Abelardo, encubridor

¿Usted la vio?

Claro.

¿A qué hora?

¿A qué hora, qué?

¿A qué hora la vio? – algo irritado.

No lo recuerdo.

Aproximadamente…

No recuerdo haberla visto.

Pero me acaba de decir que la vio – con irritación creciente.

Exacto. Pero no recuerdo haberla visto.

¡¿Cómo?! – la irritación ya explícita.

Una cosa es haberla visto, y otra bien distinta, recordar haberla visto.

Pero, ¿cómo sabe que la vio, si no recuerda haberla visto? – mientras pensaba que aquel hombre no lo estaba embromando, sino que era sumamente limitado, la irritación trocó en una cierta curiosidad maliciosa.

Saber y recordar se ubican, como usted debe saber, en distintas regiones del cerebro. El recuerdo está empapado de voluntarismo. El saber, en cambio, es absoluto, ajeno a los caprichos de la vanidad, la conveniencia y otros enchastres anexos.

Todo muy lindo, ¿pero la vio, sí o no?

¡Claro!, ya se lo dije.

Pero, ¡¿cuándo?!

Otra vez, no recuerdo.

… – la curiosidad desvanecida; la irritación mutando hacia un odio silencioso.

Vamos a ver; conozco su figura, su rostro, cómo frunce los labios cuando algo le hace gracia o está a punto de llorar… pero no recuerdo el cuándo, el cómo, el dónde observé esas características tan particulares… Es una cuestión accesoria a la relación con las personas de la que nunca me he preocupado.

Estoy perdiendo la paciencia…

Eso, querido comisario, es algo que no se pierde. Se tiene o no se tiene; se decide dejar someterse a ella o no, pero no merma así como así. En todo caso, hace falta tiempo para perderla, como usted dice; hacen falta muchos desengaños y alguna otra afección inoculada por los años.

Vamos a ver, Abelardo, déjese de joder con filosofías y pelotudeces. Si la vio, quiero saber cuándo fue la última vez que lo hizo.

Pide demasiado. ¿Cómo puedo saber que fue la última vez? Uno nunca conoce la caducidad de los eventos de antemano, éstos nunca lo consultan a uno…

Abelardo, Abelardo…

No recuerdo, comisario.

Mire, no sé si perdí la paciencia o si sólo me fue asignada una cuota exigua de la misma, así que vamos a dejarlo por ahora. Me paso a la tardecita y esperemos que las células de su memoria estén más despiertas, más con ganas de sinapsis.

El comisario salió del almacén de ramos generales que regentaba Abelardo.

Marita – llamó Abelardo, casi con un susurro – salí de ahí atrás ahora mismo y decime qué carajo hiciste, que el Funes el desmemoriado y algo alelado lo puedo interpretar sólo un rato antes de que el comisario me de dos tortas.

© Marcelo Wio

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