Almuerzo de familia

Va y viene, atareada, investida de anfitrioneidad. Prepara, ordena, repasa. Todos los meses lo mismo; para los mismos invitados ingratos: su hermano mayor y su mujer, y su hermano menor y la suya; voraces consumidores desagradecidos de lo ajeno.

Dias antes empieza a preparar el agasajo. Esta vez, un vitello tonnato para la entrada (dice, ella, que sabe mejor cuando se cocina antes); un peceto con jamón cocido y queso fundido en salsa de zanahorias, acompañado de un puré de patatas con ciboulette; y para el postre, helado casero de vainilla con una salsa caliente de manzana (un puré de manzana espesado con harina, y especiado con cardamomo, cúrcuma, clavo y canela).

Va y viene por la cocina. Canturrea la canción del sembrador, aunque muy a su manera: cuando cocino voy cantando, y otras licencias. Alma antigua, la suya. Sola, va y viene, tan a gusto consigo misma y con la vida. Qué tanto andar pidiéndole a los destinos y a las suertes.

Puro aroma, la cocina. De esos que a Stendhal lo hubiesen dejado patidifuso, todo tembleque y palpitación y salivación. Lo que daría el más diletante de los sibaritas por sentarse a esa mesa. Y los hermanos y sus cuñadas, ni ademán de gratitud; ni delicadeza para fingir degustación y elogio. A tragar rápido para irse aún más velozmente. Un visto y no visto. Puro residuo de familia esos dos – menos mal que ni el padre ni la madre andan por este mundo para ver ese deslizamiento, el desbarrancarse de las formas -. Y ella, como un mero concepto difuso, sin valor, en la punta de la mesa, sonriedo, agasajando. Una contrariedad periódica inevitable (menos que un individuo; sencillamente, una molesta generalización), para esos dos.

Llegan, por fin, los hermanos y las mujeres, indiferenciados en una vaharanda de perfumes ofensivos y palabras abultadas. Llevan sus mejores y más recientes adquisiciones – lujosas vulgaridades urbanizadas -. No por honrar a la hermana y a esa mesa que les ofrenda, sino para envidiarse entre ellos, tristes y truncadas imitaciones de sí mismos.

Se disponen alrededor de la mesa sin preludios de chácharas, todos risotadas, como tropas soberbias y displicentes dispuestas en lo alto de un desfiladero, aguardando al enemigo mientras lanzan tiros de tanteo y jactancia: dinero y política (pero ésta entendida únicamente como un medio para el primero). Se dicen las adqusiciones sin nombrar (o haciéndolo apenas) el objeto, sino el precio. Ellas y ellos. Requiere un desmesurado esfuerzo de empatia no darle un cachetazo a cada uno, Pero ella sonríe, como una madre más joven que sus hijos, mientras sirve, casi invisible, en esa mesa menguada de apóstoles, sobrada de diretes.

Amarrada a la melancólica supervivencia de pequeños eventos diarios, se levanta y supervisa en la cocina puntos de cocción y sabores. Desde el comedor, caminan las cuatro voces que no saben componer una inteligencia y, así, dicen sin decir y sin cesar. De pronto, ella piensa que sus hermanos son imbéciles. De pronto, como algo que en realidad siempre había estado cociéndose, en cada uno de esos almuerzos. De pronto, espoleada la percatación por la mezcla sutil de especias del postre, que obraron como un revuelto de evidencias pasadas y presentes, y todas ellas idénticas entre sí: signo inconfundible de la mezquindad más rotunda, más insalvable. Dueños de una estupidez que los ha absuelto de observar el todo; es decir, de comprender; y que les ha permitdo convivir con una ética muy laxa.

Siempre había creído admirarlos, con sus vidas y ambiciones falsamente coherentes, sus mentiras sinceras, sus opiniones tajantes. Regresó a la mesa con ánimos de constatación. Los hermanos postulaban sus argumentos de una imprecisión y una vaguedad contundentes. Decían vacíos sonoros: se decían, constatándose huecos. Comprendió, ella, que ya no había beneficio en aquella constumbre de comidas serviciales; que a lo sumo, todo se había reducido a un reconocimiento de seres que compartieron un origen, una historia remota: consuelo de edad. Y, a su vez, comprendió que toda lucidez tiene un tasfondo de tristeza: ver sin complejos, sin ingenios sentimentales, atribula; y el ánimo con ganas de migrar al rincón más remoto de la casa, lejos de sí. Y comprendió, con ese discernimiento novedoso, que casi todas, sino todas, sus aptitudes habían sido compuestas por experiencias no queridas, por elecciones que no había hecho. Pero dejó por ahora esas meditaciones y volvió la mirada y los pensamientos a sus hermanos. Los veía hablar pero ya no oía sus palabras: nunca las había escuchado realmente, pues no había nada que escuchar: Seres de la obviedad, repetían el algoritmo de la altanería y la importancia, confundiéndose ellos mismos con los objetos que creían que les otorgaban el pretendido prestigio. Cositas, pensó ella.

Valentía, dijo uno de ellos o de ellas. Hablaba, quien fuere, con la voz indiferenciada de la estulticia, de acometer un negocio. Pero no mentaba producciones, mercadso, inversiones. Hablaba de sobornos, arreglos, amigos de amigos, jefecitos y pelafustanes que se ofrecen a lo inmoral con un regocijo libidinoso.

Ella nunca había abierto la boca como no fuera para preguntar si esto o aquello estaba rico, si querían más, si más vino o agua o gaseosa, y quién quiere postre; café o té. Así que cuando dijo, todos quedaron mudos. No tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo: ninguno hubiese apostado ni diez céntimos a que su hermana hilaba palabras en forma de oración, de sentencia; de revenacha nunca caducada.

La valentia, en el mejor de los casos, es suerte interpretada asi a posteriori; en el peor, es la estupidez del que no acierta a evaluar las consecuencias o la maldad de aquel a quien no lo importan éstas en tanto sean positivas para él, es decir, la prepotencia del que no sabe o sabe que no puede perder – en este último caso, no por su inteligencia, sino por su falta de honestidad -. Ustedes, sin ir más lejos, son estúpidos. Vosotros, por no saber, no saben nada.

Todo lo dijo en un tono de extrema tranquilidad. Hay postre en la cocina, si quieren ir a servirse. Se puso de pie sin violencia. Los hermanos la miraban, desconociéndola. Las cuñadas ensayaron unas risitas soslayadas que venían a confirmar el diagnóstico breve que ella había hecho.

Ella, sin girarse, dijo, como quien termina de recoger con parsimonia un ovillo que rodó lejos: Si fueseis otros, no lo diría, pero siendo quienes, y como, sois, me parece necesario mencionarlo; este de hoy fue el último almuerzo en familia. Y siguió caminando hacia la cocina, satisfecha y entristecida.

© Marcelo Wio

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