Anécdotas, frases y aforismos recogidos en la luna de miel con mi tercera esposa

 

Me caso por amor – o un sentimiento que se le parece muchísimo. Vaya esto por delante. Pero debo admitir que lo hago, en no menor medida, por el periplo de luna de miel. Adoro ese idilio viajero que me predispone tan certeramente a ver y oír lo que estimo idiosincrasias auténticas, de esas que uno supone siempre que se le escapan al mero turista – aquel que camina una ciudad como quien lee una guía o habita un tedio distinto.

Hecha esta aclaración, o introducción, o justificación, o todo ello, o nada, a continuación, refiero algunas situaciones presenciadas, y frases o trozos de conversaciones oídas al vuelo (y, seguramente, involuntariamente manoseadas por la memoria) en la luna de miel aludida en el título de esta suerte de proemio.

En algunos casos recuerdo – o creo hacerlo – el lugar o la circunstancia en que oí o vi lo que oí o vi. En otros – mayoría abrumadora -, no.

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Mi lugar es la memoria. Preferiblemente una ajena. De esas de veranos con aroma a pasto y a tierra seca en suspensión; a sol, río, atardecer y abundante comida recién hecha.

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Después del verano desconectamos a la abuela, dijo una mujer a otra. Estaban sentadas a una mesa en la terraza de un café de Niza. Sin medir el tono, el alcance de las ondas de esa piedra tirada al aire como quien espanta un mal augurio. La otra mujer la miró como si le hubiese dicho que pensaba cambiar la habitación de los niños luego del estío – porque, claro, a quién se le ocurre meterse en esos berenjenales en plenas vacaciones.

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Es un pueblo que no es destino, apenas (y casi siempre por accidente) una escala para algunos desgraciados. Está entre Buczek y Zélow, y ya nadie pronuncia su nombre. No se llega nunca a este sitio (y, ya se ve, aquí estoy): quienes están (espero no terminar siendo uno de los pocos casos), han sido retenidos por la trampa del tedioso sosiego presentado como trascendencia o certeza capital (tan vaga como una tal certidumbre puede llegar a ser – y siempre relacionada con alguna idílica utopía sin contorno, y de voluble y huidiza composición).

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Cambiar la temporalidad interna, eso es la eternidad. Lo he leído en alguna parte – porque no incurro en tales inteligencias -, pero soy incapaz de recordar dónde. Un diario en alguno de los hoteles. Y siempre está ahí, como recriminándome indecisiones, pasividades; esta mortalidad con la que no sé muy bien qué hacer (además de unirla insistentemente en matrimonio a otra humanidad).

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El truco es que no haya truco, se había repetido con más cansancio que resentimiento, terminando siempre en puntos suspensivos. Tantas veces pronunciada en voz baja sin saber para qué. Y de pronto, allí, frente a esa audiencia escueta, la frase que alguna vez había comenzado a decirse antes de entrar a escena, se explicó. Abracadabra, dijo. A veces había dicho Bardún Kazán Majal, u otra fórmula estéril. Vocalizó esa palabra como quien en realidad empuña una llave. Y todo desapareció. Todo. El público, el teatro, la ciudad. Sólo quedó él, en medio (o al costado, vaya uno a saber, tan sin referencias de las que agarrarse) de la nada. Nada, nada. Absoluta. Sin color (ni blanco ni negro; ni ningún otro cromatismo). Sin sonido. Él. Y ni siquiera: ni verse, podía. Sólo su conciencia. Flotando. O apoyada. Quién sabe.

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Escrito en una servilleta olvidada sobre la mesa de un bar de carreteras cerca de Albacete:

Todo el tiempo nunca.
Todo aferrado a esa nada última. Que espera
sin ocultamientos ni arrogancias: con la mansa circunspección
de quien hace tiempo aceptó la inevitabilidad de su papel
y la inutilidad del mismo.
Todo el tiempo: tocados por la vida, nos negamos
a morir, como si el azar fuese derecho consuetudinario.
Todo el tiempo. Sin tiempo.

(No fue, estrictamente hablando, parte del viaje de luna de miel. Íbamos de camino a Madrid en el coche de mi suegro para coger el avión – previa parada en Altea para visitar a la hermana de mi mujer).

