no es tan desesperada como parece, y mayores milagros hizo Dios’. Pasan por nuestra fantasía todas estas ideas, porque damos demasiada importancia a nuestra persona; diríase que la universalidad de las cosas creadas sufre en algún modo a causa de nuestra desaparición, y que se apiada de nuestro estado; porque a nuestra vista trastornada se representa las imágenes de las cosas de un modo engañoso, creemos que éstas se van a medida que nosotros desaparecemos”.

Así, Unamuno recordaba “aquello de Spinoza de que cada ser se esfuerza por perserverar en él, y que en este esfuerzo es su escencia misma actual, e implica tiempo indefinido”.

Como fuere, parece que de terminamos, de una u otra manera, por suscribir a la incapacidad de aceptar la propia caducidad: un vivir siempre en una víspera de la nada, rellenándola con ansias e imaginerías.

Y las fabricaciones que a lo largo de la Historia los hombres han ido initerponiendo entre el temor y la muerte, el temblor y la nada, son sólo estructuras de palabras e imágenes que definen, relatan y describen – como si alguien, alguna vez, hubiese “regresado” de ese turismo luctuoso – una cierta continuidad, un “algo” ulterior, un continente para nuestra anhelada subsistencia.

Adriana Mejía Alcauter (La triple significación de la muerte borgeana) proponía que el deseo de trascendencia es una ilusión inevitable de la razón. A saber. Tal vez hemos adiestrado a la razón en esos deseos, a fuerza de repetición y anhelo.

Y así, acaso, la creencia conduzca a desarrollar una intuición (o más bien, algo que se interprete como tal) o sencillamente un deseo de probabilidad. Creencia en nuestras creaciones – aunque conozcamos (imposible olvidarlo) sus desperaciones e impotencias; su origen onírico-volitivo -, amparándonos en la ilusión estadística de que tal vez sean ciertas (nuestras creaciones). A lo sumo, podemos decirnos, nos encontraremos ante una “indeterminación” – mejor que ante la nada determinada, segura, inflexible, ineludible, de tierra y adiós.

Lo suyo sería acostumbrarse, como decía Epicuro (Obras), “a pensar que la muerte no es nada para nosotros. Porque todo bien y todo mal residen en la sensación, y la muerte es privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros, la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada hay, pues, temible en el vivir para quien ha comprendido rectamente que nada temible hay en el no vivir”.

Así, “el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que mientras somos la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta ya no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquellos no está y éstos ya no son (…)”.

Pero, qué difícil pensar en términos de un inexorable destino de nada. Acaso construir fantasías, ilusiones desesperadas, simulacros de un después de la nada – paisajes, escenarios para la muerte – sea un ejercecido prudente… A fin de cuentas, toda suposición vale: no es demostrable dentro del propio sistema que la concibe.

Como fuere, el miedo empuja a la fabulación elaborada más allá de, evidentemente, cualquier experiencia – repeticiones con alguna o ningua variación -; a la manufactura de una esperanza vana: pura constatación de derrota.

 

Peros

Mas, tanto mirar hacia el “después” imposible, ¿no conduce a una devaluación de la vida; es decir, del presente que pretende, paradójicamente, perpetuarse?

El filósofo español George Santayana (Diálogos en el limbo, Nostalgia del mundo (XII)) le hacía decir a Avicena: “Estaba casado con la existencia como con una esposa favorita, de la que sabía que era infiel pero a la que no podía dejar de amar. Ante el volar del tiempo, ante la muerte…, entrecruzaba mis manos y me deshacía en llanto y rogaba como una mujer ante su hijo muerto o ante su indiferente amante. Maestro en todas las artes del ingenio, era el esclavo del destino y la naturaleza; todo aquello de lo que disfruté no lo disfruté, porque ansiaba disfrutarlo por siempre. Busqué constancia en las cosas mortales, que no tiene constancia. Me esforcé por gobernar la fortuna y el futuro, que no pueden ser gobernados”.

Como fuere, todo territorio de posteridad urdido a través de los tiempos, sea el que sea, sigue dando la impresión de nunca haber sido inaugurado, “habitado”. Sólo hay allí unas figuritas – a las que pretendemos encontrarles un parecido con nosotros mismos – en una maqueta. Puros simulacros de más allá desde el tan acá.

 

Proponía Pedro Fajardo Valenzuela, en su ensayo Pedro Páramo o la inmortalidad del espacio, que “el viaje hacia la muerte conlleva un descenso verdadero hacia un espacio órfico que ‘sólo es afuera y sólo intimidad, superabundancia donde las cosas no se limitan, no se invaden unas con otras, sino que en su común florecimiento otorgan extensión en lugar de tomarla y constantemente transforma[n] el mundo de afuera […] en un puñado de interior’”.

Es decir, uno con uno mismo: envolviéndose sobre sí, ido del afuera. La muerte, pues, como un reconcentramiento del ser: ser-para-sí; esencia, núcleo, centro. Pero – siempre hay un pero-, a decir del poeta argentino Roberto Juarroz (Segunda poesía vertical, 16):

El centro no es un punto.
Si lo fuera, resultaría fácil acertarlo.
No es ni siquiera la reducción de un punto a su infinito.
El centro es una ausencia,
de punto, de infinito y aun de ausencia
y sólo se acierta con ausencia”.

Ineludiblemente una ausencia…

“… No es nuestro trabajado linaje humano más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”, deslizaba Unamuno.

 

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Del lado de acá…

Más acá de la idea o el auto-engaño de prórroga indefinida, está el simulacro de esperanza que practicamos. Un anhelo-proposición desde la derrota: de ahí, quizás, el recurso al eufemismo, a la paradoja, a la ambigüedad, formas de una esperanza que se sabe inverosímil, apenas maquillaje. Una imagen de la esterilidad. Un decorado. Una fe. Un engaño. Una atmósfera kafkiana (como la de El proceso). Es decir, una esperanza. Los hombres erigidos en dioses transitorios de su propia muerte, del después. Un espejo que devuelve un reflejo apenas distinto, inexacto.

Todas las estrategias más o menos sacras menguadas ante el cadáver: tan hurtado a los recursos de la ceremonia.

Una continua confirmación de nuestra impotente efimeridad…

Por qué no aceptar, pues, la vida. Su inicio. Su final. Sin más. Sin por qués ni para qués. A fin de cuenta, los “más allá” son muy de acá, muy nuestras limitaciones, muy con lamparones de moralidad en el vestidito, muy con nuestras desesperaciones (nuestras intrascendencias) a cuestas.

¿O será que la muerte, siendo tan larga, es nuestra verdadera naturaleza?

Así, tal vez la vida sólo sea un sueño o un ejercicio de estilo (una vanidad, una prepotencia), un ensayo del aburrimiento de la muerte.

Mientras tanto, siempre vamos disfrazados de rito, de seguridad – como un antifaz de cartón con una bandita elástica prendida con grapas -;pedazos de instante; como si todas las vidas fueran un poco variaciones leves de una misma

Y mientras tanto, también, como un murmullo en Comala, sigue cantando Brel:

Dans la mort m’attend un grand lit
Tendu aux toiles de l ‘ oubli
Pour mieux fermer le temps qui passe

 

© Marcelo Wio

 

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