Algoritmo y reincidencia

Comencemos a partir de un hecho cotidiano en apariencia de lo más trivial. Va caminando, uno, por una vereda. Delante, a pocos metros, un obstáculo leve: las ramas de un árbol situado en el jardín descuidado de una casa. El cerebro, en esos breves segundos, realizará una serie de cómputos que prescinden de nuestra conciencia; una suerte de algoritmo:

 

¿Obstáculo?
      Sí
¿Pared?
      No
¿Árbol?
      Sí
¿Tronco?
      No
¿Ramas?
      Sí
¿Se atravésó antes?
      No
           Entonces cálculos aproximados: Altura respecto del suelo y ancho entre ramas; altura respecto de nuestra visión; etc.

                ¿Hay un camino posible de atravesarlo sin tener que rodearlo?
                    Sí
                       Proceder

 

Ahora bien, este esquema burdo, ante el mismo obstáculo, responderá que fue atravesado con anterioridad; es decir, que se realizaron cómputos previos y que sólo hay que recurrir al archivo. Es decir, el cerebro acumula la memoria de las experiencias de manera que no las vivamos, cada vez, como si fuese la primera vez. Va generando conocimiento.

Podría decirse, tal vez un tanto literariamente, más que literalmente, que el cerebro es matemática – aunque la mayoría digamos que no sabemos de tales ciencias -. Y, aún así, los humanos sucumbimos a la estupidez con una asiduidad asombrosa, sin el consuelo de que ésta – la estupidez, claro – obre como elemento favorecedor de una evolución de la razón.

Y el problema de la estupidez es que, en los eventos humanos relevantes, nunca se limita a lo estrictamente individual; antes bien, es compartida y ejercida por muchos – muchas veces, en nombre de todos -, de tal manera que termina por afectar, justamente, a todos o casi todos.

Se dirá, ante este razonamiento – que aún no ha concluído; así que a saber si reputa como tal -, que lo que se está sugiriendo es una crítica de la pasión, de la sensibilidad que nos hace humanos; que se postula, en definitiva, como ideal, una mecanización. Nada más alejado.

Para comenzar, con la estupidez ocurre lo que con los equipos de fútbol, cada uno cree que el suyo es el mejor, y no sólo en términos deportivos, sino, sobre todo, en términos morales, digamos. La estupidez, de tal guisa, disfrazada de emoción, de ímpetu, de sentimiento (de nobleza, en definitiva) se postula como valor humano intríseco y supremo.

Por otra parte, la inteligencia, la memoria, no excluyen lo instintivo, lo sensible; antes bien, las incorpora inexorablemente. Sin sensibilidad no hay mirada de afecto, de pasión, que quiera ir más allá de lo evidente en busca de la explicación.

Pero regresemos a nuestro cerebro, a sus capacidades analíticas. Y, retornados, nos preguntamos ¿cómo es posible, con la ingente cantidad de material, de evidencias (memoria colectiva) que existen sobre experiencias diversas, se caiga una y otra vez en los mismos errores como si fuese la primera vez que uno se encuentra ante eventos ya experimentados?

¿Cómo es posible que cantos fatídicos que sonaron – variando notas, acomodándose a las particularidades de la audiencia, a las modas – en los estertores de la república de Weimar, en la Rusia de principios del siglo XX, en la Italia de los 1920, en los populismos latinoamericanos, vuelvan a convocar las mismas ilusiones, los mismos convencimientos?

Cantos que nacen para elevar a líderes, partidos o movimientos surgidos de las mismas circunstancias de crisis económicas y sociales – cada una, claro está, con sus singularidades -. Promesas de “redignificación” del “pueblo” (esa abstracción que posteriormente, como tal, es tan fácilmente traicionable y oprimible). Promesas que, indefectiblemente, fueron desertardas en cuanto quienes pretendían ascender, así lo hicieron. Los cantos sólo son un medio para hacer bailar, obnubilar, votar, consentir, someter…

Algo tendrán esas melodías que terminan por obrar como el éxito del verano a las dos de la mañana en un chiringuito de playa. Tienen, precisamente, el disparador de la estupidez – de esa que se postula como valor connatrual y eminente –, la que vive los sucesos como si ocurrieran como vez primera, es decir, con esperanza, con fe; casi sin voluntad, sin entendimiento.

Y hoy, en Europa, uno de esos éxitos del verano, esa cancioncita machacona, repetitiva, tiene a muchos bailando. Muchos que se olvidan que después de la fiesta de voces, luces y encantamientos, viene la resaca.

 

© Marcelo Wio

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