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Arvo Pahlen, gemólogo y escaparatista finés, postuló a principios de los 1960 que “más que los volcanes, glaciaciones, mareas y demás yerbas telúricas y cósmicas, han sido los escarabajos peloteros, rodando sus bolitas de excrementos a través de las eras, los que han dado forma a la superficie terrestre”. La comunidad científica sólo condescendió con una carcajada. Una sola. Y el asunto quedó olvidado hasta hace apenas unos meses, cuando un grupo de geólogos del Servicio Geológico de Estados Unidos presentó (el 15 de marzo de 2013) un trabajo de investigación titulado “Erosión: rasgos estratigráficos de la Tierra”, en el que concluían que los escarabajos peloteros eran responsables del “acabado superficial de la Tierra”:

“El trazado de sus deambulaciones talla la faz del planeta definiendo rotundamente cada accidente geográfico, desde el curso de un río, hasta el contorno de los continentes”.

Pahlen falleció tres días antes de la publicación del informe que no lo mencionaba.

(La historia nos la refirió su hija, Riina, en un puesto de artesanías en el paseo marítimo de Altea. Mi mujer le dijo que debía cuidarse la piel, porque siendo tan blanca, el sol se la iba a dañar. Y le señaló la zona de los pómulos y la nariz. La chica sonrió y agradeció. Cuando proseguimos, le advertí a mi mujer que en aquellas rojeces había poca injerencia del sol y mucha de la sangría o vaya a saber que otra de esas aberraciones alcohólicas que beben los nórdicos.)

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El detalle es el accidente revelador que nos sustrae de la monotonía, de la maquinaria de las horas y las costumbres. Y siempre lo descartamos –catalogándolo de anomalía, insignificancia, etc.

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Un hombre, de pie sobre un banco de piedra en una plaza de Praga:

Cartografías, esquemas topográficos, sistematizaciones gramaticales, subordinaciones y alambradas variopintas: todo tan inútil para contener el desborde de significados que a cada instante sin venir a cuento y que acaso expliquen porciones de los para qué, ápices de los por qué y demás preguntas; fragmentos esparcidos, imposibles de ordenar en una narrativa eficaz. Queda intacto el hábito de reconocerse en las fugacidades sometidas al tránsito y la liviandad. Avisados quedáis.

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En Čáslav hay un cine que desde 1943 proyecta la misma película: El maquinista de La General. El operador, Dusan, se pasa las horas de proyección en la taberna de Belia, bebiendo y leyendo o diciendo unas palabras inofensivas como el ronroneo de un gato. Cada hora y siete minutos vuelve al cine, sube a la cabina, rebobina la cinta y la vuelve a pasar. Así, sin descanso. Todos los días. Para nadie. O casi nadie: de tanto en tanto, alguien entra buscando abrigo, o a dormir un rato, o en busca de tranquilidad; para darse unos besos pretendidamente furtivos, o simplemente para hacer de cuenta que es la primera vez y sorprenderse un rato. Alguna vez, Dusan intentó colocar otra película. Pero, o bien el rollo se trababa, o la cinta ardía o la imagen proyectada era como una burla de Rorschach entreverado con Pollock. Era imposible. Sólo aquella admitía ser proyectada. Alguna otra vez decidió no hacer ningún pase: en tales días, todo salía mal en el pueblo: la cerveza tenía el gusto que deben tener los chismorreos de ciertos portales, el cielo escupía revoltijos de inclemencias – como, por ejemplo, la sequía inundada -; los sexos se entristecían, deshidrataban, amustiaban, desmayaban. Así pues, obligado, atado, Dusan, a aquella repetición. A saber en qué inconclusión habremos incurrido, dice Belia, cada vez que Dusan entra en la taberna. A saber, responde Dusan, colocando su libro sobre la barra. Siempre el mismo libro: Cien consejos de la jardinería inglesa.

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No evoques. No. Tú no recuerdes, por el amor de Dios. Que recuerdas mal y arruinas las memorias de todos: como si derramaras un vaso de vino y las reformularas – allí atrás, donde ocurrieron (o creemos, o queremos creer, que ocurrieron) por primera vez – y volvieran para transformarnos aquí, a esta altura del partido.

Haz como si creyeras en lo que nunca has visto: el presente retroactivo.

(Un matrimonio sentado dos filas por delante en el tren entre Hamburgo y Berlín).

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Desbocado mutismo, el que ampara este desencuentro.

(Voz de hombre – creo que lloraba – en una penumbra milanesa).

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Enroca el empecinamiento de profesar la antipatía como un amparo.

(No recuerdo dónde la oí, pero creí poder llegar a identificarme en algún momento).

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Un fantástico (y tremendamente deprimido) guía de viaje cerca de Belgrado:

Todo ese derrotero de pueblos abandonados o encogidos en una vejez escasa a lo largo del río – siempre las mismas aguas, con idéntico murmullo de erosiones y rebasamientos. Esas instancias detenidas como mojones del ánimo: mosaico de descuidos: el tiempo olvidado por el tiempo; eso son esos seres que persisten para que los eventos esculpan sus signos ininteligibles en sus rostros: arcaico método de la fe.

