A destiempo

Ese desplante compadrito, pura pose, mero corifeo de anhelos claudicados, de escarnios adheridos a la circunstancia o a la mueca. Tan cansado de las palabras, esas esquirlas de aire e intención efímera; de los exotismos artificiosos, livianos, sin prestigio ni provecho. Y luego, esa imposición de un silencio con ínfulas de sacralidad con órgano de Bach de fondo y dramatismo de castrati. Todo eso en ese gesto innecesario, en ese adiós tan previsible, en ese portazo de novelita de dos de la tarde con ventilador de techo y chancletas raídas recorriendo un pasillo infinito. Un adiós que había ocurrido antes de que te dieras cuenta, un adiós que rebotó en las paredes de un departamento ya sin mí, ni sustitutas, ni postulantes a desamparos y desamores y artificios de romances truncados. Mi pelo flotaba ya en unas sábanas sin culpas ni recriminaciones, sin el asedio de los celos subiéndose por el edredón derramado sobre el suelo. Una voz que no era la tuya llenaba ya la habitación de posibilidades, de mentiras casi a punto de convertirse en verdades, en promesas. En tu defensa diré que fuimos civilizadamente infelices, que jamás estuvimos ni remotamente cerca de la región donde yacen los fragmentos de explicación. Ahora mismo, desde mi posición en la cama, veo cómo las gotas de lluvia diseccionan la ciudad y no puedo evitar pensar en vos y esa predilección por separar los hechos en trozos incomprensibles y voraces, en los que, lógicamente, siempre hay una premonición de consecuencias siempre desfavorables esperando a concretarse. Sigue lloviendo y tu recuerdo se escurre por las paredes del edificio de enfrente, entre los dedos de la voz que no es la tuya y que ahora me reclama y agasaja con una palabra que nunca dijiste.

© Marcelo Wio

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