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En el vestíbulo del hotel en Bucarest:

El destino hace superfluo al individuo: apenas una partícula para rastrear ubicaciones puntuales, para discernir o conjeturar su trayectoria.

No, el destino es una irrisoria invención nihilista, una torpe coartada de los cobardes y los taimados.
El destino es Rain Drops en la segunda – golpeándose con el diario en el pecho (el nombre del caballo en cuestión varias veces marcado con un círculo).

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Hay un pequeño pueblo – caserío, más bien – al sur de Múnich que no figura en los mapas ni, hecho acaso más llamativo, en los catastros estatales. En el centro de su única plaza, en el empedrado, hay una placa que conmemora las derrotas en todas las batallas (pasadas y futuras).

Los ciento trece habitantes se abrazan desesperadamente a sus derrotas, y, sobre todo, a las ajenas (más abundantes, evidentemente), como si, negados de identidad posible, sólo les quedara vacante esa abultada ignominia.

Pero ni ese método forzoso les permite hacerse con un rasgo que les permita singularizarse. A tal punto es esto así, que el río que atraviesa el poblado se refleja en la frondosidad de casas y bosques (contagiados de la ausencia de un conjunto de atributos propios) que ondean a su paso. De hecho, lo único que puede verse es aquella placa de bronce sucio, colada encastrada entre unas piedras bruscas. El resto es una mera suposición.

El asunto tiene un olor a fraude que patea. Pero lo cuentan tan bien, el paseo es tan agradable, y agasajan al final del mismo con una cerveza tan buena, que uno termina, si no por comprar el engaño, sí por apreciarlo.

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En Zagreb, en el distrito de Črnomerec, hay un terreno baldío al que los hombres acuden a llorar o decir sus sensibilidades (últimamente, nos comentaba un anciano vecino, lo único que lloran son derrotas futbolísticas, y así van las cosas). Está repleto de pañuelitos de papel tisú hechos bolitas prietas, y de esas arqueologías efímeras que dejan los pies inquietos.

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En una casa de campo en las afueras de Bucarest hay un arcón repleto de instantes perdidos, malogrados, avasallados, ignorados, arrollados: un universo en el que otros son los instantes estropeados, dilapidados; y en el que, en una casa de campo a las afueras de Belgrado, hay un baúl atiborrado de instantes derrochados, ninguneados: un universo…

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Credo recitado en un santuario en el distrito de Constanța, en la región de Dobrogea, en Rumania:

Creemos que el horizonte es una línea compuesta por una duplicidad infinita de posibilidades simultáneas. Y, aun así, es un único punto en el que, unitarios estrictos, indefectiblemente vamos a dar.

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Voces chapoteadas sobre las hilachas de octubre, con ese olor a sepulcro de las hojas que han depuesto su síntesis y grandeza. Y Eladio, el de la tienda, metiendo la mano gruesa, peluda y grasosa, de dedos cortos y romos, en la caja de metal para sacar aquellos caramelos duros y ácidos con los que ejercía la benevolencia que, estaba seguro él, era un sentimiento parecido al afecto.

(Recuerdo propio que me vino caminando por Bucarest).

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En ciertos pueblos, la muerte es otra de las formas para certificar prestigios, abolengos y patrimonios. Y como tal, es una oportunidad para oír algunas filosofías o revanchas (en las que la malicia está bien empaquetada dentro de la astucia popular) de las que se susurran lo suficientemente alto como para que todos se den por enterados.

Vanidad fúnebre, la de los Ardelean. Lo dijo sin acritud. Sin emoción. Como si estuviese sólo enunciando un compuesto químico o una ley física general. El que así se expresó fue Bogdan. Un poco como siempre, según opinó Florin; que a su vez creía – y así se lo hizo saber a Ileana – que la pose social de Bogdan no era flema, sino un abandono camuflado, un desinterés fino. Hay que verlos – prosiguió Bogdan, sobre todo para hacer de cuenta que no había escuchado lo que había escuchado – con ese exhibicionismo mortuorio de procesión con palio, cirios y pompa hasta el obsceno mausoleo. Y ese féretro opulento, de maderas distinguidas y pulcras, en el que no hace falta la imaginación para sospechar un interior de encajes sutilísimos arropando al finado. La muerte revestida de soberbia inútil, como si así se ofrendara a los muertos con un decir, una participación, en este lado de la milonga (dijo manele, y no milonga, creo).

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No puedo decidirme si esa mujer. Aquella, allí, sentada a la mesa junto a la ventana. No, la otra, la de las gafas de sol. Esa. Como le decía, no logro decidirme si tiene un extraño atractivo o si es rotundamente fea. Pues sí, ya ve, dedico mi tiempo a los asuntos más triviales y más intrascendentes que pueda ir encontrando por ahí: sin consecuencias para mí ni para nadie.

(En algún café o bar, seguramente).

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Aquello no era júbilo. Era desquite. Una vulgar e ingenua irrelevancia aireada. Bochinchera. Mucho. Todo para acallar una contestación…

(En un periódico húngaro, sobre una disputa parlamentaria).

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Y ahora… Ahora, esto – he hizo un gesto vago que abarcaba más allá de sus posibilidades y de la estación de autobús de Kiev en la que esperaba.

Y ellos, todos – y señalaba otra vez más la vastedad que abarcaba todo menos a ella -, esfuerzos insuficientes arrojados a la vida de la misma manera en que comienzan los sueños, sin gestaciones, sin preámbulos, sucediendo sin explicación – así van, como traductores que no entienden su propio idioma.

(A saber de qué estaría hablando aquella mujer. Y si dijo exactamente eso. Mi dominio del idioma es más bien precario, aunque no inexistente. Mi esposa, que lo habla mejor, me aseguraba que estaba despotricando contra el estado de las rutas y los autobuses).

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Carta de un lector en un diario de Zagreb:

En el interior – tendiendo hacia su centro, pero sin llegar jamás a él -, la Patria es distinta de sí misma: su negación, y su razón. ¡Viva la Patria!

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Cicatriza el párpado para secuestrar el instante: apenas levadura para la introspección, para la fabulación.

(De una canción de cuna ucraniana, según me refirió un taxista rumano, que se canta en los geriátricos).

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Grabado en una mesa de madera en el bar de la estación de tren de Burgas:

Busco una esquina donde las cosas transcurran tan lentamente que parezcan detenidas. Donde la oscuridad esté organizada. Sin esas grietas cedidas a la conjetura.

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En la primera hoja de un libro olvidado en un balneario en Trieste:

Leo para sentirme como acaso nunca me sentí.
Leo como sustituto de la memoria. Porque así
las palabras
y las imágenes establecen
circunstancias.
Leo, en definitiva, para incorporarme a mí. Eso
que creo haber sido, y cuyas consecuencias
soy.

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Somos. Restos de una idea. De un proyecto que supo fracasar a tiempo.

Al parecer, Dubravko, algo terminó concretando el proyecto suyo ese. De otra manera, no estaría aquí oyéndole esas filosofías de fondo de jarra [de cerveza].

Es usted muy tiquismiquis. Digamos, entonces, que acaso fuimos una idea razonable que se torció.

Digamos. Si es que, por decir, no le encontraremos el ombligo a esa ni a ninguna otra idea. Estamos a salvo.

(Creo que en una taberna en Niš. Al menos, al margen de esta entrada he anotado el dicho nombre).

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Dibujar, escribir objetos para poseerlos como se posee el pasado en las fotos – al menos, esa breve comparecencia obediente de sus elementos chatos. (Mas, hacerlo, modifica el contenido de aquello que se nombra, se representa, se observa). Todo, un instrumento ineficaz de posesión de lo extinguido, de lo inalcanzable: el tiempo.

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Mis soluciones son siempre provisorias. Y dependen exclusivamente de que los elementos que componen el problema se acomoden, transitoriamente, de una manera conveniente. Un azar de las cosas. Breve. Conciso, puntual. Básicamente, mi vida depende del albur inmaterial: me desentiendo de mi voluntad y responsabilidad y me entrego al arbitrio de las cosas y de los otros.

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Un volante publicitario. En Cádiz. Mojado pero legible.

Se hacen abrazos y efusiones a medida.
Precio a convenir.
Descuento para grupos familiares: bodas, cumpleaños, etc.

* Para Navidades y Noche Vieja se ruega encargar con antelación (No se recibirán pedidos a partir del 10 de diciembre).

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Tenía mucho más material recolectado. Lo anotaba en el borde de las hojas de inútiles guías de viaje, en el cuaderno de turno que llevo a todas partes, en los márgenes de una novelita negra que estaba leyendo, en mapas, en folletos, en lo que fuera. Pero llegó el divorcio y la hora de dividir todo aquello que hay en la intersección de dos personas. Y los recuerdos no escapan a tales reparticiones. Estos son los que me quedaron. En realidad, estos son los que puede encontrar luego de varias mudanzas y dos matrimonios más. No es poco, creo yo. O quiero creerlo. Que viene a ser lo mismo.

 

© Marcelo Wio

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